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Enrique Fernández

Fidel, Allende, un fusil... y una flor

Fidel, Allende, un fusil... y una flor

Enrique Fernández

 

Fidel, Allende, un fusil... y una flor

 

La renuncia de Fidel Castro a la Presidencia del Consejo de Estado en Cuba pone en los ojos de la comunidad internacional las imágenes del único país de América que llevó adelante una revolución socialista por la vía de las armas. Lo que esa comunidad se pregunta ahora es si el alejamiento de Fidel de las esferas del poder abrirá para los cubanos una “transición a la democracia”, como quiere el presidente norteamericano George W. Bush y se crearán las condiciones para un diálogo con el jefe de la Casa Blanca que será elegido en noviembre próximo.

Cuando Fidel visitó Chile durante cuatro semanas, habló en el Estadio Nacional  el 2 de diciembre de 1971, el mismo día en que se cumplían 15 años del desembarco del Granma. De los 180 hombres que se proponían emprender la revolución contra la dictadura de Fulgencio Batista sólo sobrevivieron 12. Y de las armas que traían desde México sólo rescataron siete.

“Y sin embargo se hizo el esfuerzo… hicimos el esfuerzo”, recordaría más tarde el líder cubano. Pero ese día en el estadio, hablando ante más de 60.000 seguidores de la “Vía chilena al socialismo”, Fidel no entregó una apología de la lucha armada. Y tampoco descalificó el proceso pacífico que lideraba su amigo, el presidente socialista Salvador Allende.

"He venido a Chile a conocer principalmente el paisaje humano y este proceso revolucionario insólito, único en la historia de la Humanidad, que se realiza por los cauces legales", afirmó.

Eran tiempos difíciles para Allende y su revolución "dentro de la institucionalidad burguesa". Los empresarios privados, las organizaciones profesionales y los grupos conservadores de la sociedad proclamaban su "resistencia civil" con el apoyo de Estados Unidos, según admitieron los documentos que años después desclasificó la CIA (Agencia Central de Inteligencia).

"Yo terminaré de Presidente de la República cuando cumpla mi mandato. Tendrán que acribillarme a balazos, como lo dijera ayer, para que deje de actuar", aseguró Allende al día siguiente de la manifestación en el estadio, en una conversación con Castro ante las cámaras de la televisión, el 3 de diciembre de 1971.

Conocido como el "Diálogo de América", ese encuentro de los dos líderes reflejó sus coincidencias y diferencias en la estrategia para llegar al socialismo. Fidel, convencido de que sólo la vía armada permitiría la liberación de los explotados, aceptó con diplomacia la posibilidad de que Allende tuviera razón y que la "Vía Chilena" se extendiera a otros países.

"Nosotros consideramos que este continente tiene en su vientre una criatura que se llama revolución, que viene en camino y que inexorablemente, por ley biológica, por ley social, por ley de la Historia, tiene que nacer", explicó, dirigiéndose al presidente chileno, médico de profesión y luchador social por vocación.

Allende, que en sus tres años de Gobierno nacionalizó el cobre -principal riqueza del país-, profundizó la reforma agraria e hizo sentir a los empresarios el peso interventor del Estado, también tenía esa convicción.

"Cuba y Chile constituyen la vanguardia de un proceso que tiene que alcanzar al resto de los pueblos latinoamericanos. Y yo diría más que eso, al resto de los pueblos explotados del mundo", señaló en aquel diálogo.

"En América Latina -agregó Allende- no puede seguir existiendo la diferencia brutal de una minoría, dueña del poder y la riqueza, y las grandes masas al margen de la cultura, la salud, la vivienda, la alimentación, la recreación, el descanso".

Sin mencionar la opción de la lucha armada, Allende vaticinó entonces que las fuerzas progresistas latinoamericanas avanzarían a la toma del poder "por los caminos y de acuerdo con las características de cada país".

En Chile el camino se interrumpió cuando los militares lograron entrar al palacio presidencial en llamas, tras el bombardeo aéreo y el ataque terrestre, el 11 de septiembre de 1973. En medio del golpe, Allende tomó el fusil que dos años antes le había regalado su amigo Fidel y puso fin a su vida y a aquel “proceso revolucionario insólito, único en la historia de la Humanidad”. En su lugar surgía la más prolongada dictadura que ha tenido Chile, la dictadura de 17 años del general Augusto Pinochet.

Fidel volvió a Santiago 25 años después de su primera visita, el 10 de noviembre de 1996, para sumarse al "compromiso con la democracia" y el pluralismo que firmaron los presidentes durante la Sexta Cumbre Iberoamericana. A pesar de suscribir la declaración conjunta, cuando los periodistas y presidentes que asistían a la conferencia le insinuaron alejarse del poder, para abrir en Cuba las compuertas de la democracia, Castro insistió en defender la legitimidad de su liderazgo.

"Es la revolución, el pueblo el que me tiene ahí", aseguró.

"Llevo ya 50 años de lucha revolucionaria y créanme que, para mí, las funciones que desempeño constituyen simplemente y únicamente un deber", agregó, en ese tono coloquial que utiliza en sus conversaciones privadas.

De cabellos canos y hablar pausado, Fidel ya no era el joven revolucionario que a los 33 años bajó de la Sierra Maestra y entró triunfante a La Habana en enero de 1959. Y en lugar de un fusil, cuando estuvo ante la tumba de su amigo se acercó en silencio y depositó una flor.

Enrique Fernández

 

Diario Hispano Chileno

 

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