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Una fiesta tristísima

Una fiesta tristísima

La jornada de este jueves, 25 de julio, día de Santiago, patrón de España y muy especialmente de Galicia, iba a ser festiva. Nos anunciaban unos buenos datos de la EPA, medio país piensa ya en las vacaciones, en Santiago de Compostela preparaban su velada de fuegos artificiales, que anunciaban la fiesta, y la normalidad era, en líneas generales, la tónica de lo que iba a ser el día. Quién iba a pensar, a las ocho de la tarde del miércoles 24, que iba a ser la noche más larga. Una noche en la que centenares de personas angustiadas trataban, con menor o mayor éxito, de localizar a 'sus' desaparecidos, mientras la cifra de muertos en el accidente ferroviario en Santiago de Compostela iba aumentando: primero cuatro, luego diez, luego treinta y cinco...hasta los setenta y siete en el momento de escribir este comentario, con posibilidades de ir a más, es decir, a peor.

Setenta y siete muertos y ciento cincuenta heridos, algunos de ellos de gravedad, es una cifra impresionante. Una tragedia que marcará un hito en la historia de los accidentes ferroviarios en el mundo. Una puñalada en el corazón de ese orgullo de las infraestructuras patrias, el ferrocarril. Una vía nueva, precursora del AVE a Galicia, que ha fallado. Un fallo, parece, humano -exceso de velocidad en una curva calificada como "complicada"-. Rumores -¿atentado? Parece del todo descartado-. Desconcierto -la angustia de quienes no encuentran información sobre los seres queridos que no emiten noticias-. Una ciudad, Santiago, una comunidad, Galicia, un país, España, desolados. Estos también son datos, como lo son que ha llegado la hora de las acusaciones, de las disculpas, de la indignación.

Aún faltan muchas investigaciones, falta sacar muchas conclusiones, que sirvan para tratar de evitar que algo tan terrible se repita. Lo cierto es, hay que decirlo precisamente ahora, que los trenes españoles son un ejemplo para el mundo, que el ferrocarril es el modo de transporte considerado más seguro...y que los fallos humanos existen. No ha sido inadecuación en las instalaciones, ni material anticuado. Ni un accidente provocado, salvo que los expertos digan otra cosa. Pero sí detectamos algunos fallos de información, tanto en las instancias oficiales como, acaso, en la propia Renfe. Quienes han vivido esta larga noche de angustia denuncian, y sin duda tienen razón para hacerlo, colapso en los teléfonos, cierta descoordinación informativa. Lamentablemente, todo es comprensible en una noche de colapso en los hospitales y en las carreteras de una ciudad que estaba preparada para el día más grande del año, la fiesta del patrón.

Por eso mismo, por el desconcierto, la indignación, el dolor, la frustración, lógicos en momentos como este, hay que pedir serenidad. A las autoridades, que ahora tienen que acordar las ayudas urgentes e imprescindibles; a los organismos afectados; a los familiares de las víctimas y, en general, a toda la opinión pública, que se despertó este jueves negro con la sensación de haber recibido un mazazo colectivo.

- 77 muertos; descartado un atentado; más de 150 heridos
- "¡Joder, descarrilé! ¿Qué voy a hacer?"; el exceso de velocidad, principal teoría
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