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María Velasco (dramaturga): "Desconfiaría mucho de mí misma si gustase a todo el mundo"

> "Me gusta la gente que trata de dilatar, de ir más allá del pensamiento dicotómico…"
> "El sexo está encima de los hombros, y no entre las piernas"

jueves 03 de mayo de 2018, 13:58h
María Velasco (dramaturga): 'Desconfiaría mucho de mí misma si gustase a todo el mundo'
(Foto: María Velasco )
Define el teatro como un encuentro catastrófico con el otro y, en todo caso, lo percibe más como metáfora visible que como conflicto. María Velasco (Burgos, 1984) es una dramaturga culta, seria y rigurosa, aunque su obra está atravesada por un fino sentido del humor. Eso sí, humor negro, el único posible en nuestros días. Ha escrito todo tipo de obras (infantiles, teatro para adolescentes, adaptaciones de clásicos...), pero sus seguidores -que cada vez son más legión, aunque ella no quiera verlo así- la vinculan mucho más con la autoficción o con las dramaturgias íntimas.

María ha aprovechado muy bien su tiempo y se ha formado en todo tipo de disciplinas relacionadas con las Humanidades. Es doctora en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid, pero, desmitificadora como es de todo saber, ella misma habla de su carrera como la Trivial pursuit, porque “uno picotea de aquí y de allá, hace lecturas sin un hilo de continuidad, y luego acabar dándole una forma o una coherencia depende ya de tu vida fuera de la universidad… Antes pensaba que las carreras de ciencias eran muy distintas a las de letras, pero, ahora que tengo un amigo que ha hecho el MIR, me doy cuenta de que en ambos casos hay que hacer un cuestionamiento de todo o casi todo lo aprendido. En su caso puede ser la medicina natural o la homeopatía, y en el mío fue ‘sacar los pies del tiesto’ para estudiar el cine europeo que no me enseñaban en la facultad”. De ahí surgió Cine drogado (Ed. Amargord), su primer libro, que nada tenía que ver con el teatro, sino que trataba de establecer las posibles vinculaciones entre cine y drogas. “Ahí acabó mi relación con el cine, que ahora estoy intentando volver a recuperar para mi creación dramática, aunque me nutro de un cine que no es el que está en las salas de exhibición…”.

Pero María es también graduada en Dramaturgia en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD); máster en Práctica Escénica y Cultura Visual; titulada también en Guión de cine, y ha estudiado Filosofía y Arte. Entre sus maestros de teatro, María cita a José Sanchís Sinisterra, José Antonio Sánchez, Carlos Marquerie o Enzo Cormann... Y entre sus referentes esenciales en el arte dramático, María reconoce a otras dos mujeres: Claudia Faci y a Angélica Lidell. A pesar de su juventud, Velasco ha publicado ya 14 textos dramáticos, que han podido verse en diversos escenarios desde hace una década. Suyos son, entre otros, Günter, un destripador en Viena, Líbrate de las cosas hermosas que te deseo, Lorca al vacío, Si en el árbol un burka, Manlet, La soledad del paseador de perros, o su último estreno, Escenas de caza.

Espectadora habitual de danza, las poéticas del cuerpo le suscitan verdadera admiración porque “siempre he sido una patosa para la danza”. Aun así -o quizás por eso mismo…-, ha hecho cursos de danza, ya con la treintena cumplida, “porque necesitaba entender la escena desde otro lugar”, hasta concluir que la cosa no va de hacer el pino puente sino de “saber buscar la potencialidad de tu cuerpo”.

Velasco es también profesora. Da clases de teatro dos días por semana en la ESAD de Valladolid y, como todo lo que hace, se lo toma muy en serio y, si un solo día no consigue captar la atención de sus alumnos, se enfada consigo misma por no haber sabido hacerlo. No quiere convertirse en una “profesora triste (como muchos de los profesores que yo misma he tenido), porque eso significaría que haría muy mal mi trabajo docente”. Y ahora lleva también entre manos un encargo para el Teatro Calderón de Valladolid, La Nave, un proyecto orientado a jóvenes entre 15 y 26 años, amateurs del teatro, en el que “cada uno aporta lo que puede y juntos acabaremos haciendo una pieza escénica interesante. ¡Esta gente me carga las pilas!”.

