Si hace dieciocho meses alguien hubiera aventurado que a estas alturas se estaría hablando de inseguridad alimentaria en nuestro país, este servidor hubiera sido el primero en tildarlo de alarmista, cuando no de profeta del desastre, por lo demás completamente desfasado en medio de una circunstancia muy próxima al realismo mágico tan caro a la novela latinoamericana. Con singular desparpajo, son ahora las propias autoridades estatales quienes sugieren dicha posibilidad asumiendo que la olla se está poniendo medio vacía.
Revise usted cualquiera de mis columnas y no va a encontrar mención alguna a asuntos como la inflación o al que nos ocupa; y no por carencia de criterio propio respecto de los mismos, sino por su alta incidencia en el ánimo expectaticio del ciudadano; creo más prudente informar transparentemente sobre estos temas que opinar mediáticamente con el inevitable sesgo de la subjetividad personal acerca de ellos. Los datos fríos, sin embargo, se pueden condensar en dos enunciados: 1. 11% de inflación acumulada entre octubre de 2006 y octubre de 2007; 2. Ha sido oficialmente admitido el riesgo de incurrir en inseguridad alimentaria. O sea que literalmente la olla está medio vacía: considerando exclusivamente los cinco productos esenciales que componen la alimentación básica del boliviano –que sea poco adecuada es otro tema- el incremento de precios ronda el 30% respecto de enero de 2007 y eso ya se nota en la cacerola y se siente en el estómago.
Quienes han padecido la hiperinflación, inevitablemente visualizan a su fantasma y tiemblan ante la sola idea de que cobre nueva vida con el agravante, esta vez, de venir acompañada –mal acompañada- de crisis de producción de alimentos; mezcla explosiva que, ¡Dios nos libre!, podría acabar en hambruna.
Así de tétrico se pinta el cuadro si no se toman medidas preventivas. La fácil e inmediata: importar, no precisamente caviar ni salmón ahumado, sino arrocito y otros granos en los que éramos autosuficientes. La trabajosa y durable: poner en marcha un plan de reactivación del sector agropecuario. La ministra de Desarrollo Rural y Agropecuario se muestra ostensiblemente partidaria de la primera, en lugar de hacer honor a la naturaleza de su cartera expresada en el mismo nombre de la misma. Siendo que la propia titular del ramo se inclina por la importación de alimentos, este ministerio carece de razón de ser. Dada la opción por el comercio en lugar de la producción, ¿no sería mejor sustituirlo por un ministerio de Seguridad Alimentaria? Espero que esta sugerencia no me traiga un juicio penal.
Hay más manos en el plato. La olla está medio vacía y no faltan funcionarios que pretenden llenarla con lengua (su propia lengua distraccionista) insistiendo en conspiraciones cuya dizque prueba son fotitos de actos públicos. La olla está medio vacía y el Vicepresidente hace público su antojo de morcilla que, como se sabe, se elabora con sangre. Vamos a menos.