viernes 20 de mayo de 2011, 18:59h
Actualizado: 22 de mayo de 2011, 19:29h
La campaña acaba con una gran metáfora sobre el sentido último del proceso político que estamos viviendo. Había unanimidad al considerar que estas elecciones locales acabarían siendo un gran plebiscito que, con toda probabilidad, se convertirá el próximo domingo en una inmensa moción de censura a la gestión de Rodríguez Zapatero. Lo que no era previsible es que este colofón electoral del actual Presidente del Gobierno se fuese a saldar con una protesta popular en las calles de toda España.
Zapatero ha gobernado gracias a su gran capacidad para aglutinar en torno a las siglas del PSOE el voto de casi toda la progresía. Los nacionalistas de izquierda catalanes, vascos, gallegos o aragoneses e Izquierda Unida han sido los grandes perjudicados por ese atractivo emocional que tan bien ha sabido administrar el equipo electoral de Ferraz durante varias campañas electorales. Pero lo que ahora ocurre es también consecuencia de esa estrategia de comunicación política. Se antepuso ZP al PSOE, y ese enfoque personalista demostró su eficacia en las urnas. Ahora, cuando la imagen personal de Zapatero se hunde en la valoración ciudadana, los socialistas se encuentran con que sus siglas son arrastradas en el declive de su líder. Han intentado de todas las maneras evitarlo pero no han podido conseguirlo. Forzaron a Zapatero a anunciar su renuncia antes de las elecciones, le pidieron que no hiciese campaña, le rogaron que no pisase el suelo de sus regiones, exigieron que sus ministros se quedasen en sus despachos. Un enorme esfuerzo voluntarista por centrar la campaña en el debate autonómico y local que ahora, en la última semana, una movilización social más o menos espontánea ha dado al traste.
Lo que se está viendo en las plazas de muchas ciudades es el comienzo del debate interno de la izquierda española sobre las secuelas del zapaterismo. Resulta absurdo pensar que la elección entre Rubalcaba y Chacón pueda resolver la profunda herida que los últimos años de gobierno han dejado en el tejido social de nuestro país. La izquierda tendrá que hacer una valoración crítica de su actuación frente a la crisis económica, y tanto los partidos como los sindicatos que la integran tendrán que sacar algunas conclusiones.
Los del 15M no quieren hablar de política municipal, no se quejan de las decisiones tomadas en sus respectivas Comunidades Autónomas, no claman por más parques, carriles-bici o mayores zonas peatonales. De una manera ciertamente confusa los concentrados salen a celebrar el fin del curso político, y lo hacen con una enmienda a la totalidad sobre la situación actual de España. El primer censurado, necesariamente, es quien ha tenido la responsabilidad de gobernar cómodamente a lo largo de los últimos años. La estrategia de comunicación del PSOE se ha derrumbado por la fuerza de las protestas y por su enorme impacto en los medios de comunicación. A partir del lunes los socialistas tendrán que pensar a quien le exigen responsabilidades y, sobre todo, tendrán que comenzar a debatir en qué va a consistir ser de izquierdas en la próxima década.