¿Estamos locos o qué?
La columna de G. Lendoiro: "Traiciones"
lunes 09 de noviembre de 2009, 12:28h
Actualizado: 10 de noviembre de 2009, 19:36h
Hay pueblos que tienen como mayor virtud el honor (y no me refiero a los honores que tienen que ver con la virginidad de las mujeres). Hay sociedades dónde el honor se pierde siendo desleal y deshonesto y practicando una palabra que me ronda desde hace días: la traición. Acudo a la RAE para ser precisa: la traición es la falta que se comete quebrantando la fidelidad o la lealtad que se debe guardar o tener a alguien o algo.
Estos días acudimos atónitos a un espectáculo bochornoso de cierta clase política que mete la mano en la caja y que en el Código Penal se tipifica con diversos nombres; blanqueo de capitales, prevaricación, evasión de impuestos…y muchos nombres más pero que todos encierran el mismo concepto: traición, falta de lealtad, de fidelidad a un compromiso, a una palabra dada.
Si todos los seres humanos fuéramos bondadosos por naturaleza (bondad, qué palabra tan prostituida y desvirtuada, pero que bella) no existirían ni esos ni otros delitos. Pero no voy a hacer un estudio antropológico ni voy a resumir los planteamientos que a lo largo de la historia de la filosofía se han hecho planteándose si el hombre nace corrupto o es la sociedad quien lo corrompe.
No soy demasiado joven ni tampoco mayor, pero el tiempo vivido hasta hoy me ha enseñado ya que de todas las virtudes que alguien pueda tener, la lealtad y la honestidad, cogidas de la mano, son las que hacen felices a los que nos rodean y la falta de ellas hacen, tarde o temprano, desgraciados a quienes las cometen. El Código Penal castiga los delitos públicos. Nada puede hacer con los privados. Pero la vida tiene su propio código particular y hay quién cree a pies juntillas “que el que la hace, tarde o temprano, la paga”
No me quiero referir hoy aquí a nada de la corrupción política porque me aburre este tema. Quiero hablar de la deslealtad entre las personas y me van a disculpar que haga una columna un tanto personal y de toque más íntimo.
He conocido la historia de una persona a la que quiero mucho que está sufriendo en sus carnes una falta de deslealtad de una persona que quería profundamente y sobre la que tenía una confianza. Por supuesto, esta persona es totalmente desconocida y su historia carece del menor interés mediático. Pero lo que sí quiero escribir hoy desde mi particular atalaya es sobre la deslealtad que a todos, por desgracia, nos afecta tantas veces a lo largo de nuestras vidas.
Cuando alguien pone su fe en una persona, sea un amor o sea una amistad, el dolor más profundo es descubrir una mentira rodeada de una traición. No diré que sean daños irreparables porque todo en esta vida, al final, se cura. Pero el alma va acumulando ciertas cicatrices que nunca desaparecen. Estas heridas de guerra dicen, que nos hacen más sabios porque nos aprenden a ser más cautos. Pero, y esta es la parte más negativa, también nos hace menos naturales y espontáneos a la hora de iniciar nuevas relaciones. Y esto me provoca, cuando menos, una pequeña tristeza. Siento envidia de la gente que siempre encuentra a su alrededor personas que no las traicionan. Esas son, de verdad, las personas afortunadas.
Casi todos conocemos cómo nos sentimos al sentirnos engañados: desasosiego, destemplanza, incredulidad, querer saber por qué, rabia, angustia, tristeza. Algunos desean la venganza (poco apropiado), otros, con el tiempo, consiguen perdonar (los grandes de corazón), pero todos al sufrir este agravio nos sentimos heridos y esa herida es muy difícil de perdonar y olvidar.
Les pido disculpas a mis lectores que siempre encuentran en este espacio noticias de actualidad pero hoy necesitaba hablarles de esto porque a veces la frivolidad que empleo para comentar ciertas cosas necesitan dejar un espacio a lo que a todos, irremediablemente, padecemos alguna vez a lo largo de nuestras vidas.
Y acabo con dos mensajes. Uno para la persona traicionada; todo pasa, nada permanece, lo decía Heráclito y los clásicos nunca fallan. Una traición sufrida nos hace sufrir unos días, pero si aprendemos la parte buena de lo malo, creceremos como mejores personas. El otro mensaje es para la persona autora de la traición y la deslealtad: recuerda que la vida pasa siempre factura y que hacer daño gratuito posee un efecto boomerang, algún día, a lo largo de tu vida sufrirás algo similar o de peores dimensiones. Es la justicia natural, la que no completa ningún código escrito pero que está inserto en el ADN del ser humano.
Si has llegado hasta aquí leyendo: gracias. Y si esto te hace reflexionar unos segundos sobre las bondades de la vida, me quedaré contenta. Aún así hay una buena noticia: la mayoría de las personas son gentes buenas y destierran la deslealtad de sus vidas como se huye de la peste.