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Mister Congeniality

Mister Congeniality

A Barack Hussein Obama le sobra simpatía y los testimonios se amontonan para probarlo. Está, por ejemplo, el de Carlos Fuentes, novelista mexicano, quien encuentra que el Presidente estadounidense representa una política lúcida y modernizante y que “es un político con el porte de Abraham Lincoln y una ligereza al caminar de Fred Astaire”. Y, desde luego, el de Ariel Dorfman, coautor de Cómo leer al Pato Donald, quien considera que Obama es un poeta. Ya sean latinoamericanos, alemanes o egipcios, pueden encontrarse millones, casi en todas partes, que creen y esperan que la seductora retórica de Obama se materialice en modificaciones ciertas de la manera en como se encaran y resuelven los conflictos en el mundo.

Pero, de allá al Premio Nobel de la Paz hay un tramo respetable que ha sido acrobáticamente brincado por los encargados de seleccionar a los ganadores, porque consideran que si bien en los nueve meses que dura la nueva presidencia estadounidense no se encuentran verdaderos ni significativos cambios, sus intenciones merecen ser alentadas de manera tan liberal y arriesgadamente.

¿Cuáles son las chances de que la apuesta del comité premiador sea ganadora? De momento están lejos de ser muy favorables. El Presidente estadounidense ha conquistado su puesto explotando al máximo el sentimiento de reencuentro y unidad norteamericana, resentido tras el prolongado reinado del sectarismo neoconservador. Pero lo que le dio el triunfo viene a ser hoy su cadena y sus grilletes. Se lo puede ver en la política doméstica, donde cada paso le cuesta una enormidad porque su intención de conciliar con la derecha lo inmoviliza. Su reforma de la sanidad avanza tan paulatinamente y con tan grandes concesiones a los republicanos y a la aristocracia conservadora demócrata, que está al borde de resultar frustrada.

El pesado condicionamiento interno genera también un costo cada vez mayor en política externa, limitando crecientemente sus intenciones de cambios en Irak, Afganistán y Pakistán, inmovilizándolo en el conflicto palestino-judío y tiende a empujarlo a retomar la agresividad de su predecesor respecto de Irán. Con esa dinámica es muy poco verdaderamente lo que puede conseguir una premiación, así tenga el sello Nobel. Lo que para nosotros, aquí en el Sur, significa que las originales buenas intenciones declaradas en Trinidad se decoloran demasiado apresuradamente, al ritmo de la permanencia de los golpistas en Honduras y del reforzamiento del enfoque neocon del Departamento de Estado, con sus bases en Colombia y la reiteración de las políticas más duras y agresivas.

La cancelación del delirante escudo antimisiles y la estrategia para limitar el armamentismo nuclear son interesantes pero no parecen alterar, en lo más mínimo, una política hacia nuestro continente que parece guiada con la misma visión con que la fundación Adenauer ha presentado un “índice de desarrollo democrático”, construido con criterios de la Guerra Fría, que ubica a países donde se producen golpes de Estado, o ejecuciones extrajudiciales cotidianas y donde funcionan emporios paramilitares, por encima de todos aquellos donde están en curso procesos de democratización social.

Obama llegó a la Casa Blanca informado de que el tiempo de las decisiones unilaterales y de las imposiciones ha terminado. Con o sin premio, el tiempo corre inclemente, derribando plazos para saber si lo recuerda y si es capaz de traducirlo en hechos y no sólo en magníficas arengas.

* Profesor universitario

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