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La siempre ejemplar Asociación El Toro juzga la cuarta y última semana de San Isidro
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La siempre ejemplar Asociación El Toro juzga la cuarta y última semana de San Isidro

lunes 09 de junio de 2025, 13:11h
Después del descanso –para un alto porcentaje de abonados– de los rejones, regresa la lidia a pie con uno de los carteles, sobre el papel, más infumables de la feria. Esto se nota en que, aunque la empresa anuncia el “No hay billetes”, se ven caras nuevas en los tendidos pudiendo, los más afortunados, estirar las piernas, pues el abonado que no ha conseguido colocar su entrada ha optado por no asistir a la plaza. Y la tarde ha cumplido con las expectativas: soporífero espectáculo que deja al descubierto las miserias de la pantomima en que quieren convertir los taurinos la Fiesta de los toros; la búsqueda del animal noble, sin poder y sin dificultades que permita a los toreros “expresarse”. Cuando en esa búsqueda te pasas de nobleza, de endeblez y de falta de casta acontece lo que se ha vivido en Madrid esta tarde. Mal presentado el encierro del Parralejo, sin trapío para esta plaza, cuya falta de fuerza y poder convirtió el primer tercio en un vergonzoso simulacro con la connivencia de empresa, profesionales y, especialmente, equipo gubernativo, que es quien ha de velar por los derechos del que paga. Sólo se salvó el sexto con algo más de movilidad y transmisión en el último tercio al que, sin más criterio que la búsqueda del aplauso fácil del paisanaje, se llevó Tomás Rufo a terrenos del tendido 5 y al que recetó una vulgar faena trapacera y acelerada; una centrifugadora de muletazos. El resto de la tarde, un compendio de pegapasismo, vulgaridad y destoreo protagonizado por el veterano Miguel Ángel Perera, plúmbeo como su traje de torear, y los jóvenes Fernando Adrián, incapaz toda la tarde, y el ya mencionado Tomás Rufo. Los tres, a la vieja usanza, deberían copiar cien o doscientas veces en un cuaderno la frase: “No es lo mismo torear que pegar pases”. Un buen par de Fernando Sánchez al tercero y poco más que contar.

Al encuentro de los cárdenos de Don José Escolar –curiosamente, cárdeno lucía también el cielo de Madrid– acude fielmente el aficionado, no tanto el público, venteño en la vigésimo segunda corrida de la Feria. Y la tarde no ha decepcionado porque hemos presenciado una señora corrida de toros. ¿Qué en el caballo no fue brava? No lo fue. ¿Que el tercero estuvo mal presentado? También es cierto. Pero todos los animales que han pisado el ruedo han vendido cara su vida, sin concesiones, con seriedad y dureza, recordando a cada segundo a los que estábamos sentados en los tendidos, que esto del toreo sólo es para unos pocos héroes. La tarde fue de menos a más, tanto en presentación, desigual por otra parte, como en comportamiento; no es casualidad que los tres últimos ejemplares corridos fueran cinqueños. Destacó por su belleza y trapío el sexto toro de la tarde, una auténtica pintura. Por su comportamiento, en el contexto general de dureza de la tarde, sobresalió el encastado en noble cuarto que desbordó por el pitón derecho a Esaú Fernández; pronto cambió al izquierdo, pitón por el que el burel parecía menos indómito, aunque tampoco supo estar a la altura de su embestida.

Pero, sobre todo, destacó el corpulento y serio quinto, de encastado y duro comportamiento, que tomó tres varas –la última tras mucho tardear–, aunque su pelea bajo el peto no pasó de discreta. En la muleta fue un torbellino de casta con quien no se amilanó un valiente Gómez del Pilar protagonizando una vibrante faena culminada con una media estocada algo delantera por la que recibió una oreja. De Miguel de Pablo sólo se puede decir que anduvo medroso e incapaz durante toda la tarde transmitiendo ese miedo a los tendidos. De las cuadrillas, constatar nuevamente la mala praxis durante el primer tercio con sendas carnicerías en el 3er y 6o toros; en lo positivo, cabe resaltar el gran segundo tercio protagonizado por Víctor del Pozo con los palos lo que le hizo saludar para responder a una clamorosa ovación. En resumen, lo acontecido en la tarde del martes es ni más ni menos que lo que se espera de una corrida de toros.

El día después de lo de Escolar sucedió algo parecido a lo del día después de lo de Morante, que cualquier comparación con lo previo resulta demoledora. Se lidiaron el miércoles seis toros de la ganadería gaditana de Lagunajanda, todos ellos cinqueños pero de desigual y, a lo sumo, correcta presentación, prototípicos del toro moderno sin casta ni bravura pero con movilidad y nobleza en la muleta; peritas en dulce con las fuerzas justas para que si alguno de los integrantes de la terna hubiera tenido temple, torería, gusto, gracia, pureza o verdad en su toreo, hubiera podido poner la plaza patas abajo. Sin embargo, las cualidades más positivas que se pudieron intuir en los coletas actuantes terminan en la buena disposición y voluntad de Alejandro Peñaranda en el sexto de la tarde, el único con un poco más de motor –o potencia, como dice Juan Pedro– tras cuya muerte, el burgalés dio una vuelta al ruedo. Manuel Escribano –vestido con un horrible terno verde subrayador y oro– pasó desapercibido sin temple, pureza ni ajuste ante ninguno de sus antagonistas, a los que puso banderillas de manera vulgar sin cuadrar en la cara del toro en ninguno de los pares. Joselito Adame estuvo incapaz y trapacero ante un lote nobilísimo que, en otras manos, se hubiera ido sin más de una oreja al desolladero.