“…hacer física una idea, y confrontarse con el otro”

“Necesidad de escribir ha habido siempre, lo que pasa es que ahora se da más visibilidad a esa necesidad. Me alegra mucho que, de nuevo, haya espacio para la poesía. Vuelven a hacerse recitales, aunque sea con otros nombres (jam session), pero el caso es que la poesía vuelve a tener notoriedad. Siempre ha habido poetas, aunque hasta ahora estaban en las catacumbas”. Así comienza una larga conversación con María Velasco que mantuvimos una buena mañana, a punto de dejar paso a la primavera, recién abierto el Café Barbieri de Madrid, un café lleno de historia literaria en el que habrá que incluir también, y desde ya mismo, el nombre de esta tan joven como intensa dramaturga.

Una dramaturga que no ha dejado de escribir nunca. Antes, poesía y narrativa buscando “ser un médico para ti misma, para la realidad”, pero más tarde, y como en Burgos había poco reducto para buscar una salida en lo artístico, al menos sí una Escuela de Teatro, “entré allí y muy pronto descubrí el placer de que esos textos, más allá de tener un lector, tuvieran también un actor que peleara con ellos, casi más que a nivel de autoría”. Esa es la parte más emocionante del teatro, le decimos, y María rápidamente asiente: “Sí, es la emoción de advertir por instantes como se hace física una idea, y como puede confrontarse con el otro, desde el actor al director o al público… Mi definición favorita del teatro, frente al conflicto, que no me gusta nada, es la del encuentro catastrófico con el otro, que dice Jean Pierre Sarrazac. Eso es lo que yo siento con el teatro, un encuentro catastrófico entre la palabra y la fisicidad, catastrófico con el actor, que muchas veces no habla como tú (tiene otra lengua, aun compartiendo la misma lengua materna…)”.

El hecho de que el dramaturgo escriba ahora de una forma más colaborativa tanto con el director de escena como del actor -comentamos a María-, ¿no encierra, en cierto modo, el peligro de una pérdida de identidad en la autoría, que también podrían reivindicar el director y el actor? María nos replica que “por una parte está el vicio de la escritura en soledad, a la que yo no pienso renunciar nunca, y, por otra, lo que yo llamo la ‘dramaturgia escénica’, que sí que me parecería un error construirla en solitario, en un escritorio”. Pero Lope o Valle-Inclán, por ejemplo, no recurrieron jamás -al menos que sepamos- a esta dramaturgia escénica, y no por ello sus escritos teatrales son menos geniales… Yo no he conocido sus montajes obviamente -nos dice-, he conocido las obras, y las obras siempre las encierran los libros. Yo también he tenido la fortuna de publicar muchos textos -14 tengo hasta ahora- y siempre siento, por una parte, que todo está ahí, bien atado, pero, por otra, me recorre una angustia por el hecho de haber tenido que poner el punto y final, por lo menos en cada una de esas ediciones… Creo que sería de esas personas que seguiría la idea de Cortázar de hacer una obra sin principio ni fin. Seguiría reescribiendo ininterrumpidamente…”. Y seguimos tirando del hilo del ego, y del alter ego, y planteamos ahora a la dramaturga ese derecho incuestionable de las generaciones futuras de partir de algún texto escrito para construirse su propia ficción sobre obra y autor, a lo que María nos responde que “yo no puedo pensar en lo que van a decir de mí dentro de cien o doscientos años. Además, generalmente, me parece que si uno se preocupa por lo que van a pensar de él, se convierte en un mercenario de otra cosa que no es el arte”.

“Hablo desde el yo para encontrar lo que nos une”

La autoficción ¿está a medio camino entre el realismo y la verdad?, planteamos ahora a María, y esta nos responde que “yo necesito partir de mi subjetividad y esa me parece la forma más humilde de expresarse. Creo que a veces la escritura en tercera persona, o esa cosa dialéctica del teatro, en donde puede pensarse que no hay un punto de vista, al final lo que hace es darte un mensaje autogenerado, en donde no se ve la ideología del autor, y, sin embargo, ahí está. Para mí, entonces, la subjetividad es una manera humilde de hablar. Nunca la he entendido como algo onanístico, como una forma de mirarse al ombligo como piensan algunos críticos. Empezar diciendo ‘yo…’, es una manera de admitir que ahí hay un mundo posible que he imaginado...".

