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Alberto Conejero, poeta y dramaturgo: “Ojalá dentro de un siglo o dos alguien esté traicionando uno de mis textos”

  • “El texto dramático debe ser sorprendido por la experiencia viva y siempre en presente del teatro”
  • “Las redes sociales pueden llegar a convertirse en una hoguera de soledades”
  • “No he pretendido terminar Comedia sin título
  • “no ocultes el mal de los escenarios porque eso no lo erradicará del mundo”

lunes 29 de enero de 2018, 12:02h
Alberto Conejero, poeta y dramaturgo: “Ojalá dentro de un siglo o dos alguien esté traicionando uno de mis textos”
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(Foto: Michael Oats)
Alberto Conejero (Vilches, Jaén, 1978), poeta y dramaturgo, ha obtenido el reconocimiento tanto de los suyos -poetas y gentes del teatro-, como del público. Aún así, ni siquiera el éxito obtenido con La piedra oscura, se le ha subido a la cabeza. Desde hace ya más de tres años, tanto dentro como fuera de España, la obra y su autor han cosechado alguno de los más importantes premios del teatro español (premios Max, Ceres y José Estruch al mejor autor), y, sobre todo, lo mejor es que la obra ha podido verse también en Paraguay, Perú, Rusia, Grecia, Uruguay, Reino Unido, Estados Unidos, Colombia, Francia y, próximamente, en Costa Rica.

Hijo de electricista y aceitunera, Alberto es licenciado en Dirección de Escena y Dramaturgia por la RESAD, y completó su formación en el Instituto de Ciencias de las Religiones de la Complutense, universidad en la que también se doctoró. Juan Mayorga, José Luis Alonso de Santos y Alejandro Tantanian, son algunos de sus maestros de escritura dramática, y Federico García Lorca su referente absoluto de la poesía (su primer poemario, Si descubres un incendio tiene ya varias ediciones, y está terminando su segundo libro de poemas). Como otros hicieron con él, hace ya varios años que enseña a jóvenes escritores a tratar de sacar lo mejor de sí mismos para plasmarlo, primero en el papel y después dar vida a ese mismo texto sobre los escenarios.

Es autor, entre otras obras, de Cliff (Acantilado), Húngaros, Ushuaia, Todas las noches de un día, La extraña muerte de una cupletista contada por su perro o La melancolía de las jirafas. Cinco de ellas -las escritas o estrenadas por el dramaturgo entre 2010 y 2015-, han sido reunidas recientemente en un hermoso volumen por la editorial Antígona. Pero ha escrito también libretos de espectáculos musicales y de ballet,como Electra para el Ballet Nacional de España o Sicalipsis now!, además de firmar las versiones de Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, Rinconete y Cortadillo, Fuenteovejuna y Troyanas...

No le falta razón a José Sanchís Sinisterra, el gran maestro del teatro de los últimos decenios, al tildar a Alberto Conejero como un quintacolumnista de la poesía infiltrado en el teatro”. Algo muy parecido nos decía Alberto de sí mismo en octubre de 2015 cuando se autodefinía como “poeta y fiel servidor del teatro”. Pero, sobre todo, Conejero es un hombre próximo, asequible a cualquiera que se le acerque, extraordinario conversador y -como dijo en su Retrato otro poeta y paisano suyo, Antonio Machado-, es “en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Poeta, escritor

Y de palabras sagradas comenzamos hablando con Alberto: “la poesía, para mí, es un modo de relacionarse con el mundo, de estar en el mundo, de enclavijarse en él. Por un lado, es una búsqueda de lo verdaderamente real, más allá de la apariencia, y, por otro lado, la necesidad de trascendencia tanto en lo cotidiano como en el lenguaje”. La poesía -no lo olvidemos tampoco-, surge cuando menos se la espera y se resiste numantinamente a ser encasillada, a ser definida en su totalidad, y Conejero recurre a su querido Federico García Lorca para recordarnos su definición: "Todas las cosas tienen su misterio y la poesía es el misterio de todas las cosas. Ni tú ni yo ni ningún poeta puede decir lo que es la poesía Eso dijo Federico. Y, por tanto, yo no sé tampoco qué es o qué deja de ser, pero sí que la poesía se resiste a ser adjetivada, y ahí reside su verdadera potencia, su misterio. En la poesía hay rabia, inconformidad, amor a la palabra, amor a los otros...". Y, tras un breve y reconcentrado silencio, remata el poeta su intento de descripción de algo tan bello como etéreo, tan necesario como gratuito: “podemos hablar de la poesía como un camino de trascendencia que no debiera ser propiedad solamente de los poetas”.

