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Alfredo Sanzol (dramaturgo, director de escena y profesor): "Siempre que pierdo el humor me va fatal"

  • El gran momento es el contacto del público con el material que uno hace
  • Cada espectador de teatro lleva dentro de sí a un director de escena

lunes 15 de octubre de 2018, 11:19h
Alfredo Sanzol (dramaturgo, director de escena y profesor): 'Siempre que pierdo el humor me va fatal'
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(Foto: Javier Naval)
El último premio que recibió Alfredo Sanzol (Madrid, 1972), fue el Premio Valle-Inclán de Teatro -el mejor dotado económicamente de los escenarios españoles-, por su puesta en escena de la obra La ternura (2017). Pocos meses antes había obtenido también el Nacional de Literatura 2017, en la modalidad de Literatura Dramática, por su obra La respiración (2016). Ambos los acogió con la misma alegría que serenidad porque sabe muy bien que ningún premio ni galardón podrá dictarle su próxima obra y que, como todas, tendrá que volver a enfrentarse a ella con el mismo vértigo que lo hizo en la primera.

Dramaturgo, director teatral y profesor de Teatro, a sus 46 años no se puede decir de él que ha perdido el tiempo. Menos aún que el tiempo lo haya perdido a él porque no ha parado de recibir reconocimientos y galardones (entre otros, varios Premios Max, el Premio Ceres del Festival de Mérida y el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid).

Además de La ternura y La respiración, llevan su firma, como autor o director teatral, montajes como Luces de bohemia (2018), La valentía (2018), Edipo Rey (2015), La Calma Mágica (2014), Esperando a Godot (2013), Aventura! (2012), La importancia de llamarse Ernesto (2012), Delicadas (2010), Días Estupendos (2010), La Cabeza del Bautista (2009), Sí, pero no lo soy (2008), Risas y Destrucción (2007), Cous-Cous y Churros (2006) y Como los griegos (1999). En todas ellas, de una u otra forma, aparece el sentido del humor, el compromiso con el tiempo que le ha tocado vivir y –desde el punto de vista formal- una permanente búsqueda de nuevas estructuras dramáticas.

Verdades esenciales

Vinculado íntimamente a Navarra, Sanzol se licenció, primero, en Derecho por esa universidad y, después, en Dirección de escena en la RESAD de Madrid. Ha dicho de sí mismo que es un autor cómico con aspiraciones filosóficas, aunque ahora –matiza Sanzol-, “yo no me la tomaría al pie de la letra porque esa frase, aunque iba en serio, también tiene su coña”. Y para desliar la madeja retórica le apuntamos en forma de pregunta que cuáles son esas grandes verdades del hombre a las que ha llegado. Entonces, el dramaturgo se explica profusa y profundamente: “hay verdades esenciales, que tienen que ver con la identidad, con quienes somos, con cómo se estructura el carácter, con cómo se viven los conflictos, con saber qué es la acción, qué es el jugar, que es el proyectar, qué posibilidades tenemos las personas de construir un proyecto de vida… Y todo eso teniendo en cuenta todos los condicionantes personales, sociales, genéticos, etc. Todo eso tiene mucho que ver con la libertad… Son toda una serie de cuestiones que el teatro, a través de sus personajes, tiene la posibilidad de experimentar en las historias que se construyen y, para mí, es esencial que esas preguntas estén a través de la acción y, al mismo tiempo, de la ironía y del humor. Lo mismo, a la vez que están planteando la pregunta, hay personajes que lo que hacen es vivir de una manera que te dices que, por mucho que quieran profundizar en esta pregunta, te encuentras con muros muy gordos que sabes que no vas a poder franquear… El teatro es, para mí, un medio artístico estupendo para plantear estos asuntos”.

