En noviembre, la economía de Estados Unidos mostró un desempeño sólido, con un aumento de las ventas minoristas mayor al previsto, impulsado por el repunte en la compra de vehículos y el gasto en bienes discrecionales. Esto refuerza la expectativa de un crecimiento robusto en el cuarto trimestre, tras el fuerte avance del consumo previo. Sin embargo, el dinamismo no fue homogéneo: los hogares de mayores ingresos concentraron gran parte del gasto, mientras que los de menores recursos sufrieron más el encarecimiento de bienes esenciales, especialmente alimentos, en un contexto de aranceles elevados. La desaceleración del mercado laboral profundizó esta brecha y consolidó un patrón de crecimiento desigual.
En paralelo, los precios al productor aumentaron de forma moderada, lo que sugiere que las empresas absorbieron parte del impacto de los aranceles y limitaron mayores presiones inflacionarias. En el plano institucional, crecieron las preocupaciones por las tensiones entre el poder ejecutivo y la autoridad monetaria. Más allá de la independencia formal del banco central, se destaca la importancia de preservar su capacidad técnica y la solidez institucional, ya que el debilitamiento de las agencias especializadas y la concentración de poder político podrían afectar la estabilidad económica y la respuesta ante futuras crisis.