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Jarrón chino

Jarron chino
Jarron chino (Foto: hrohmann / Pixabay)

Hay unas cuantas frases expresivas sobre el arrinconamiento que, además de condensar la sensación de inutilidad y amargura de quien las pronuncia, delimitan un estadio vital y, de paso, retratan a una sociedad. De ellas, una de las más populares es atribuida a Felipe González y, aunque alude a la utilidad de los presidentes de gobierno, también suele musitarse con una calculada ambigüedad, y no siempre acertadamente, en determinadas circunstancias y momentos.

“Somos –cuentan que dijo- como grandes jarrones chinos en apartamentos pequeños; no se retiran del mobiliario, porque se supone que son valiosos, pero están todo el rato estorbando".

Es cierto que la expresión resulta divertida y que tiene connotaciones entre irónicas y sarcásticas, pero tampoco es preocupante porque, a fin de cuentas, cosas parecidas opinan las naranjas en el exprimidor tras ser estrujadas, los yogures en el frigorífico al ver su fecha de caducidad, y todos aquellos a quienes les ceden el paso en las puertas del ascensor, autobús o inmueble con un “pase usted”... y no se ofenden ni se quejan.

Viendo, pues, que la sociedad da por válida su afirmación en conjunto, queda suficientemente claro que aquí, en España, grandes jarrones chinos pueden ser Suárez, Calvo-Sotelo, González, Aznar, Zapatero (en breve), Rajoy (más adelante) y otras muchas personas más. Por tanto, si alguien le compara a usted con un jarrón chino, porque está arrinconado o de “cuerpo presente”, lo primero que debe hacer es respirar tranquilo porque ya le presuponen un cierto valor, el de antigualla oriental; y, después, dar las gracias a su interlocutor por catalogarle como un objeto de adorno, viejo pero querido; lo cual en estos momentos es un bien testimonial que no debe despreciarse y menos rechazar porque no está al alcance de cualquiera. No es lo mismo que le comparen con un florero.

Lo de inservible es ya más discutible puesto que a lo largo de la historia se comprueba que, por unas razones u otras, piezas así nunca han estorbado. Desde que la cerámica es cerámica, y la más remota del mundo (la llamada pre-Jõmon, aparecida en cuevas de Japón) tiene una antigüedad de casi 10.500 a.C., está probado que tenían y tienen utilidades prácticas y ornamentales.

En cualquier caso, jugar con el tópico es entretenido, siempre y cuando no se olvide que observaciones como esas, sacadas del contexto exacto en que las aplicó González, tienen cierta dosis de superficialidad desde el instante en que los grandes jarrones de porcelana china o los pequeños jarroncitos de Sargadelos, todo depende de los gustos, son piezas ornamentales valiosas por su significado y manufactura, de utilidad contrastada, y a las cuales se mima, se adora y se cuida para que no se rompan. ¿Un estorbo? Depende de cómo se mire y del valor que cada cual otorgue a determinados enseres.

No es lo mismo un jarroncito de porcelana que una cacerola de posadera renegrida por el fuego de la cocina. Por eso existen restauradores y cubos de basura. Antonio Álamo. Periodista.

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