Cuando no se tiene claro el concepto de nación –
“concepto discutido y discutible”- como es el caso del prodigioso
Zapatero, no es fácil mantener relaciones serias con otras naciones que sí lo tienen. España tiene un peso internacional pero su Jefe de Gobierno no está a la altura de España como nación. Tampoco lo está cara al interior cuando busca la colaboración preferente con pequeños partidos que no están interesados en potenciar el concepto global de España.
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Zapatero es capaz de creer que su distanciamiento de Norteamérica es asunto personal de
Bush y no de una nación aliada frente a quién deserta EN una operación militar del compromiso adquirido –sea acertado o erróneo- de forma intempestiva e incitando a otros a seguir el ejemplo. No es asunto personal favorecer los lazos con las naciones que hacen alardes de su animadversión a Estados Unidos en el mismo continente americano. No son asuntos de republicanos o demócratas sino de sentimiento nacional.
Algo parecido sucede con las naciones europeas afectadas por comentarios frívolos sobre su nivel económico. Pero lo curioso es que, hacia nuestro interior, también los “
barones” territoriales le han tomado la horma del zapato. A partir de su implicación directa en un estatuto catalán pactado bilateralmente y no por el cauce parlamentario representativo del conjunto nacional, todos comienzan a sentirse nación a su manera. Por ello los Presupuestos Generales del Estado han bajado al nivel de mercadeo no solo de dinero, sino de competencias y estabilidades compradas por unos votos mínimos adulterados por un
“mandato imperativo” prohibido por la ley de jefecillos locales que no ostentan representación nacional.
Resulta un ejemplo la cesión de las competencias en innovación e investigación al gobierno de
Ibarretxe, pocos meses después de haber creado Zapatero un ministerio con competencia estatal y poner a su frente a la ministra vasca
Garmendia, opuesta a tal dejación y que fue seleccionada, precisamente, para aportar la sensibilidad de su tierra potenciando sus capacidades con la coordinación de medios que da la dimensión nacional. Este prodigio de incoherencia es un síntoma que estimula el desorden en otros campos perdiendo toda visión de unidad de mercado y economía de recursos. No es de extrañar que, en consecuencia los observadores internos y externos no tomen en serio a un presidente especialista en prodigiosos viajes vacíos de ida y vuelta.