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Realidad y relato

jueves 05 de enero de 2023, 08:45h

Si hay una característica que atraviesa todo este periodo del sanchismo -léase socialismo a lo Pedro Sánchez-, es sin duda el de haber tomado como metodología del cambio, no las políticas reales que modifiquen la estructura de la sociedad, sus instituciones, su mentalidad… Eso exige un análisis profundo, una táctica y una estrategia complejas que exigen tener al frente del partido y de los diversos ministerios a gente preparada y con experiencia en la administración y en el gobierno. No, nada de eso. Es mucho más fácil cambiar el ‘relato’, es decir, hacer afirmaciones, basadas o no en análisis serios (es lo de menos…), que repiquen machaconamente los medios afines –por cierto, la inmensa mayoría-, y el resto ya es solo cuestión de ir calando poco a poco en la opinión pública.

Ya se ve que este gobierno ha aceptado como extremadamente práctica la máxima de Goebels según la cual una mentira repetida mil veces acaba por convertirse en una verdad. Principio básico del relativismo imperante que no admite verdades absolutas en ningún campo, salvo que nos beneficien a nosotros, en cuyo caso las admitimos rápidamente como axiomas democráticos y progresistas que, en caso de no ser aceptados por una parte de la población, es sin duda la de los fascistas o de los librepensadores, que para el gobierno todo es uno.

Para ellos, ni siquiera en la ciencia, terreno en donde no hay más cera que la praxis, la demostración empírica de los hechos, constatados, relacionados, medidos y analizados entre sí, son capaces de desmentir una verdad oficial. Los hechos no pueden desmentir una verdad proclamada desde Moncloa si sus autores no quieren pasar también por la vergüenza de ser desmentidos y estigmatizados.

Todo esto explica la inmensa distancia que existe entre la verdad oficial y la verdad real. Yo no he visto, por ejemplo, que la gente hable en el metro –pongamos por caso-, de lo preocupada que estaba por quitar cuanto antes del Valle de los Caídos a Francisco Franco, o de remover el pasado con las leyes de Memoria Histórica (época de Rodríguez Zapatero), y más recientemente la de Memoria Democrática.

Y mucho menos aún con la esperpéntica Ley del Sí es sí que, al menos teóricamente, buscaba una mayor protección legal de la mujer y, sin embargo, ha conseguido reducir las penas o excarcelar a violadores y otros condenados por violencia contra la mujer. Y, claro, como ellos nunca se equivocan, si el efecto producido por una ley unánimemente tildada de ‘chapuza legal’, produce consecuencias como las que todos estamos viendo, se lanzan dardos contra los jueces que las aplican, aunque hayan advertido previamente a través del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), que esto era más que previsible. O, en este mismo orden de cosas, la Ley Belarra de Familias, que ha encontrado hasta 16 tipos distintos, seguramente con el único objetivo de cuestionar y erosionar la familia de toda la vida en la que, por cierto, tengo la impresión de que tienen cabida los 15 restantes.

Pero donde probablemente exista una mayor distancia entre la percepción interesada de los ámbitos próximos al gobierno y los analistas serios de la realidad sea en el ámbito económico. Unos, los primeros, se muestran siempre triunfalistas con cada nuevo dato económico o laboral que, convenientemente cocinado, se saca a la luz pública. Da igual que sea el índice de inflación, el de empleo o el de incluidos en la Seguridad Social. Los otros, sin embargo, economistas, empresarios o centros de análisis de los bancos, cuando ponen en relación esos datos con los de meses o años anteriores, o cuando se cuestiona la nueva metodología del INE o del Ministerio de Trabajo para dar los datos del desempleo encubriendo como personas no paradas a los ahora denominados fijos discontinuos (antes, temporales), o cuando se relacionan esos datos triunfalistas de nuestra economía con los de antes de la pandemia o con los del resto de Europa, ese falso y forzado optimismo sale muy mal parado.

Y, para terminar, si las encuestas no mienten, parece que este afán gubernamental de dejar en el terreno de la impunidad los delitos de sedición y de malversación, por un lado, y la voluntad de hacer posible un nuevo referéndum en Cataluña, por otro, no son precisamente acogidos con entusiasmo generalizado por la opinión pública, incluida buena parte de la militancia socialista. No hay más que ver las durísimas palabras que le han dedicado varios exministros de González y de Zapatero, que se han atrevido a manifestar públicamente su preocupación y su malestar por la deriva que está tomando la política de Sánchez en este terreno.

Pero a Sánchez no le preocupa ni la opinión pública (ya la moldearemos con nuestra política de generosas dádivas…), ni los límites marcados por la Constitución de 1978. Si hay que bordearla, estirarla o retorcerla, se hace. Para eso hemos tenido que batirnos el cobre en el Tribunal Constitucional, para que brille siempre la verdad progresista y democrática, que es la nuestra.

No cabe duda, pues, en toda mente medianamente informada, de que más pronto que tarde tendremos referéndum en Cataluña por muy inconstitucional que sea hoy. Mañana, con la ayuda de nuestros jueces, haremos al menos que no sea inconstitucional haciendo un leve retoque de mayorías, aunque eso exija a los señores magistrados tener que saltarse la norma para cuya custodia han sido elegidos. Una vez más se cambiará la realidad -en este caso , legal-, en favor del relato.

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