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Veinte años sin el telón de acero

Europa sin muro

Europa sin muro

lunes 09 de noviembre de 2009, 13:00h
Actualizado: 11 de noviembre de 2009, 08:52h
La ambición y rivalidad de algunos países europeos condujo a Europa a una II Guerra Mundial que causó 60 millones de muertos y la destrucción de una gran parte del continente, que quedó sin comunicaciones, sin infraestructuras, sin industria y con los campos arrasados en los que deambulaban otros tantos millones de mutilados, heridos y desplazados.
A la ocupación soviética del Este de Europa sucedió la Guerra Fría, un telón de acero –iron curtain, en frase de Churchill-, dividió Europa y, años después, en 1961, se construyó un muro de casi 4 metros para separar Berlín. El muro se convirtió en uno de los símbolos de la Guerra Fría, cientos de personas murieron intentado superar la feroz vigilancia de aquel muro hasta que por fin, en plena transformación de la URSS debida a la crisis económica y política de su sistema, los berlineses lo derribaron el 9 de noviembre de 1989, proclamando al mismo tiempo el final de la Guerra Fría y anticipando la definitiva desintegración de la URSS.

    Para entonces la Europa Occidental ya había andado su propio camino en la necesaria construcción de una Unión que evitase sobretodo que otra guerra mundial volviera a destrozar el Continente. Jean Monnet articuló inteligentemente el camino a una integración económica que concluyó en el Mercado Común y aquel esfuerzo colectivo dentro de la filosofía de los pequeños pasos logró efectivamente la maduración de una solidaridad entre los Estados europeos que se fue extendiendo con sucesivas adhesiones, pasando la inicial Europa de los 6 a la actual Europa de los 27.

    La Europa económica que consagró el mercado sin fronteras interiores decidió, antes de que finalizase la Guerra Fría, constituirse en una Europa política y así se logró, si bien con grandes dificultades, gracias al Tratado de la Unión de 1992, comúnmente llamado Tratado de Maastrich, que articuló junto a los logros comunitarios, ampliando el campo de juego de las políticas públicas, dos nuevos escenarios propios de la unión política: la política exterior y de seguridad común y la política de justicia e interior. Cuando estos dos nuevos campos de juego, nacidos dentro de la política intergubernamental, se convirtieran en comunitarios o comunes, la unión política sería una realidad junto a la unión económica que se iría concluyendo y la unión monetaria que finalmente se logró el 1 de enero de 2002, permitiendo a los ciudadanos europeos disponer de una moneda común, convertida asimismo en el más importante instrumento federalizador de Europa.

    Quedaba por cerrar las heridas de la división y en ello el proyecto europeo fue generoso y hábil desde un primer momento, si bien el coste había de ser muy oneroso. Las Comunidades fueron solidarias con la reunificación alemana pero también con la ayuda a los países de la Europa Central y Oriental a través de los acuerdos de primera y segunda generación, que facilitaron la transformación política y económica de aquellos países, que a su vez establecieron sus sistemas democráticos y sus economías de mercado, de tal manera que si hizo posible la realización de los correspondientes tratados de adhesión firmados en 2004 y 2007 y de este modo se logró en gran medida la reunificación de Europa.

    Y justamente al tiempo que se conmemora el 20 aniversario de la caída de Berlín, la Unión Europea se acaba de dotar de un instrumento jurídico y político, el Tratado de Lisboa, que perfecciona notablemente los Tratados anteriores y que le va a permitir actuar con mayor fuerza en el escenario de la globalización. Pero el éxito de este complejo y largo proceso vuelve a estar en función de los resultados. Ya no es posible una guerra en Europa y ahora una Europa políticamente sólida, con la imagen física de un Presidente, podrá tener un protagonismo esencial en el escenario multilateral que se dibuja para el siglo XXI si los líderes de la Unión Europea se lo proponen, participando activamente en el nuevo orden mundial.

La Unión Europea podrá actuar en ese gran problema que es calentamiento global y sus preocupantes consecuencias de las que ahora se ocupará la conferencia de Copenhague, podrá plantearse paralelamente una política energética que le libre de la esclavitud de los suministradores, podrá realizar un acuerdo comercial profundo con EEUU instaurando el Mercado Común Transatlántico y sobretodo podrá articular una política económica global que aminore los efectos de la crisis y defienda a las víctimas de esta crisis, desarrollando políticas de empleo efectivas que posibiliten la disminución de una alta tasa de paro que ante todo representa un fracaso de la Estrategia de Lisboa, convertida en la propia estrategia económica de la Unión.

    El Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama tituló un reciente discurso “Una unión más perfecta”, alusivo al preámbulo de la Constitución de su país “Nosotros, el pueblo de los EEUU, a fin de formar una Unión más perfecta”, incluyendo en él una cita literaria de William Faulkner, extraída de la novela Requiem para una mujer, en la que se decía: “el pasado no está muerto ni enterrado. De hecho, ni siquiera es pasado”. Se trataba de la capacidad del hombre para enfrentar la profunda y oscura interiorización de su naturaleza y destino. Whitman prosigue en otro de sus más conocidos versos: “¡Poetas por venir! / ¡Oradores, cantores, / músicos por venir! / El hoy no me justificará / ni responderá por lo que soy, / sino vosotros, una nueva estirpe,  / nativa, atlética, continental, / más grande que cualquiera conocida. / ¡Despertad, pues / vosotros debéis justificarme!”.
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