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'Iphigenia en Vallecas': puta vida
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'Iphigenia en Vallecas': puta vida

Gary Owen ganó en 2015 el premio al mejor texto en el Festival de Edimburgo por una nueva versión del mito de Iphigenia. Su obra, titulada Iphigenia in Splott, llegó por primera vez hace solo unos meses a España, al Pavón Teatro Kamikaze, de la mano de María Hervás, que ha adaptado con gran atino la obra, acercándola a la realidad española, bajo el título de ‘Iphigenia en Vallecas’, en montaje dirigido por Antonio C. Guijosa. Un espectáculo que acaba de reestrenarse en el mismo espacio y permanecerá en el Ambigú del Kamikaze hasta el próximo 21 de diciembre.

El texto original y la adaptación al español conducen a un mismo entorno social y personal, que la versión en nuestro idioma sitúa en un populoso barrio madrileño, Vallecas, pero cuya realidad es perfectamente extrapolable a cualquier otro de una gran ciudad europea. En ellas hay jóvenes de ambos sexos duramente tocados por la crisis económica, malviviendo a trancas y barrancas, con trabajos a tiempo parcial -en el mejor de los casos- y con salarios próximos a la miseria. Con premisas como estas, las consecuencias no pueden ser precisamente de color de rosa.

Iphigenia (Iphi), encarnada por una magnífica María Hervás en este papel nos recuerda a aquella otra también conmovedora Jbara, la pastora adolescente de Confesiones a Alá, porque provoca también en cada espectador la conmoción, la turbación y el encogimiento del alma necesarios para hacer del suyo otro personaje inolvidable (http://www.diariocritico.com/ocio/teatro/teatro-lara/critica-de-teatro/critica-teatral/471204).

Iphi es una joven marginal, una choni, una quinqui de libro. Vive compartiendo piso con Silvi, otra chica de su mismo corte. Ambas mantienen éticas similares, es decir, ninguna. Las dos, de vez en cuando, roban algo, se prostituyen, o hacen lo que haga falta para sobrevivir. Ambas son, es cierto, unas supervivientes. Su piso está en las afueras de Vallecas o, lo que es lo mismo, en el extrarradio del extrarradio madrileño, allí donde las estadísticas del paro juvenil repiten mes tras mes que el distrito está en lo más alto de la liga del desempleo, o sea, del cien por cien. Iphi bebe hasta sudar alcohol; se revuelca en la cama durante horas con su medio novio o lo que sea, Rique, hasta conocerse el Kamasutra teórica y prácticamente de principio a fin; no estudia, ni trabaja, pierde el respeto a su abuela las pocas veces que acude a visitarla (de sus progenitores no sabemos nada, aunque presumiblemente la habrán largado de casa hartos ya de su indolencia).

Iphigenia habla y habla sin parar, y durante casi hora y media transita por todos los estadios del alma humana. De la rabia al dolor, del descaro a la desvergüenza, del impudor a la voluntad de seducir, de la desesperanza al dolor más profundo hacia todos y hacia todo, del escepticismo a la fuerza al amor inesperado.

Todo surge una noche loca cuando Iphi le echa el ojo a un tío guapísimo en una discoteca, a donde ha ido de marcha con su novio, Rique. En un momento despista a este para intentar ligarse al guapísimo chico de quien se ha prendado, que resulta ser un exmilitar con una pierna amputada tras una explosión (es duro, ya, pero son gajes del oficio…). Lo consigue, se acuesta con él y sus palabras, su piel, su mirada, le hacen ilusionarse, pensar en plural (“no estoy sola”). Las consecuencias del encuentro -tan naturales como, generalmente, inesperadas- se traducen en el embarazo de Iphi… Ese hecho la cambia radicalmente porque en la chica de barrio anida un nuevo sentimiento, el de la maternidad. Y, más adelante, el de la generosidad y la solidarida…

La voz, la mirada, el cuerpo, el alma de María Hervás están al servicio de Iphi, y desde el mismo momento en que la actriz, antes de comenzar la función, se encuentra allí, sentada en medio del escenario, quizás después de una de sus habituales borracheras, al lado de unas cuantas cajas de madera apiladas en una de las paredes del Ambigú del Kamikaze, se gana el silencio y la atención absoluta de todo el público. El dibujo de su personaje es brutal, provocador (Iphi increpa directamente al público, que aquí representa a los ganadores del sistema que a ella la ha llevado al estado descrito más arriba).

El montaje es un grito desesperado, doloroso, casi resignado, de alguien que, por unas causas o por otras, no ha podido, no ha sabido o no ha querido encajar en un sistema económico y social como el nuestro. El problema es que estoy seguro de que hay muchos jóvenes que se van a identificar muy rápidamente con el personaje. El papel del teatro como espejo de la sociedad que lo representa está aquí concentrado y con creces: una historia tan ficticia como real, tan dura como evidente, tan lacerante como estéril. Señoras, señores: hay que hacer algo para que nuestros jóvenes no abandonen las aulas y, si lo hacen, que encuentren pronto un trabajo. De otro modo, mucho me temo que las Iphi y sus equivalentes masculinos van a colonizar muy pronto no solo los barrios marginales, sino todas nuestras ciudades.

'Iphigenia en Vallecas'

Autor: Gary Owen

Adaptación: María Hervás

Dirección: Antonio C. Guijosa

Intérprete: María Hervás

Escenografía: Mónica Teijeiro

Iluminación: Daniel Checa

Sonido: Mar Navarro

Fotografías: Marc de Cock-Buning y Merysú de Cock-Buning

Diseño gráfico: Daniel Jumillas

Prensa: María Díaz

Producción: María Hervás y Serena Producciones

El Pavón Teatro Kamikaze, Madrid

Hasta el 3 de mayo de 2017

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