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Al día de hoy

jueves 21 de julio de 2016, 10:14h

Los españoles ven pasar los días del verano sin especial angustia por vivirlos bajo un gobierno en funciones. Quizá gracias al resignado escepticismo de que es mejor un gobierno en funciones que un mal gobierno en plenitud de ejercicio. O quizá porque no tienen puestas grandes ilusiones en el futuro gobierno que va a emanar de las abstenciones y chapuzas en que coinciden por necesidad la terquedad de algunos dirigentes y las consecuencias de un grado de dispersión de las votaciones.

Aquellos que votaron a formaciones distintas a la única con la potencia mínima para encabezar un gobierno se sienten democráticamente frustrados. Quienes votaron al partido mayor saben que este va a actuar condicionado por los pactos parlamentarios precisos para mantener una muy difícil estabilidad. No hay cantos de victoria ni música de réquiem, sino murmullos interrogantes sobre el porvenir y la conciencia de que hemos pasado lo peor de la crisis política en una lancha salvavidas, pero que aún no sentimos la impresión de haber llegado a tierra firme. De esta situación podrían deducirse enseñanzas que probablemente no van a ser tenidas en cuenta en el futuro, como suele suceder en el carrusel reiterativo de la política. Pero a título de fantasía debemos desear que los electores aprendan que las elecciones generales son para elegir gobierno y no para competir por los puestos de clasificación de los partidos como los equipos en la liga de futbol. No se trata de quien sea el campeón por pocos puntos ni de quien descienda a esa segunda división del extraparlamentarismo. Se trata de configurar una base parlamentaria capaz de orientar, sea a izquierda o derecha, un proyecto de gobierno lo más sólido posible.

Aunque el sistema constitucional favorezca al pluralismo, de tal modo que se pierden en la inoperatividad millones de votos, los ciudadanos deben saber que por principio es inútil dar sus votos a fuerzas cuya autolimitación expresa por sí misma que no concurren con aspiraciones de gobierno. También es perder el tiempo votar por simpatía o por indignación a inventos ultraístas, puritanos o extravagantes que juegan al blanco o negro de un progreso o regreso o inmovilismo o cambio y que recurren a “holdings” coyunturales con distintas agrupaciones básicas y que se desangran en polémicas internas por vanidades entre actores secundarios. Hay que saber votar entre quienes se presume que pueden obtener un espacio realista dentro del sistema y una cierta capacidad profesional comprobada para regir las responsabilidades de gobierno de una gran nación europea.

Parecería, dicho esto, que estoy abroncando a los electores antes que a los políticos. Es, simplemente, por el orden cronológico del proceso. Los políticos tienen una responsabilidad previa por su falta de capacidad pedagógica para orientar a los electores. Pero, además, han cometido el error de personalizar excesivamente las opciones en torno a unos supuestos líderes y unos evanescentes programas. El hecho de que un cabeza de lista al Congreso por la lista de Madrid suponga, por sí solo, la garantía de un gobierno incógnito que se constituirá una vez investido presidente el hipotético líder y que aplicará un programa variable, como consecuencia de los pactos que el notable personaje haya tenido que establecer para apuntalar su primacía, deja a los electores demasiado lejos del futuro gobierno. Como mínimo, sería exigible que los aspirantes con probabilidades presidenciales diesen a conocer con quienes y para qué constituirían su equipo de gobierno, con lo cual los electores sabrían a qué atenerse y no solo con la simple exhibición de opiniones individuales del presunto presidenciable.

Estas consideraciones no tienen relación con lo sucedido “al día de hoy” para constituir las mesas del Congreso y Senado. Dado el carácter pluralista de estas instituciones representativas, su composición heterogénea no es un vicio sino una virtud. Pero un gobierno requiere un criterio colectivo para gestionar los asuntos públicos. Con Ana Pastor y Pío García Escudero al frente de las dos Cámaras legislativas, no se comprende como el patético Pedro Sánchez siga actuando como si fuese capaz de formar un gobierno imposible, soñando con aglomerar hacia un cambio indefinido a todos aquellos que tanto los votos como las negociaciones han ido desplazando del protagonismo político.

Jugar “al día de hoy” al bloqueo sin ninguna certidumbre de cómo actuar mañana es una irresponsabilidad que solo puede interpretarse como consecuencia de un egotismo desquiciado. Sánchez debiera comprender que su terquedad es un corrosivo que está minando el subsuelo de su partido. “Al día de hoy” ya no es tiempo de intercambiar ideas ni de prolongar dudas. No hay otro misterio en los votos prestados que la solvencia del receptor del préstamo. Se presenta la última ocasión para que Pedro Sánchez quede como una persona honorable. Con Rajoy como presidente del gobierno en funciones capaz de instalar como presidenta en propiedad del poder legislativo a su ministra predilecta, Ana Pastor, es la hora de que Sánchez devuelva a los españoles su derecho a saberse gobernados por quienes, por dos veces consecutivas, le han ganado las elecciones sin gran esfuerzo, venciendo las sombras del desgaste y de las imputaciones irresueltas. Cuando no se tiene la menor posibilidad de salirse con la suya lo “decente” es no impedir que otro forme gobierno.

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