El jueves tuvimos otro “No hay billetes” de los que engordan aún más las rebosantes arcas de Plaza 1. Y es que del cartel low cost que preparó la empresa, no pudimos extraer nada premium. Y mira que los bobalicones de Jandilla se dejaron, pues a lo tonto a lo tonto, se tragaron una somanta de pases a cada uno con menos gracia que el anterior. El primero de los actuantes, Sebastián Castella, sólo dijo algo con el segundo de su lote, un nobletón sin mala fe al que sí que pudo extraer algún natural con ese toque elegante que tanto le caracteriza y que sí tuvo eco en los tendidos. No obstante, lo que verdaderamente encendió a estos fue el arrimón en la cara del toro, a sabiendas que el de Jandilla jamás haría presa, pues le faltaba casta para ello. Mató mal y perdió el premio que Las Ventas le iba a regalar.

Peor estuvo José María Manzanares, que debe ir pensando en no aparecer más salvo en las plazas de pueblos de menos de 500 habitantes. Es bochornoso. Después de unas series sin sentido con su primero por la derecha, el de Jandilla mostró sus sobresalientes cualidades por el pitón izquierdo. Manzanares las vio, pero no supo qué hacer con ellas. No está ni para poner la muleta. Con el quinto bis hizo menos y no pudo hacer más. No valió un duro. El triunfador de la tarde fue Borja Jiménez, el cual no vino a pasar la tarde sin más. Actitud irreprochable, sí, pero ya se ha contaminado de las malas formas de las figuras con las que va compartiendo cartel.

Empezó por lo alto, con unos preciosos doblones por abajo en los terrenos del 7. Exquisitos. Templó muchísimo al natural, llevando al astado por donde el de Espartinas quería, pero nunca lo llegó a torear. No puede ser aquello similar a lo que vimos con Morante. Ciertamente descolocado y sin cargar la suerte. ¿Dónde está el torero que nos embelesó con los victorinos? Una estocada caída le valió para cortar una oreja ante la petición de la segunda. Pobre premio y menor resultado artístico para un torero al que le ha tocado la lotería en el sorteo. Y es que “Vid”, pasadas estas líneas, no será más recordado como un gran toro. Si bien es cierto que el superclase de Jandilla, fue de esos animales que ponen a funcionar. O de los que destapan las malas formas de los toreros, como fue el caso.

Se ve mucha piedra en los tendidos pese a ser viernes en la vigésimo quinta de feria. Para muchos fue el descarte del abono y tampoco el cartel resultó atrayente para el público ocasional. Se lidió una muy decepcionante –tras el juego mostrado en las últimas tardes en esta plaza– corrida de la ganadería toledana de Conde de Mayalde, de correcta presentación, excepto el anunciado quinto –que salió sustituyendo al primero, pues se corrió turno– y el segundo, mal presentados. De comportamiento noble, soso y mansito, lo peor fue su alarmante falta de fuerzas; todos los ejemplares adolecieron, en mayor o menor grado de invalidez. El quinto, anunciado como primer sobrero, tras un criminal puyazo en la paletilla protagonizado por Ángel Rivas, se echó en la faena de muleta y hubo de ser apuntillado – curiosamente, el mismo destino sufrió un novillo de esta misma ganadería el día 20 de mayo–.

Confirmó su alternativa el salmantino Ismael Martín y, ante lo moribundo de su lote, sólo pudo mostrar buena disposición; puso banderillas con escasa brillantez, excepto en un buen tercer par a su primero. Samuel Navalón, tras abusar del pico en su intento de toreo fundamental recurrió al arrimón el soso y noble ejemplar que hizo tercero; en el sexto, a punto estuvo a punto de ser prendido al hacerle hilo el toro tras desarmarle en su recibo a porta gayola; con la pañosa, la incapacidad para templar a un burel que le punteaba constantemente la muleta hizo que su trasteo no consiguiera acaparar la atención del respetable. El Fandi puso banderillas con facilidad y mucho alivio como es costumbre en él y mostró con los engaños la pulcritud de su técnica exenta del más mínimo atisbo de emoción. Aburridísima tarde.

