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San Isidro: el mejor Juli corta una oreja a un gran toro de Alcurrucén

jueves 24 de mayo de 2018, 23:16h
A tal señor, tal honor. En una de sus mejores tardes en esa plaza que tanto le exige, con razón, El Juli bordó el toreo moderno con ‘Licenciado’, un gran toro de Alcurrucén, que no merecía el feo espadazo de muerte, a la vez responsable de que el coletudo sólo echara una oreja en su esportón. Dicho lo cual, hay que criticar duramente que el resto del mano a mano fuera un fiasco por la pésima presencia y escaso juego de los flojísimos bureles elegidos para el mismo. Una vergüenza y una tomadura de pelo, que no permitió más lucimiento al propio Julián ni a Ginés Marín.

Un mano a mano forzado porque no había rivalidad alguna entre los dos teóricos competidores, El Juli y Ginés Marín, pero que si despertó enorme expectación por el teórico enfrentamiento entre el mandamás en la Fiesta las dos últimas décadas y el chaval nuevo que reventó Madrid el año pasado en San Isidro. Un mano a mano que se recordará porque El Juli se licenció en Las Ventas ante ‘Licenciado’, porque es una de las escasas veces en su carrera en que el coletudo dio la talla y se olvidó de muchos de los desafueros que caracterizan su toreo.

El madrileño vio pronto que el ‘alcurrucén’, justo de trapío y sólo cumplidor en varas –o sea el toro también moderno- , se adornaba con su máxima boyantía. Pero había que responder a ella con el buen toreo, y Julián no tardó, porque se dobló por bajo con el burel en bellos muletazos, para que viera Licenciado quién mandaba allí. Látigo y caricia que siguió con dos artísticas trincherillas y el del desprecio.

Después se lo llevo a los medios y se lució en varias tandas largas de seis redondos profundos como la mar océano, siempre con temple y ligazón, pero no siempre con la suerte cargada. La muleta a rastras embebiendo el celo de ‘Licenciado’, como cascabeleó al natural, aunque bajó algo el nivel, excepto en uno larguísimo y bellísimo. Pero El Juli volvió a los redondos cincelando otras dos extraordinarias series ya menos perfilero, e incluso no se arredró al sufrir un achuchón y sin mover los pies se inventó un cambio de mano mágico y magistral con el animal enroscado a su cintura en 360ª, Los tendidos en pie rugían y más lo hicieron con la variedad de pases con que cerró al toro para despenarlo. Pero, mira por donde, el truco del ‘julipié’ –sí, taparle la visión al toro con la pañosa y saltar por encima- no le salió y la media estocada quedó ´defectuosa y necesitó del refrendo de un golpe de verduguillo. Lo que no impidió que afloraran pañuelos de forma mayoritaria para premiar una de las mejores, quizás la más rotunda faena del madrileño en Las Ventas. Por una vez El Juli no abusó de sus trucos como el perfilerismo en el cite, las ventajas en el embroque, la suerte descargada y retorcerse de manera tan gimnástica como fea. Eso sí, como una venganza del destino, su truco favorito, el julipié le falló cuando más lo necesitaba. Tampoco le salió en el primero, un Victoriano del Río mal presentado y flojo, al que le robó algunos pases de cierto relieve, a mitad del camino del truquismo y de lo ue luego haría con Licenciado. Otra venganza del destino fue que el quinto de la tarde, de otra de sus ganaderías favoritas, Domingo Hernández, con el que El Juli esperaba sumar otro trofeo –o los dos- y abrir la Puerta Grande, fue otra birria de presencia y fuerza que hasta se descoordinó al final de la nula, por imposible, labor muleteril y le birló la opción de salir a hombros. Al menos el que abrió el mano a mano, de Victoriano del Río, pobre de presencia, permitió al madrileño y al extremeño el único momento en que compitieron con el percal. El Juli brilló con verónicas ortodoxas de recibo y unas tijerillas en el quite; luego fue el turno de Marín con unas gaoneras, al que respondió Julián con tres magníficas chicuelinas de manos bajas y una media abelmontada. Y ahí en este primer tercio se dejó la vida el toro que después sólo permitió a su matador algún pase suelto con cierta ortodoxia.

Testigo de todo fue Ginés Marín, al que, cosas de la vida –o no- le eligieron el único burel con trapío de Madrid, el que cerró función, un cuajado y serio Victoriano del Río con el que el que se lució fue el picador Agustín Navarro, ya que el animal sólo admitió un par de tandas cortas por ambos pitones y terminó apagándose. El cuarto, de Garcigrande, también sin trapío ni fuerza, se defendía y en un momento cogió al coletudo de manera espectacular aunque sin consecuencias. Tampoco el segundo, otro de Alcurrucén, sin trapío ni fortaleza, tenía nada que ver con el extraordinario ‘Licenciado’ que saldría después y Ginés lo intentó entre caídas del animal Y una observación y recomendación final que caerá en el saco roto del sistema que maneja y manipula la Fiesta: el siguiente mano a mano que sea con toros/toros, a ser posible –seguro que no- no escogidos por los coletudos y/o su poderdantes. Por pedir que no quede.

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