¿Qué hay de aquel Alberto ilusionado que escribía sus primeras cuartillas. en el Alberto escritor que ya está a punto de alcanzar la cuarentena?, preguntamos al poeta y dramaturgo, que nos responde con el entusiasmo del adolescente que fue, pero con la luz del hombre maduro que es. “En los primeros años -afirma-, la escritura tiene algo más confesional, y con el tiempo uno se abre mucho más al afuera, al dolor y a la alegría de los que te rodean, y del momento del mundo que te ha tocado.”

Conejero nunca se ha arrepentido de iniciar el camino de la literatura porque, probablemente, no tenía otra opción: “Cuando uno no puede elegir no tiene por qué arrepentirse –afirma, algo más serio que de costumbre-. Para mí la escritura no es una decisión. Si me preguntas por convertir la escritura en mi modo de vida, desde un punto de vista más pragmático, me parece que uno debe de tener la vida lo más cerca posible de su vocación, y en ese negociado estamos… Hay que ser hospitalario con todo lo que a uno le va ocurriendo y aprender de ello. Y soy muy consciente de que soy un privilegiado solo por haber podido intentar que la escritura sea mi modo de vida”. Y tan honda y sentida reflexión -no podía ser de otro modo-, la concluye el andaluz y madrileño con esta rotunda afirmación: “para mí, un modo de no perder la vida es tenerla siempre cerca de la escritura, cerca del teatro y de la poesía”.

Maestro

Aunque Alberto Conejero dejó hace ya algunos años de dar clase de escritura dramática en la ESAD de Castilla y León sigue inmerso en la docencia a través de sus frecuentes seminarios que dan cabida a jóvenes -y menos jóvenes- escritores. ”Me apasiona la docencia y es un verdadero regalo estar cerca de la gente que está dando sus primeros pasos -comienza diciéndonos-, porque eso sirve para poner permanentemente en duda las pocas certezas que se puedan tener. Uno siempre comparte los pasos que ha dado, los que aún no ha podido dar y también los pasos torcidos. No hay que esconder los errores porque forman parte de la maleta del aprendizaje”. El poeta tiene muy claro que muchos de los hallazgos que descubre el creador son el fruto directo de muchos errores anteriores, y todo eso hay que transmitirlo a los nuevos escritores. “Es importante compartir caminos, experiencias, incluso algunas técnicas de escritura dramática -que no deben ser el centro de ninguna poética-, pero que también hay que conocer”.

Y, como buen pedagogo, Conejero recurre a la historia, al saber anterior, para fundamentar el suyo propio. “Siempre ha habido poética -dice-. Desde El arte nuevo de hacer comedias, de Lope de Vega, hasta la Cartas a un joven dramaturgo, de Marco Antonio de la Parra, siempre ha habido intentos de dejar “orientaciones en el desierto”, en la bella expresión de Eusebio Calonge. Por eso digo que, sobre todo, un profesor de escritura dramática, ha de tener pasión, incertidumbre y un gran bagaje de lecturas y experiencias. Y eso, aún en la seguridad de que ese proceso de descubrimiento personal, intuitivo, de no saber, de ir encontrando…”. “¿Cómo enseñas el ‘no saber’?”, se pregunta el poeta. Y él mismo se da la respuesta: “Compartiendo ese no saber, dando importancia a tachar y tachar”. Para añadir, a renglón seguido, que “a mí me gusta ver una clase o un taller de escritura dramática como una asamblea en la que la voz del docente no suena mucho más alto que las demás porque, al final, cada voz se fragua pecho adentro y no hay más. Lo más que uno puede hacer es ayudar al otro a encontrarse en las lecturas y en las voces a las que quizá puede acudir para tratar de encontrar la propia. A eso ayuda mucho compartir asambleariamente el oficio de la escritura. Yo -añade Conejero-, sin el concurso de otros autores y autoras de los que he recibido clase, no sería quien soy, y un sinfín de maestros que, aunque no te den clase como tal, están ahí en los libros y en los teatros. Pienso en Koltès, en Angélica Liddell, en Eurípides y tantísimos”.