Algo parecido decía el periodista polaco Ryszard Kapuscinski cuando afirmaba que «Dentro de una gota hay un universo entero». María suscribe también ese punto de vista porque “yo no hablo de lo anecdótico sino para trascender la anécdota, hablo desde el yo para encontrar lo que nos une. Pero, además, yo siempre he pensado que la política debería hacerse así. No sé si tenemos capacidad de poner las cosas patas arriba, de organizar una revuelta… Creo más en el cambio íntimo, creo en la revolución íntima, en vivir de otra manera, en llevar todo eso a mi vida individual… He tenido algún intento fallido de trasladar estas ideas en ámbitos asamblearios, pero en mi caso, ese intento ha sido tan fallido como querer escribir, o hacer un teatro para todo el mundo. Eso no tiene sentido… Desconfiaría mucho de mí misma si gustase a todo el mundo”.

Los escritores a los que más ha admirado María, “incluso a los que siempre he buscado para tomarme un café, han sido así permanentemente. Tuve la suerte de conocer hace unos años a Juan Goytisolo, en Tánger -lugar donde se desplazaba cada verano desde Marrakech-, y él tenía muy claro esto… Para mí fue doloroso verle claudicar recogiendo el Premio Cervantes por cuestiones económicas, porque yo sabía lo que sentía hacia los premios. Pero es que, con ese galardón, estaba pagando la carrera a tres ahijados suyos… Sé que, para él, fue una claudicación tener que ponerse un traje, y viajar, cuando ya se cansaba con cualquier mínimo esfuerzo”. Entonces -le decimos- ¿tú renunciarías, por cuestión de principios, a cualquier premio? “No -responde Velasco-. Lo he pensado alguna vez porque, incluso, he visto a amigos dando la mano a los Reyes, y me he planteado cómo me vería yo en esa situación, y realmente me encontraría profundamente incómoda. No lo sentiría como un honor, sino como una resignación".

Está claro que ese probablemente doloroso cambio de postura de Goytisolo, afectó íntimamente a María Velasco, hasta el punto de que todavía se emociona ostensiblemente cuando habla de él. “En su muerte, la prensa amarillista, indecente, se ensañó con él. Hubo gente que escribió cosas cuando desconocía absolutamente su obra, que es lo que, al final, importa. A mí, desde luego, me abrió un mundo nuevo. Él decía que se llegó a conocer mucho a sí mismo. Desde esa familia en la que se crió en mitad de la Guerra Civil, en el País Vasco y en Cataluña, atravesado por todo eso que es España… Y lo hizo a través de la búsqueda sexual y de la búsqueda en la escritura… A mí me gusta muchísimo eso que dice Deleuze sobre Proust, de que ‘el deber del escritor es el de encontrar una lengua propia dentro de la lengua materna’. Creo que Goytisolo lo hizo, y en eso me identifico totalmente con él. También con todas sus contradicciones, con esa necesidad de bajarse al moro…”. Entonces, ponemos entre la espada y la pared a la joven dramaturga, y le pedimos que piense si ella recogería, por ejemplo, el Nacional de Literatura Dramática y, sincera y dolorosamente, afirma que “me costaría mucho, me sentiría una traidora, pensaría en él…”, nos dice con una sonrisa teñida de cierta amargura.

¿Estarías dispuesta a renunciar a tu poética por algo?, seguimos preguntando a Velasco. “Tengo amigos -responde- que, de pronto, han traducido un musical que no les interesaba nada, exclusivamente por dinero, para luego poder autoproducir. A eso yo lo llamaría prostitución. Y te lo digo tal cual porque lo he hecho en trabajos de mierda… Supongo que con el lenguaje me dolería más porque es algo que respeto mucho. Quizás preferiría volver a estar detrás de una barra, no lo sé… Pero si me ponen una bolsa de dinero, y tengo un proyecto que quiero autoproducir, quizás sí, estaría dispuesta a prostituirme”.

