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Extracto del cuadro de Diego de la Cruz titulado 'La Virgen de la Misericordia con los Reyes Católicos y su familia', donde se destaca a la derecha la imagen de Titivillus
Extracto del cuadro de Diego de la Cruz titulado 'La Virgen de la Misericordia con los Reyes Católicos y su familia', donde se destaca a la derecha la imagen de Titivillus

Titivillus y usted: el demonio que fastidia a escribas y a escribidores

Tal vez usted fue en su niñez uno de esos escolares primorosos, cuyos cuadernos derrochaban armonía y pulcritud. Los míos, en cambio, estaban salpicados de borrones y habitados por grafemas deformes peleados entre sí. Pensaba más rápido que escribía y a menudo me comía letras e intercambiaba sílabas. La mitad de mi infancia transcurrió anotando Mágala en lugar de Málaga y la otra mitad “pasando a limpio” lo que mis maestras estimaban una tarea sin esmero. La escuela me gustaba mucho, así que la causa de mis tachas no era la falta de interés (de verdad que me aplicaba), sino pequeños accidentes que estorbaban mi escribir, como el codazo imprevisto de una compañera de pupitre, la suciedad que el lápiz de grafito imprimía en el canto de mi mano y que me hacía dejar un vergonzoso rastro negruzco sobre el papel, y gomas de borrar ineficientes que perpetuaban halos oscuros sobre mis errores pueriles. Pero la culpa no era mía -créame- ni suya tampoco, si es que usted también perteneció a la humillada casta de los “malhechos”. El caso es que he tardado décadas en explicarme lo que cualquier copista medieval habría sabido antes siquiera de aprender a afilar el cálamo: que la culpa de esos tropiezos de escritorio era de Titivillus, el demonio que fastidia a escribas y a escribidores.

Titivillus era (es) un diablo de la estatura de un chiquillo, negro como la pez, y siempre hambriento de erratas. Provisto de un saco y de aviesas intenciones penetraba en los scriptoria para malograr el trabajo de los copistas. Se acercaba sigiloso, cual ave nocturna (fíjese en sus pies cuando lo vea: son de rapaz) hasta la afanada víctima y con su narizota zaína le derramaba el tintero, le meneaba la diestra o le apagaba de un resoplido la vela. Entre las perturbadoras artes de Titivillus figuraba la de distraer la atención del escriba sobre su tarea y hacerle cometer errores u olvidos, que además de restarle prestigio profesional, habrían de alargar su estancia en el purgatorio. Titivillus echaba todos esos “accidentes” en el saco y los bajaba a diario al infierno. Allí los acumulaba metódicamente en casilleros individuales para usarlos contra el infortunado copista en el juicio final. Bastantes de esos yerros en forma de sílaba equivocada o de vocablo omitido han sido arrastrados secularmente de copia en copia para satisfacción demonil de Titivillus, que en su insaciable hambre de errores también los provocaba de aire, es decir de palabras no escritas, sino pronunciadas. El acechante Titivillus estorbaba la lengua de los sacerdotes durante los oficios religiosos, la de las monjas durante sus rezos o la de cualquier persona que en una actividad piadosa necesitara mover la húmeda. Titivillus, siempre al quite (“aliquindoi” decimos en Mágala) se encargaba de impedirle la palabra justa y ponía, en su lugar, la equivocada.

Al psiquiatra Sigmund Freud le preocupaban tanto los errores escritos -lapsus calami- y los errores orales -lapsus linguae- que les destinó una obra titulada Psicopatología de la vida cotidiana, en la que se empeñó en demostrar que esas perturbaciones de la expresión provenían de nuestro oscuro inconsciente. De un inconsciente donde el oscuro Titivillus -matizaría yo- comete sus embrollos y fechorías. Es curioso que Titivillus sea un demonio renegrido y con patas de animal; su color simboliza lo ignoto u oculto de nosotros mismos, y los pies en forma de garra, la parte animal e indómita de nuestra psique.

Si considera superada su relación con Titivillus y no le guarda rencor por las veces que le obligó enmendar con tipp-ex sus apuntes mecanografiados o a rehacer las láminas de la asignatura de dibujo técnico (sí, estaba allí mientras usted sufría con la tinta china y el tiralíneas), intente ahora perdonarlo por las veces que en su ordenador personal desaparecen archivos completos o su procesador de texto no le guarda los cambios. ¿De verdad puede?

Mi consejo es que no caiga en el buenismo y se mantenga en guardia mientras usa WhatsApp u otras aplicaciones de mensajería, porque le garantizo que es Titivillus quien manipula a su capricho el corrector automático y la función de dictado de texto. Como ya casi nadie cree en el purgatorio, él disfruta haciéndoselo vivir cada vez que envía por error un mensaje equívoco a alguien que no debería recibirlo… Y lo más perturbador no es eso, sino que aunque usted vacíe sus chats, estos quedan metódicamente archivados en casilleros individuales en algún lugar inconcreto de la globoesfera. Intuyo que si alguien se tomara la molestia de subirlos (recuerde que Titivillus previamente los bajaba) sería para que sumen en su contra. ¿Todavía no me cree?

En fin, si le apetece encarar a Titivillus puede hacerlo sin necesidad de traspasar nuestras fronteras. Basta con que visite el Monasterio de La Huelgas en Burgos y contemple una tabla al óleo atribuida a Diego de la Cruz, titulada Virgen de la Misericordia con Los Reyes Católicos. Sobre uno de los hombros de la Virgen -y en la lejanía, como quien no quiere la cosa- sorprenderá al negrísimo y narigudo Titivillus brincando sobre sus pies de rapaz y con un alijo de manuscritos a la espalda.

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