Hay algo incómodo en cómo se están comportando los mercados. No es la volatilidad -en la medida que corresponda siempre está- ni tampoco la incertidumbre geopolítica. Es algo menos evidente, es una sensación: la de que el mercado ha dejado de creerse sus propias conclusiones. Durante años han aprendido que los shocks pasan. Da igual que sean subidas agresivas de tipos, crisis energéticas o episodios financieros puntuales. La economía, especialmente la estadounidense, ha demostrado una capacidad casi sistemática para absorberlos sin romperse. Y esa capacidad se convirtió en norma.
POCO DISPUESTO A APOSTAR
Estamos empezando a ver ahora, entre sombras, dudas. ¿Es este shock uno más, o es el que culmina y activa todos los anteriores? Nos va mucho en la diferencia. No se trata de la magnitud del evento actual, sino del momento en el que llega. El conflicto en Oriente Medio ha sido el detonante, no el problema. Aparece cuando el sistema ya no tiene el mismo colchón: el consumidor está más expuesto, el mercado laboral ha perdido tensión y la política monetaria ya no tiene el mismo margen. El shock energético, por sí solo, podría ser manejable, pero sumado al resto, deja de serlo. Y el mercado lo intuye. Por eso responde como lo hace. ¿Errático? No, es escéptico. Incluso cínico. Activa el manual clásico -petróleo arriba, inflación arriba, tipos arriba- pero no tiene reparo en empezar a desmontarlo unas horas después. No porque los hechos cambien, sino porque la interpretación deja de parecerle sólida. Cada movimiento lleva implícita su propia duda y la nueva se acumula sobre la anterior. Y así está cada vez menos dispuesto a apostar fuerte por ningún escenario. Y eso se nota. ¿En base a qué va a asignarle a algo un peso estable? Demuestra su renuncia a consolidar un escenario central que utilizar como ancla y cualquier salida no alcanza un grado mayor que el de una hipótesis más, y cada reacción es siempre provisional.
UN PERIMETRO BASTARÁ
El dólar lo refleja bien. En teoría, este debería ser su entorno favorable natural: tensión geopolítica, aversión al riesgo, energía al alza… Sin embargo, su fortaleza es incompleta. Sube, pero no convence. Los intentos de avanzar y consolidarse se agotan rápido. No es que haya cambiado en lo sustancial su naturaleza de moneda de reserva. Es que el mercado ya no confía en él de forma incondicional.
Ocurre otro tanto con algo que habría de ser más estable: los tipos de interés. Hemos pasado de descontar recortes a anticipar subidas en prácticamente todas las economías desarrolladas. Es comprensible, pero la velocidad del cambio y su intensidad tampoco revela una gran convicción. Detrás de estos ajustes hay una pregunta difícil de responder: ¿hasta qué punto las economías podrán soportarlo? Cuando el mercado descree de sus propias expectativas, deja de comportarse como un sistema eficiente de descuento y no hay información sólida en sus anticipos. En esta crisis se está comportando como un sistema de ajuste. No construye escenarios duraderos; los testea y los abandona. No busca acertar; le basta no quedarse atrapado. Es una sabia actitud para la espera.
Pero cuando la fase aguda ceda, probablemente en semanas, pasaremos a un régimen de inestabilidad crónica. El mercado no necesita certezas, pero sí un perímetro sobre el que trabajar. Con eso le bastará, y volverá a la tarea de descontar y anticipar, recuperando su utilidad. Y esto, a diferencia de la solución a este conflicto, es algo que está más próximo.
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El mercado de divisas es el mercado más grande y líquido del mundo que opera las 24 horas del día, los 7 días de la semana, a lo largo y ancho de todo el mundo. A las divisas tradicionales hemos de añadir las criptomonedas como los Bitcoins (XBT) que añaden una nueva dimensión al mercado Forex. Solamente una unidad de esta moneda digital es el e...