“Escribir es un atletismo”

La última dramaturgia de Velasco que ha subido a un escenario ha sido Escenas de caza, en montaje dirigido por Alberto Velasco (¡Danzad malditos!), obra inspirada en el famoso film de Peter Fleischmann, Escenas de caza en la Baja Baviera (1969), en donde se narra un conflicto de identidad sexual de un joven, y la no aceptación por parte de su grupo de referencia, esta vez adaptado a la realidad española. Su recibimiento -al menos por parte de la crítica- ha sido muy desigual. María no suele leer lo que se dice (“hay gente que puede pensar que vivo en una especie de bunker, y es así…”), pero no teme a las reacciones negativas porque -ya lo dijo antes- no quiere convertirse en “una mercenaria al servicio de…”. Y amplifica su postura diciéndonos que “soy una lectora habitual de filosofía y me da pena ver los límites de la crítica de nuestros días. No por mí, sino por miedo de que el decoro de algunos, o su campo de referencia, se convierta en un obstáculo para la creación. La primera crítica sobre este montaje que me mandó Alberto era completamente depredadora hacia el texto. A mí, como escritora, me daría mucha pena escribir sobre cosas que no me gustan. Recuerdo que una vez me ofrecieron hacer un libro sobre Alejandro Amenábar, -y no es que yo tenga desprecio alguno por su obra-, pero no me gusta lo suficiente. Como escribir es un atletismo, yo no quiero hacer ese esfuerzo con algo que no me gusta. Lo haría con alguien que odio. Así sí (sonrisas), pero, afortunada o desgraciadamente, no es mi motor… Y cuando leí esa crítica, vi un poco los perfiles de su autor y, de pronto, pude saber que le encantaba Operación Triunfo y cosas parecidas y eso me dio la clave de todo. Me acordé de una cita que me llena de ternura, de Lawrence, al que en su época acusaron de pornógrafo, etc. Él decía algo así: ‘yo me siento una jirafa y sobre mí escriben perritos cariñosos y bien educados, y ese no es el animal que soy’. Yo quiero ser querida, y mientras haya dos, tres espectadores en mis montajes, seguiré teniendo esa sensación. No aspiro a la popularidad, sino a ser querida”.

Al menos, en estos tiempos de precariedad económica para el teatro, hay una cosa irrefutable: como el fracaso económico está prácticamente asegurado, hágase lo que se haga, al menos, haz lo que te pida el cuerpo. Y algo parecido, nos confiesa María que dice ella a sus alumnos de la ESAD en Valladolid: “¡Chicos! No olvidéis que estamos en algo minoritario, en un campo en donde la inyección económica pública es mínima, y eso cuando llega…-, así es que tenemos el fracaso asegurado, y eso nos da una libertad inmensa…”. Y añade después, citando al Quijote de Cervantes, que, ‘la gloria está en el intento’ y de paso les recuerda que “no olvidéis que Cervantes fue un hombre fracasado, que escribió un texto multiforme, una novela que no se sabía muy bien lo que era (una mezcla de géneros, un cosmos muy grande…), pero de la que se sigue hablando varios siglos después como la obra maestra de la narrativa en español”. Y yendo ahora de la novela al teatro, la burgalesa recuerda también a sus alumnos que “en el teatro hay distintas sensibilidades y por eso no he creído nunca en las metatramas. Lo importante es casi todo lo circunstancial, lo accesorio, lo que ‘rodea a’…”.

“No hay que poner vallas al monte -asegura-. Los montajes tienen en sí mismos una especie de vida orgánica, y si una obra funciona (sin olvidarnos de que el teatro nunca va a llegar a la inmensa mayoría), hay que dejarle seguir porque eso es un verdadero milagro”.

“Pero, ¡Cómo voy a llorar yo, cómo voy a ser victimista, que es algo muy extendido en el mundo del teatro, si los autores que más me han apasionado, como Bernard Marie Koltès, estrenaba obras con tres espectadores…! Yo no puedo, no tengo derecho a llorar si tengo el teatro lleno y tengo alguna reacción buena”.

Y, poniéndose ahora al otro lado, como espectadora, María huye también de las mayorías al afirmar que “las obras que más me han interesado este año, aunque no puedo afirmarlo rotundamente, pero creo que no han tenido ni crítica. Un ejemplo sería Ningún lugar, de Orquestina de Pigmeos, Nilo Gallego y Chus Domínguez, con la colaboración de Jonas Mekas, estrenada el pasado mes de septiembre en las naves de Matadero.