Clásicos

Y ya que Conejero cita a Eurípides, le preguntamos por su intensa relación con los clásicos que –todos lo sabemos- no siempre es bien entendida por el público teatral y los lectores.” “Cuando abordas un clásico –afirma el dramaturgo-, ya sabes que otros muchos mantienen otra relación (emocional, de experiencia, intelectual, etc.) con esa obra. Por eso, quien va a ver Troyanas o Fuenteovejuna, ha leído o ha visto muchas veces una y otra obra y, por tanto, ya tiene construida su propia relación personal con ellas. La mirada que proyecta sobre la nueva versión va acompañada de ese arancel previo. Pero, al mismo tiempo, esa persona tiene que saber que una cosa es el texto y otra el hecho escénico, en el que ya entra en juego muchos imaginarios. Agradezco la mirada pero a veces se olvida que yo no soy el responsable de las puestas en escena hasta el momento, ni de aquellas que han tenido una aceptación más unánime ni de las que no tanto”.

“Yo parto del estudio –matiza ahora Alberto-. Después me pregunto si tengo o no algo que contarme, como primer espectador de mi tiempo, con este clásico. Inmediatamente se despliegan dos lealtades: por un lado, al cuidado de la obra (y el cuidado implica conocimiento y amor), y, en segundo lugar, la lealtad que tenemos al espectador de nuestros días. Y, a partir de ahí, el texto teatral admite las intervenciones que pida el presente. Con todo, quien acude a una u otra representación, ya sabe que siempre tiene el texto ahí, a su disposición, si siente necesidad de volver al texto tal como se ha transmitido. Ojalá que dentro de uno o dos siglos alguien esté “traicionando” mis textos porque eso significará que siguen vivos, y que alguien lo ha considerado necesario para otro tiempo”.

Pero, obviamente, todo el mundo tiene derecho, desde su idea de los clásicos, a criticar cualquier versión, comentamos al dramaturgo, y él admite la premisa aunque añade, sin embargo, que “también es cierto que muchas veces nos falta pedagogía para ayudar a distinguir lo que es una mera adaptación, de una versión o una reescritura. A mí me apasionan las refundiciones de textos clásicos que se hicieron hasta la tercera década del siglo XX. O el de las parodias. Hemos perdido mucha de esa libertad relacional con las obras del pasado”. Y completa su argumento con un ejemplo concreto y reciente: “A Troyanas se le cambió el título porque el texto resultante tiene intervenciones notorias respecto a Las Troyanas de Eurípides. Pero a él le pertenece un ochenta por ciento del texto final de Troyanas, sería absolutamente deshonesto firmarlo yo. Pero hay también texto escrito por mí, versos de Warsan Shire, de Cernuda, de Alberti… Eso es una versión y no una adaptación. Pero todo eso está para servir a Eurípides y también al espectador de nuestro tiempo. Yo me comprometo, no desaparezco como creador. Asumo que alguien pueda sentirse defraudado por no haber visto las Troyanas que quería ver, pero lo que yo no puedo hacer es trabajar desde el miedo o desde una puritana erudición conservadora. Muchas veces la opinión es sobre lo que se cree saber del texto y no del conocimiento del propio texto. Aunque yo no tocara una línea del texto conservado de Eurípides, el tiempo lo ha hecho. Una cosa es la literatura y otra el teatro. Desde que representamos a Eurípides en teatros a la italiana, con luz eléctrica, sin coturnos y sin máscaras, y en castellano, ¿de qué fidelidad estamos hablando?”.