Para el sábado, última tarde de la Feria, la empresa confeccionó un cartel con toros de Adolfo Martín que serían lidiados y estoqueados por Antonio Ferrera, Fernando Robleño y Manuel Escribano. La corrida estuvo mal presentada, principalmente por falta de trapío, que no de kilos; podría haber sido perfectamente una corrida para Castellón –dicho esto con todo el respeto para Castellón– pero no para Madrid. Y si, al menos, el comportamiento de los astados hubiera sido guiado por la bravura y la casta, lo morfológico hubiera pasado a un segundo plano, pero no fue el caso. La corrida en su conjunto fue un compendio de debilidad y falta de casta que apenas pudo ser picada para mantenerla en pie.

Se podría rescatar al duro tercero, marrajo que se revolvía con fiereza buscando los tobillos de un Manuel Escribano que anduvo muy firme y honrado, jugándose las arterias en cada uno de los lances –inexplicablemente, algunos le protestaron durante la faena– pero al que mató mal. El mejor toro de la tarde fue el –también duro– encastado sexto, al que Escribano, que no se amilanó en ningún momento, no fue capaz de poder, posiblemente condicionado por una mala elección de terrenos. Fernando Robleño, trenzó su último paseíllo en un San Isidro en Madrid, obligándole la afición venteña a saludar antes de salir al ruedo el quinto.

Con él, feble y sosito, el de San Fernando de Henares ejecutó ese estilo de faena a fuego lento con que tantas tardes nos ha deleitado para terminar aprovechando lo poco que tenía el animalito con algún natural estimable en un ejercicio de conocimiento de los terrenos y querencias del burel. Antonio Ferrera, con un lote sin posibilidades vio cómo su segundo toro sufrió algún tipo de lesión del sistema nervioso en su primera entrada al caballo, quedando impedido en sus cuartos traseros; el animal hubo de ser apuntillado en el ruedo. El sobrero de Martín Lorca, mal presentado y muy justo de fuerzas, no lo permitió el lucimiento, ni el toreo. Justo es reseñar su buena dirección de lidia durante toda la tarde, atento en los quites y otros detalles propios de la misma. Muy decepcionantes los adolfos.

Finalizada ya la Feria, se celebra en domingo la Corrida Extraordinaria de Beneficencia, en otro tiempo, la más importante del año y que, hoy en día, podría perfectamente prescindir del título benéfico de su nombre por no cumplir con tal objeto. Para tan magno evento a beneficio, eso sí, de la empresa que gestiona la plaza, se anuncian toros de Juan Pedro Domecq aunque, exceptuando el sexto y algo menos el quinto, más bien parecían novillos, cumplidores en su conjunto en la primera vara pero inéditos en la segunda, pues no poseían la fuerza y el poder necesarios para recibir un segundo puyazo como marca el reglamento. Su condición, además de feble, fue de manera general, noble, sosa y descastada tendente a la mansedumbre, es decir, el torete moderno fabricado en serie para permitir “expresarse” a la terna acartelada.

La historia estaba escrita y pasaba por ver salir a Morante de la Puebla por la Puerta Grande y a ello acudieron enfervorecidos seguidores del maestro sevillano que convirtieron la Plaza de las Ventas en algo más parecido a un estadio de fútbol que a una plaza de toros. Del genio de La Puebla jalearon lo sobresaliente –como fue la estupenda tanda de cuatro naturales rematados con un molinete y otro molinete invertido en su segundo toro–, lo notable –esa torería al girar sobre los talones, ese aroma general a toreo añejo–, pero también lo menos bueno – enganchones en la faena a su segundo o momentos más atropellados en la del primero–. Pero ninguna de las faenas de Morante, tuvo la rotundidad de la de su otra comparecencia en esta plaza la semana anterior; su primera faena fue muy estética pero sin profundidad en los muletazos y finalizó, eso sí, con una buena estocada, tras la que le fue concedida una oreja. En la segunda, ante un indecente novillo blando y descastado, quitando la ya mencionada tanda al natural, no hubo más que detalles de gusto y torería pero no tuvo, esta vez, la rúbrica de la espada, pues ésta cayó muy baja.

Cuando Morante paseaba la oreja concedida, sabiendo él mismo lo excesivo del premio, hizo gestos al tendido en señal de disculpa por su mal uso del acero. Excesivo y aún más inaudito fue el despojo concedido a Fernando Adrián en su faena al segundo de la tarde al que toreó bien de capote con un buen saludo a la verónica ganando terreno en cada lance. La faena de muleta fue un compendio de toreo rectilíneo abusando de pico y el epílogo, tras las preceptivas bernadinas, consistió en una estocada trasera y atravesada. Con el quinto no pasó de estar trapacero y acelerado. De Borja Jiménez sólo cabe destacar un muy buen quite por chicuelinas templadas y llevando toreado al burel en el segundo de la tarde. En su primer toro, resume todo que el semoviente se echó al suelo tras tres pinchazos y hubo de ser apuntillado. En su segundo tampoco estuvo bien, abusando de un toreo despegado y en línea recta; muy mal con la espada. Una vez finalizado el festejo, una marabunta se echó al ruedo para sacar a hombros a Morante de la Puebla y llevárselo en volandas calle Alcalá arriba.

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