¿Te ríes mucho de ti mismo?, le lanzamos así, sin subterfugios ni ambages de ningún tipo. Sanzol, entre risas, nos responde también francamente: “siempre que pierdo el humor me va fatal. Dejo de entender, dejo de ver, me tomo en serio los asuntos del ego… Para el ego todo es muy importante, muy trascendente y eso puede llegar a engañar mucho. Las cosas esenciales -te das cuenta cuando las estás viviendo- pueden vivirse de una manera muy honda, muy profunda, y para nada pesada, pedante ni susceptible”. Y, a renglón seguido, añade que “cuando tenemos esos instantes, que son tan fugaces y tan escasos, en los que notamos que aparece la verdad o cuando tenemos una sensación clara de contacto con ella, enseguida viene la risa. Y es que la risa tiene muchas calidades: hay muchas maneras de reírse, y hay muchas causas por las que te ríes. A veces la risa está asociada a algo muy grueso y vinculada a la parte más chabacana del ser humano, y eso a mí no me interesa demasiado…”. La falta de sentido del humor –le apuntamos-, creemos que debería estar incluida entre las enfermedades más graves de la lista de la Organización Mundial de la Salud (OMS): “Hay enfermedades psicológicas claramente diagnosticadas –enfatiza ahora el dramaturgo madrileño-navarro- que tienen mucho que ver con la falta de sentido del humor”.

Hemos escuchado más de una vez a Sanzol subrayar en público que si no fuese por los estrenos o las publicaciones, los textos nunca dejarían de reescribirse. ¿Hasta qué punto el dramaturgo es obsesivo con su escritura?, le preguntamos: “en cierto modo, esa obsesión, llevada al último extremo, puede llegar a paralizarte. Creo que el contacto del público con el material que uno hace es el gran momento. Eso frena, o para, la necesidad de seguir corrigiendo. Es verdad que tiene que haber una fecha límite de entrega de la obra, y ese es un ejercicio muy sano para el autor. Y eso, aunque la fecha de entrega sea amplia (no hay por qué ir tampoco con la lengua fuera). Que las cosas se queden en los cajones y que después se vuelva sobre ellas puede dar lugar a grandes vicios. Mi experiencia personal es que, cuando realmente sé lo que he escrito, es solo cuando eso entra en contacto con el público. En ese momento es cuando más capacitado estoy para hacer correcciones, si quiero. El público se convierte en el otro, que te devuelve lo que has intentado comunicar, y hay veces que te sorprendes de que lo que has intentado, no ha llegado como pretendías, sino de otra manera… Ahí entra en juego también la aceptación de que uno no puede controlar cien por cien la forma y el mensaje de su producción”.

Sanzol insiste de nuevo al afirmar que “el teatro es un arte que se crea delante de quien lo recibe”. Si lo escrito no llega a representarse –le decimos-, a la escritura dramática le falta algo, y él se reafirma diciendo que “es interesante su lectura, pero el propio lector genera una serie de imágenes que tiene que completar lo que le falta a la literatura dramática porque esta se hace para subirla al escenario”. O sea –le decimos- que cada espectador lleva dentro un director de escena como los aficionados al fútbol llevan un entrenador dentro de sí: “¡totalmente! –nos responde-. A mí eso me alucina, me encanta. Que se cree el espectáculo cada día con el público, y que cada día sea diferente, porque la vida de los actores cambia, y las condiciones sociales también, y los días pasan, y los espectáculos varían. No hay ninguna función que sea igual a la otra, y ¡eso engancha mucho!”.

“La vida va de otra cosa. A lo mejor el juego es más con uno mismo…”