El texto y su materialización

Para Conejero, cada vez es más importante la relación con el director de escena, con los actores y con el resto del equipo artístico de cada montaje porque esa relación determina notablemente su resultado final. De facto, y aunque ya ha hecho alguna incursión en el campo de la dirección, ahora quiere dar el salto definitivo a ella: “estoy a punto de llevar al escenario un montaje que yo mismo dirijo y produzco (llevamos ya más de seis meses de trabajo). Aún no puedo desvelar el título, pero sí los integrantes del equipo: Consuelo Trujillo, José Troncoso, Juan Vinuesa, Zaira Montes, Eva Rufo y José Bustos. Partimos de un texto que yo tenía en borrador desde hace más de cinco años, pero del que sentía que algo no acababa de cuadrar. Ahora he tenido un proceso de reescritura desde la dirección, y ¡ha sido tan iluminador! A partir de ahora, voy a evitar que mis textos se publiquen sin que, al menos se haya ensayado ya sobre ellos, y si se han estrenado ya, mucho mejor…”.

La nueva propuesta del dramaturgo jienense nace de un recuerdo de su madre y tiene a las minas de plomo cercanas a su pueblo, Vilches, como marco donde se desarrolla parte de la historia, y por allí ha pasado con el equipo de actores, para que conozcan in situ el lugar donde se desarrollan los hechos, y ha podido ensayar, al mismo tiempo, en el teatro municipal, el Miguel Hernández. Su madre aún no ha acudido a ningún ensayo porque Alberto quiere que lo haga cuando el espectáculo ya esté más ultimado.

Otro nuevo proyecto, y también inmediato, refuerza en el dramaturgo la necesidad de profundizar en la experiencia y en esa misma dirección. “Estamos preparando también Todas las noches de un día, que dirige Luis Luque, con los actores Carmelo Gómez y Ana Torrent. También con ellos estamos trabajando el texto conjuntamente porque tengo cada vez más claro que el texto dramático debe ser sacudido por la experiencia del teatro. Yo diría que el trabajo del dramaturgo no termina hasta después del estreno, porque hasta entonces siempre hay tiempo de reescribir, de corregir”.

Federico, ¡siempre Federico!

Si, como alguna vez ha dicho Conejero de Lorca, su referente absoluto, “en Federico hay muchos Federicos”, estamos viendo también que en Alberto hay muchos Albertos. Pero, cuando la charla va llegando a su fin, no queremos dejar de incidir un poco más en la relación de los dos poetas: “A mí lo que me admira de Federico es su libertad creativa, su capacidad de ser fiel a sus obsesiones, al tiempo que duda permanentemente de todo lo que había alcanzado para seguir proponiendo siempre algo nuevo. Yo no quisiera dejar de pensar nunca que se está aprendiendo día a día, que siempre se está empezando y que el mayor miedo es no seguir haciéndolo incluso de los errores…”. Y el poeta, que lleva hablando con nosotros más de una hora, se resiste con uñas y dientes a ser comparado con Federico porque “uno tiene que tener muy claro el momento social en el que está. El momento actual es muy delicado para el arte. Hay un juicio continuo a la ficción. Se le hace responsable de lo que la educación, la política y la justicia debieran ocuparse. No censures una obra. Dame las herramientas para entender que ese o aquel personaje son miserables. Pero no ocultes el mal de los escenarios porque eso no lo erradicará del mundo. No convirtamos el arte en un congreso de buenas intenciones. No infantilicemos al espectador aún más. Y, ante todo volvamos la vista atrás: tenemos experiencias terribles en la historia reciente para entender los peligros de “un arte edificante”.

