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Monopolio

Monopolio

Hace mucho tiempo se ha determinado que los monopolios en la economía son malos. Manejan a su antojo la oferta y los precios, desprecian las regulaciones y castigan a los consumidores que deben adquirir productos y/o servicios caros, que usualmente no tienen control de calidad. Los monopolios benefician a unos pocos de forma grosera. El remedio a esta distorsión del mercado es, por supuesto, la presencia de varios competidores que, al disputarse el mercado, se ven obligados a mejorar su oferta en precio, calidad y atención al cliente. Podríamos decir que el “pluralismo” de oferentes es fundamental para obtener una economía sana.

Esta misma idea se aplica al campo político. El monopolio del poder que detenta una persona o grupo es un fenómeno muy antiguo que, generalmente, deriva en situaciones desagradables y/o terribles para las sociedades que soportan dichos regímenes. Las tiranías son la expresión más cruda del monopolio del poder. Paradójicamente, muchos tiranos alcanzaron el poder gracias al apoyo popular. Grandes figuras políticas que prometieron a sus pueblos prosperidad y gloria fueron seducidas por el poder absoluto y terminaron cometiendo —contra esos mismos pueblos a los que ofrecieron el cielo y la tierra— crímenes horrendos. La democracia pluralista es el mejor antídoto para estas desviaciones políticas.

Hoy, en Latinoamérica, y a pesar de los avances democráticos, todavía es posible constatar la presencia de tiranos o prototiranos que, en nombre del pueblo y con su eventual respaldo, han decidido controlar todos los poderes del Estado con resultados catastróficos.

Tal vez el caso más emblemático es Cuba, controlada hace más de 50 años por una caterva de fulanos que le han condenado a la miseria. Nadie podría dudar del carisma de Fidel Castro, pero tampoco de su incompetencia y mala fe para gobernar durante 47 años la isla. Hoy día y gracias a la “revolución”, Cuba es una pocilga habitada por seres humanos privados de las más elementales libertades democráticas, que viven mal, ya que nunca les dieron la oportunidad de “vivir bien”. Al principio, Fidel tuvo el apoyo entusiasta de su pueblo; luego se las ingenió para controlar todos los mecanismos del poder, de forma de perpetuarse en él. Si todavía la “revolución” sobrevive, es gracias a las dádivas del Gobierno venezolano.

Hugo Chávez ha monopolizado, en un proceso que dura 11 años, el poder del Estado venezolano. Las consecuencias son tangibles y terribles. Venezuela, por la venta de petróleo, ha ingresado, durante el Gobierno de Chávez, más de 800.000 millones de dólares. Cifra astronómica con la que esa república podría ser, hoy mismo, un emporio de prosperidad. Pero no, la megalomanía del teniente coronel ha infligido un serio daño a la infraestructura económica de su país. Escasean la electricidad, el agua y los alimentos. Venezuela, por obra y gracia de su Presidente, se parece cada día más a Cuba. Y la historia se repite: durante un tiempo, Chávez encandiló con su discurso meloso, recibiendo un constante apoyo electoral que le permitió alcanzar el poder absoluto. En la actualidad, ¿de qué le sirve tanto poder, si no puede garantizar mínimas condiciones de vida a su gente?

Al parecer, en Bolivia se pretende repetir el libreto con Evo Morales, cuya victoria electoral en diciembre le ha ensoberbecido. Por eso, nunca más oportunas las palabras de lord Acton: “El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Politólogo y catedrático

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