“Estaría dispuesta a prostituirme por una buena causa”

Como ya estamos prolongando un tanto nuestro encuentro con Velasco, no queremos despedirnos de ella sin conocer su punto de vista en relación a dos o tres temas más. Comenzamos por su relación con los clásicos. “A mí -afirma reflexiva-, me impone mucho respeto reescribir a partir de los clásicos. Lo próximo que tengo entre manos, ya de manera inmediata, es La espuma de los días, de Boris Vian, en donde también asumiré la dirección de escena, obra de la que compré los derechos y me obligo, por contrato, a anunciar ya en el cartel del montaje esa autoría, y eso, codearme con Boris Vian, me da mucho apuro, me da mucho decoro…”.

¿Cuál de estas dos acogidas te resulta más ingrata: Cuando se dice de tu obra que tiene perfección formal pero se recibe con frialdad, o cuando lo que se dice es que hay imperfección en la escritura, pero la acogida entre el público es cálida? “Odio hablar de colectivos -nos contesta-. A veces un mensaje de una persona anónima te llega y te dice como esta obra le ha concernido, le ha tocado íntimamente, y eso compensa todo el esfuerzo previo. En Valladolid, por ejemplo, la acogida de Escenas de caza fue estupenda. Aquel es un público de abono, que no suele saber lo que va a ver y, por tanto, es un público más desprejuiciado… Pero, al mismo tiempo, creo también mucho en la erudición, en la cultura, en la intelectualidad, que siempre supone un esfuerzo. Pero esa crítica yo la tengo que ir a buscar porque no la encuentro en la mayoría de los periódicos”.

Cambiamos de tema otra vez y queremos saber cómo acogió Velasco la creación en Matadero Madrid de este Centro de Artes Vivas, al estilo de los que pueden verse en París o Berlín. Ella nos confiesa que “con verdadero entusiasmo… Hace solo unos días, por ejemplo, estuve allí y vi una propuesta que me nutrió. Aunque yo no trabaje en este ámbito, me parece que en la anterior estructura de Naves del Matadero, propuestas como la que pude ver no tenían cabida porque se valoraba mucho un teatro mimético y dramático… Muchas veces la palabra performance se utiliza de forma muy gratuita y eso es un ultraje para la teoría del arte, porque el concepto no es algo nuevo, viene ya desde los años 60 del siglo pasado (Marina Abramovic, por ejemplo, es como la abuela de la performance)”. Entonces, preguntamos a María si ella considera que un espectáculo como ¡Danzad malditos!, habría tenido cabida en este nuevo Espacio de Artes Vivas, y ella afirma contundente que “no. Aquí hay una historia, hay un dramatismo en escena, hay un mínimo conflicto, aunque esté diluido, y, para mí, eso es teatro, aunque algunos no lo reconozcan como tal”.

¿Formas parte de eso que ha dado en llamarse contracultura?, le lanzamos así, de sopetón, y María, siempre rápida y reflexiva, nos responde que “hoy se lleva mucho esto de desaprender lo aprendido, que seas muy libre y dejes todo lo que conoces en el acto creativo, aunque claro, para eso hay que tener algo que olvidar, o algo que dejar aparte -apunta irónica…-. No lo sé, porque a mí la contracultura me inspira mucho respeto. Creo que rompió con barreras muy fuertes. Creo también que ahora tengo un pequeño espacio de confort donde ser contracultural… Sé que los escritores y escritoras que amo, y con los que trabajo y que intento meter de soslayo en la academia, como de contrabando, sí que están en la contracultura. Ellos, para mí, trabajan por expandir, por dilatar los imaginarios que cada vez hacen que sean más chicos… Siempre estamos definiendo qué es teatro, qué no es teatro, qué género tiene esto… A mí, curiosamente, me gusta la gente que trata de dilatar, de ir más allá del pensamiento dicotómico…”.

Y, al fin, planteo a María que me resuma su postura frente al feminismo. Lo hace: a ella no le gusta hablar de feminismo, sino de transfeminismo, porque “intento no conceder importancia al sexo biológico, que es algo que está muy implantado. Para mí, el sexo está encima de los hombros, y no entre las piernas. Y, desde luego, no creo que dependa, ni mucho menos, de un sufijo. El lenguaje genera realidad pero no va a ser tan nimio como un sufijo…”.

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