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El baile de los partidos

martes 23 de enero de 2018, 11:58h

Las encuestas reflejan estados de opinión actuales y no futuribles. Son fotográficas y no proféticas. Pero indican corrientes que pueden modificarse si se dan dinámicas de cambio o confirmarse si se persiste con inmovilismo en los factores negativos que detectan. Es verdad que los resultados en una región con traumas políticos no son automáticamente extrapolables a unas futuras elecciones municipales o generales a más de un año de distancia. Pero algo serio debe detectarse cuando el propio Rajoy intenta estimular con timbrazos de alarma para que se intensifique la presencia pública de sus huestes, empezando por su propia persona. Pedir a los ministros elegidos por su supuesta capacidad de gestión que se conviertan en pequeños líderes de imagen, para lo que no han sido seleccionados, revela la escasa proyección de los cuadros de activistas políticos de un partido escuchimizado por su reducción a apéndice subordinado de un gobierno gris que lo apoya en sus ratos libres.

Los partidos políticos son agrupaciones voluntarias sensibles a las circunstancias y sus simpatizantes son gentes que componen las mayorías electorales con oscilaciones fluidas y volubles cuyos sentimientos bailan según el sesgo de los acontecimientos y no por encuadramientos rígidos. En nuestros días el tema de Cataluña con sus ridículas vicisitudes, que no son solo las piruetas de Puigdemont volante sino también los errores de los servicios de inteligencia sobre el comportamiento de los Mozos de Escuadra, las ineficaces movilizaciones de las fuerzas de seguridad del Estado y la cortedad en la aplicación del Artículo 155 para el que el Senado había otorgado su más contundente autorización parlamentaria. Son circunstancias que pesan severamente sobre los sectores de la sociedad civil más propicios electoralmente a respaldar a un partido de gobierno. Las banderas que siguen colgando ya algo mohínas, semanas y semanas, de tantos balcones no son solo la exteriorización de un apoyo a la unidad de España sino también la muestra de un estado de ánimo insatisfecho por la pobre respuesta política a una escandalosa rebelión de los menos contra los más.

Los partidos políticos no reflejan invariablemente la adhesión a unas siglas sino que recogen los movimientos de fondo de un electorado potencial. Los españoles en libertad se posicionan con cierta proporcionalidad entre un centro-derecha de inspiración liberal con alguna adherencia socialdemócrata y un centro-izquierda socialdemócrata con alguna nostalgia roja, pero estas tendencias no se las adjudican permanentemente a unos partidos políticos predeterminados. Sociológicamente se puede votar lo que siempre se vota pero no adjudicar el voto siempre a la misma configuración partidaria. En tiempos pasados los partidos predominantes encuadraron una aritmética electoral estable y se hablaba de un bipartidismo imperfecto que reflejaba un cuadro de presencias parlamentarias bastante homogéneas con las que coexistían, en algunas zonas periféricas, unos sentimientos nacionalistas. Hoy todo esto, siendo lo mismo, está en ebullición. El esquema partidista aparece fracturado en todas sus tendencias aunque el fondo social siga siendo el mismo, PP y Ciudadanos hacia la derecha y PSOE y Podemos hacia la izquierda y dentro de los nacionalismos los posibilistas y los extremistas. Este polipartidismo obedece al deterioro que produce el paso del tiempo, los errores, las corrupciones, los engaños, la fatiga de los materiales y el anquilosamiento de las ideas de unos y de otros. A los ciudadanos independientes, que son la mayoría, no les importan mucho estas fracturas porque piensan que todo tiene arreglo entre afines y que todo se puede resolver con coaliciones entre las cercanías ideológicas. A la postre los ciudadanos saben que va a gobernar un centro-derecha o un centro-izquierda compuesto de factores que cree que son compatibles entre sí. El problema es que esto, que parece fácil desde fuera de la máquina de los partidos, resulta dificilísimo en su interior. Para un candidato que lucha por su escaño en unas elecciones su rival más peligroso es el que le roba votos de su cercanía antes que quien combate sus ideas. Por ello podemos leer, por ejemplo, que Rajoy está a disgusto en su relación con Rivera y no logra un clima de complicidad ni política ni personal, lo que parece absurdo dado el posicionamiento complementario de ambos. Pero esta incongruencia es poca cosa si volvemos la vista a la izquierda donde, entre el socialismo de Sánchez y los antisistema de Iglesias se abre un abismo insalvable por la falta de una conciencia común de modelo de Estado. Algo parecido sucede entre los nacionalismos de pragmatismo pactista y los fanáticos del unilateralismo independentista.

El baile partidista se modera temporalmente cuando el Estado común se enfrenta a un desafío a la unidad nacional. En tales ocasiones prevalece el orden constitucional y el respeto a la legalidad. Pero estas ocasiones son excepcionales y los acuerdos se establecen bajo condiciones que rebajan la contundencia de las respuestas por el afán de diferenciar perfiles electorales de futuro. Tal es el caso de los acuerdos constitucionalistas entre PP, Ciudadanos y PSOE cosidos por Rajoy desde el pedestal de la Presidencia del Gobierno pero con la debilidad que provoca el desgaste de su propio liderazgo personal y el acortamiento del plazo de duración de la presente legislatura. Mejores o peores, estos acuerdos de Estado no tienen garantizada otra duración que los meses de una legislatura a la que le queda un año y medio largo de vida. Es el horizonte de unas futuras elecciones generales el que se presenta problemático si los partidos clásicos no son capaces de remozarse y clarificar sus programas cara al electorado. Ni el PP puede seguir dormido en una relativa bonanza económica ni Ciudadanos puede seguir absorbiendo votos desencantados sin aclarar si los va a contaminar hacia la derecha o hacia la izquierda; ni el PSOE puede seguir jugando a constitucionalista con unos y revisionista con separatistas y antisistema. Los españoles de distintas tendencias tienen derecho a una clarificación neta de los partidos más consolidados si estos quieren seguir siéndolo y no a la confusión que supone el proceso de fragmentación y desprestigio de unos cuadros dirigentes incapaces de mantener la adhesión de un electorado tradicional.

No puede quedar el baile de los partidos al albur de los reajustes aritméticos del hemiciclo .parlamentario. El electorado no puede votar sin saber si el número de escaños permitirá gobernar al PP con Ciudadanos o a Ciudadanos con el PSOE y si el Gobierno resultante igual puede ser de centro‑derecha que de centro‑izquierda. La sociedad no debe votar a una izquierda socialista sin saber si esta puede conformar un contubernio con comunistas y nacionalistas que pueda hacer saltar en añicos el sistema constitucional. Los partidos pueden bailar hasta cierto grado pero no hasta poner en duda valores esenciales para su identidad y sus consecuencias sociales. Cara a un horizonte que empezará a perfilarse cuando el tema de Cataluña pase a convertirse en un asunto congelado, controlado por la entereza de las instituciones nacionales, los actuales partidos políticos deberán hacer un esfuerzo de definición y delimitación de personal, programas y doctrina. El baile de los partidos no puede acabar como el rosario de la aurora si los españoles desean un amanecer luminoso. Tienen derecho a saber cómo serán gobernados según voten y no invitados a participar en un baile de máscaras que se quitarán el antifaz según convenga a la ambición de protagonismo del cuerpo de baile.

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