En cualquier caso, al menos un libro que acaba de editar Cátedra, une a los dos poetas y dramaturgos. Comedia sin título, la última e inconclusa obra teatral de Lorca, en la que trabajaba cuando fue asesinado, ha sido ahora reunida en Cátedra con un nuevo texto de Alberto Conejero, que ha titulado El sueño de la vida, en donde este da su versión de los dos últimos actos. Pero Alberto quiere dejar bien claro que “no he pretendido, ni mucho menos, acabar la Comedia sin título, de Lorca”. “Es verdad -apunta el jiennense- que la historia del arte es la historia de la reescritura, de volver a mirar donde se miró ya… Esa es la historia no solo del teatro, sino de todas las artes (pintura, escultura, escritura, etc.). La Comedia sin título está ahí, y yo lo único que he hecho ha sido dialogar con ese texto desde el amor y por amor, imantar mi escritura en la de Federico y escribir un nuevo texto a partir de lo que fue y lo que no pudo ser. Yo no he tocado ni una coma del primer acto de la obra, pero no quiero tener miedo de escribir la pulsión que siento y que he plasmado en este ejercicio de amor. Pero no he completado nada (¡como voy a completar algo que quedó inconcluso!). Únicamente he generado un texto a partir de ahí, estableciendo un diálogo con el material previo, y no entiendo muy bien por qué se ha suscitado una cierta polémica, incluso antes de haber aparecido la edición del libro”.

Pero estas -digámoslo así- interferencias, afortunadamente, no suelen acabar con la ayuda de las musas de quienes, como Alberto, se ponen regularmente frente al ordenador intentando plasmar en una página en blanco la idea, la emoción, el anhelo, la rabia, el amor o el desamor que le asedian. ¿Cuáles son esos amigos y enemigos del Alberto poeta y dramaturgo?, le preguntamos, y él nos responde que “Estoy aprendiendo a relacionarme con la mirada, con el afuera de lo que uno hace. ¡Por supuesto que quiero que mi teatro guste! Quiero que me quieran, que la gente se emocione y que disfrute, y cuando eso no sucede, claro que no me gusta. Ya sé de antemano, muchas veces, que hay textos que provocan más fácilmente el abrazo, y otros que no tanto, que necesitan más implicación para que ese abrazo llegue a producirse, pero intento sobre todo que la escritura permanezca al margen de la opinión de los otros. La escritura tiene que estar siempre en un territorio protegido e íntimo y, por fortuna, eso no se ha modificado en mí con el tiempo. Al revés, con el paso de los años, yo sigo escribiendo el teatro que quiero escribir, y he aceptado los encargos de los que yo creía que podía aportar algo y de los que podía aprender”.

Entonces, ¿para cuándo una comedia y un segundo poemario, Alberto?, preguntamos: “la obra que estoy ensayando ahora como director tiene muchos elementos de humor, de alivios cómicos; y, respecto al nuevo libro de poesía, sigo trabajando duro en él, aunque todavía no he dado con el título final. Tengo uno en la cabeza, aunque está en cuarentena porque no ha gustado nada a tres amigos poetas con quienes he consultado, pero no descarto que acabe titulándolo así finalmente. Estoy también, por último, en plena fase de investigación y de escritura de una obra de objetos post-catástrofe, que apenas va a tener texto, y también con Medea, de Lluís Pasqual, que estrenamos muy pronto en el Lliure… ¡Eso sí que es un regalo de la vida! Cada vez que hablamos, me suelta alguna frase que es una verdadera lección de teatro. Por todo esto, quiero decir, la comedia tendrá que esperar un poco, pero un día la habrá, seguro”.

La semana que hablamos con Alberto Conejero, en un lugar muy teatral, la cafetería de Naves del Matadero, al menos cuatro de sus obras estaban vivitas y coleando en algún escenario: la adaptación sobre El amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, en Granada; Los días de la nieve (monólogo sobre Josefina Manresa), en Leganés (Madrid); La piedra oscura, en Lima (Perú), y Troyanas, en Málaga. Y eso que Alberto, al menos hasta hace algún tiempo, supongo que entre viaje y viaje, libro y libro, se prodigaba mucho por las redes… “Ahora, no tanto. Lo importante es preguntarse qué es lo que no estoy haciendo cuando estoy en ellas. Creo que hay que recuperar la conversación, las tertulias. ¡Reunámonos, dialoguemos los unos con los otros, en el mismo espacio y tiempo, cara a cara, Démonos tiempo, escuchemos las inflexiones de la voz del otro, permitámonos dudar… Las redes sociales pueden llegar a convertirse en una hoguera de soledades...".

Con todo, Alberto Conejero no ha dejado de tener los pies en la tierra y sigue trabajando, constante, humilde y agradecido, para devolver al teatro y a la poesía todo lo que uno y otra le siguen dando día a día.

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