En el fondo, la obra de Alfredo Sanzol es enormemente vitalista. En La valentía, o en La ternura, por ejemplo, sus protagonistas juegan en un tablero en donde cada cual trata de ganar como sea. No sé muy bien si uno saca mayor partido de la vida intentando ganar o, simplemente, saboreando la posibilidad de jugar. “Es verdad –nos responde Sanzol-. Yo no sé de dónde sale esa tendencia del ser humano, ese afán, pero es cierto… Yo creo que la vida va de otra cosa. A lo mejor el juego es más con uno mismo”. Lo malo –le decimos- es que, a veces, uno tarda mucho en descubrirlo y, cuando lo hace, es ya demasiado tarde. “Eso ya no tiene solución, es verdad”, asevera entre risas y eso nos conduce a plantearle una antigua duda personal: ¿Por qué en este país, aquí y ahora, el humor, la comedia, es vista como teatro de segunda clase frente al drama o la tragedia? “Yo también pensaba que era en este país, pero no, es en todos los países. Todos los artistas que trabajan con el humor se quejan de lo mismo. Yo creo que es porque, desde Platón, hay una tradición occidental en la que la sátira, el humor, lo cómico, comenzó a ponerse en un segundo plano y ahí se ha quedado. Y eso a pesar de la importancia que tiene. Solo a partir del siglo XX ha habido un gran cambio, con la irrupción del arte pop, que ha metido a saco un gran revulsivo en el campo del arte, porque con él ha entrado el humor en las artes plásticas, en la música, en el cine y en el teatro… El mero hecho de que a uno de nuestros más significados directores de cine, Pedro Almodóvar, se le conociese internacionalmente a través de una comedia, Mujeres al borde de un ataque de nervios, es muy significativo. Y, aunque el problema se ha reducido mucho a lo largo del siglo XX, aún sigue existiendo. El reconocimiento oficial de las obras (novelas, películas, comedias…), o del humor, por decirlo de modo más general, es siempre mucho más complicado. Por ejemplo, que Eduardo Mendoza recibiese el premio Cervantes es algo que está muy bien, pero no es normal... Por cierto, que leí una entrevista con él y refería una anécdota muy graciosa. Decía que le contaba al rey que el próximo libro que estaba escribiendo se titularía El rey recibe, y el monarca le contestó ¿el qué…?’”.

“En la base de la permanencia del teatro a lo largo de siglos y siglos –opina Sanzol- está el gran interés que despierta entre el público aficionado, que, en parte, hace también teatro, y ese hecho es esencial para acabar teniendo un buen teatro profesional. Cuanto más grande es la base de aficionados, y más calidad tiene, mayor calidad tendrá también la base profesional. Otra cosa es que los profesionales del teatro deben tener unas condiciones económicas, que en los últimos años han empeorado muchísimo, a mi juicio, por una sola razón: que los ayuntamientos han cercenado las giras de las compañías al haber reducido drásticamente los presupuestos de Cultura y, por tanto, también, los presupuestos de programación teatral. Eso es lo que más ha dañado a la profesión y ha influido más en su precariedad. Es esencial poder volver a recuperar esos presupuestos anteriores a la crisis para mantener a los profesionales en buenas condiciones, especialmente a los más jóvenes, que les resulta muy difícil entrar en las programaciones y, si lo consiguen, sus cachés son siempre muy bajos. De no ser así, la cantera de la profesión comenzará a buscar otras salidas y entonces acabarán instalándose también en el teatro de forma amateur, lo cual será horrible para la profesión”.

“El pasado está muy bien cuando te sirve de impulso, de trampolín…”

Trasladamos ahora nuestra duda al dramaturgo sobre cuándo le parece que comienza el declive de un autor: ¿en el momento en que deja de divertirle lo que hace, o en el de pensar que ya lo sabe todo? “Para evitar ese declive, es esencial –afirma convencido Sanzol-, olvidarse de lo que ha escrito uno. Cada nueva obra vuelve a ser el kilómetro cero. Si has escrito 200, has escrito 20, o solo una, la siguiente siempre será una nueva, y hay que tomársela de nuevo como si fuera la primera. Y, por otra parte, si tienes 50 años, como si tienes 18, muy bien, pero no puedes ponerte a escribir pensando o dejando de pensar en la experiencia, o en la falta de ella, que tienes. En cada edad, uno cuenta las cosas desde una perspectiva distinta, como es lógico. Y esa perspectiva es la que es; uno no la elige. Ni cuando eres mayor puedes pensar que vas a escribir para contarle a la gente cómo es la vida, ni cuando eres joven debes pensar tampoco que no puedes escribir de nada porque no sabes cómo es la vida. Ambas cosas paralizan”.

