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El contagio del belicismo en la socialdemocracia europea

miércoles 22 de junio de 2022, 11:01h

Con la pandemia ya estamos habituados a identificar los síntomas como indicadores de un posible contagio. Por ejemplo, perder los sentidos del olfato y el gusto son síntomas característicos de contagio de la COVID-19. Esa metodología también es útil para descubrir otros tipos de contagios.

En la opinión pública europea creció como la espuma, sobre todo después de conocerse las atrocidades cometidas por las tropas rusas en las cercanías de Kiev, un belicismo de respuesta al belicismo declarado de Moscú. Derrotar militarmente a Rusia en suelo ucraniano fue una idea que se extendió en los diversos ámbitos de las sociedades occidentales. Sin embargo, pasada una primera euforia, varias encuestas continentales indican que la ciudadanía de los países europeos ya se inclina más por la conclusión de la guerra que por su continuación para derrotar a Rusia.

Pero los núcleos duros del belicismo occidental todavía no pierden impulso. Tales núcleos pueden localizarse en algunas corrientes políticas conservadoras, en algunos gobiernos (el británico de Johnson, por ejemplo) y en sectores del personal institucional de la UE y especialmente de la OTAN, pero sobre todo, al otro lado del Atlántico, en lo que llaman en medios estadounidenses los halcones de la política internacional y de defensa de ese país, comenzando claro está por las principales firmas de fabricación de armas, o como dijera el presidente Eisenhower, el “complejo militar-industrial”. Estos núcleos duros del belicismo occidental han tenido gran influencia en la opinión pública, aumentando el temor de la gente ante el belicismo rufianesco de Putin.

La cuestión es que ese belicismo occidental ha contagiado a partidos que fueron no hace mucho punta de lanza del pacifismo europeo, como los socialdemócratas y los verdes. Existe una prueba eficaz para detectar ese contagio. Cuando un representante socialdemócrata hace un relato sobre el conflicto actual y no incluye al belicismo occidental, es prueba sobrada de que se ha producido el contagio. Esa narrativa sesgada suele enfatizar la idea de que el único belicismo es el que representa Putin, como si señalar esa evidencia (cierta) eclipsara toda necesidad de señalar que también hay un belicismo occidental, del que la socialdemocracia debería diferenciarse, sobre todo respecto de su propuesta para poner fin a la guerra.

Los casos de Finlandia y Suecia son evidencias de un seguidismo socialdemócrata que ha sido incapaz de sustraerse al clima del belicismo rampante. En el caso de Finlandia, es sabido que la socialdemocracia tenía previsto recurrir al artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea para obtener un refuerzo de su seguridad, a la vista de la guerra de Ucrania. Pero el drástico cambio de la opinión pública a favor de la entrada en la OTAN (pasando de un tercio en enero a dos tercios en abril) les arrastró a cambiar su propuesta inicial. Algunos observadores han subrayado que este giro de la opinión ciudadana fue mucho mas emocional que efectivamente informado y procesado, pero no cabe duda de que la socialdemocracia finlandesa no hizo el mayor esfuerzo para desarrollar esa reflexión.

En el caso de Suecia, el giro de la socialdemocracia fue más doloroso. Según cuenta el antiguo ministro de Olof Palme, Pierre Schori, el precipitado proceso de decisión interna se realizó sin una consulta que incluyera la votación de la militancia, lo que dejó la decisión final en manos de la dirección del partido. Schori apunta dos razones principales para que se inclinarán a favor de la entrada en la OTAN: el hecho de que la población presentará un cambio en tal sentido, aunque no tan pronunciado como el Finlandia (en mayo las encuestas mostraban que el 57% de los suecos eran partidarios), pero con las elecciones nacionales a la vuelta de la esquina, no quisieron arriesgarse; pero también ha contado la circunstancia de que el recambio generacional de la dirección supone la presencia de personas que no estaban familiarizadas con la tradición pacifista de la generación de Olof Palme. La consecuencia de esta decisión ha supuesto una grave división interna del partido (donde los más veteranos, junto a la Juventud Socialdemócrata y otras secciones en las ciudades, no han compartido ese giro). Pierre Schori piensa además que muchos de los votantes socialdemócratas cambiarán su sentido del voto a favor de los verdes y la Izquierda que se han mantenido contrarios al ingreso.

En el resto de Europa, si se confirma lo que apuntan las recientes encuestas de que la ciudadanía está girando hacia una opinión más favorable a detener la guerra cuanto antes (ya se habla de que es preferible una mala paz que una buena guerra), tal vez se den las condiciones para que la socialdemocracia recupere su propio planteamiento para enfrentar la crisis. Y de esa forma, vuelva a incorporar en su narrativa del conflicto armado el actor que ha ocultado estos meses pasados: la existencia de un belicismo occidental que siempre ha estado ahí, aprovechando a su favor el belicismo grosero de la Rusia de Putin.

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