La semana se inició con un cambio sustancial del entorno macro tras la escalada militar en Oriente Medio. El crudo repuntó desde el entorno de 70 hasta casi 80 dólares por barril, mientras el tráfico en el Estrecho de Ormuz comenzó a reducirse, elevando el riesgo sobre el suministro energético global. Más allá del impacto inmediato en los precios, la duración del conflicto y la posibilidad de una campaña asimétrica prolongada introducen un shock de costes con potencial efecto de segunda ronda: mayor inflación importada, presión sobre márgenes empresariales, tensión en las cadenas logísticas y deterioro de la confianza inversora.
Este nuevo frente energético condiciona directamente a la Reserva Federal. Un encarecimiento sostenido del petróleo limitaría el margen para flexibilizar la política monetaria, incluso si la actividad pierde tracción. El banco central podría verse obligado a priorizar la estabilidad de precios ante un riesgo inflacionario exógeno, complicando cualquier debate sobre recortes en el corto plazo y elevando la volatilidad en las expectativas de tipos.
En paralelo, los indicadores manufactureros ofrecieron señales más constructivas. La eurozona regresó a expansión con un PMI en 50,8, máximo en casi cuatro años, y Alemania sorprendió al alza. Sin embargo, el repunte de los costes de insumos y la aceleración de los precios de venta anticipan una posible traslación inflacionaria. En EE.UU., el ISM se mantuvo sólido en 52,4, pero el componente de precios pagados alcanzó su nivel más alto desde 2022, reforzando el sesgo de riesgo al alza para la inflación.