Es un lujo hacer lo que te gusta, disfrutar con ello y, además, y por si solo eso fuera poco, que los demás reconozcan la labor del autor a través de la concesión de premios y galardones. “Yo con los premios me siento muy agradecido. Te sientes integrado en el seno de una sociedad (¡que no es poco…!), sientes el apoyo por lo que estás haciendo y, al día siguiente, otra vez a lo tuyo, a seguir escribiendo y –como ya te he dicho-, a volver a comenzar de cero porque, desgraciadamente, los premios no te escriben las obras… El pasado está muy bien cuando te sirve de impulso, de trampolín, de diversión. Pero cuando se convierte en una especie de losa, o de precio que hay que pagar, ahí se termina todo…”.

Para Sanzol, como para Beckett, la forma es el contenido y el contenido es la forma: “ese es un misterio porque racionalmente podemos hacer la división, pero experiencialmente no. La experiencia no puede distinguir entre forma y contenido. A toro pasado, claro que podemos hacerlo, sentados ante un texto, analizándolo con la cabeza muy fría. Pero cuando está pasando, cuando la recepción de la obra de arte está introduciéndose en nuestro imaginario, en nuestro cuerpo, a través de nuestros sentidos, nadie distingue ni formas ni contenidos. Simplemente se percibe que ahí pasa algo que nos penetra… Ese ejercicio de separación de forma y contenido puede ser interesante, ya pasado un tiempo y si quieres entretenerte en algo que te interesa para ver cómo se ha construido. Pero cuando estás escribiendo, o cuando estás actuando, no hay distinción posible”. Ahora bien, con esta especie de ejercicios académicos pueden llegar a descubrirse cosas tan interesantes como que un autor puede estar claramente influido por otro que lo mismo ni ha leído siquiera: “no siempre las influencias las recibimos directamente. A veces se producen extrañas carambolas porque puede haber varios escritores que se han influido entre sí, y a nosotros nos ha podido llegar esa influencia a través del tercer o cuarto rebote… Todo eso es muy curioso”.

Y si, como autor, el pasado no le interesa nada a Sanzol, querríamos conocer ahora su relación como persona con el presente y con el futuro: “lo que hay es lo que hacemos tú y yo, aquí y ahora –nos replica después de pensarlo unos instantes-. Luego, es cierto, piensas también en los proyectos de futuras obras… ¡Proyectar está muy bien! Crear los proyectos, fijarse objetivos y que eso te determine a la hora de tomar unas u otras decisiones, para mí está genial, pero también hay que mirar de vez en cuando hacia atrás. Si has tenido diez experiencias parecidas, y haces una especie de estadística sobre lo que puede pasar en las mismas circunstancias, eso también ayuda en la vida... Y también en el arte, porque creo que hay algo en la carpintería de las obras en donde la experiencia también te ayuda. A veces ves que cada vez que comienzas las cosas de una forma determinada, luego te va bien porque te abre estas posibilidades. Entonces te dices que por qué no vas a tirar por ahí. Aunque también, si tienes más tiempo, puedes probar a hacerlo de otro modo y eso te abre nuevos caminos, desde luego...".

La conversación con el dramaturgo madrileño-navarro toca necesariamente a su fin. Después del éxito cosechado por La ternura en el Teatro de La Abadía en la temporada 16/17, su posterior gira por otros muchos teatros de España, ahora vuelve a las tablas del Teatro Infanta Isabel de la capital. Es en el mismo teatro donde me ha citado el autor y director de escena. Nuestra charla tiene lugar en el Ambigú, al lado de una ventana que da a la calle Barquillo, todavía con luz en este último y desesperado tirón del verano. El reestreno iba a producirse poco más de una hora después de celebrada esta entrevista y, sin embargo, y a pesar de los constantes sonidos intermitentes de ráfagas de música, de voces de los actores calentando para entrar muy pronto en escena, del trasiego de parte de los equipos técnico y artístico a nuestro alrededor, Sanzol no ha perdido un instante su concentración, no ha tenido que retomar ni una sola vez su discurso. Y -más difícil todavía-, no ha dejado de hacer gala de su extraordinario sentido del humor y eso que el día anterior había cumplido su 46º aniversario. Eso se llama saber exprimir la vida.

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