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A contracorriente. Una ráfaga de aire fresco en Cataluña

A contracorriente. Una ráfaga de aire fresco en Cataluña

Es verdad que Artur Mas ha ganado las elecciones en Cataluña, aunque la suya puede ser una victoria pírrica.

Es verdad que el tripartito de izquierdas ha sobrevivido a los despropósitos de su Gobierno y puede seguir intentándolo.

Es verdad que Montilla no llega ni de lejos a la popularidad de Maragall, basada en la heterodoxia del ex presidente.

Es verdad que el relevo de los dirigentes catalanistas del PSC por la nueva generación xarnega no ha movilizado la base obrera del partido.

Es verdad que Esquerra Republicana sigue siendo clave para el Gobierno, al igual que en el conjunto de España lo son los partidos nacionalistas, en vez de un partido de centro moderado, como en otros países.

Es verdad que uno de cada dos catalanes ha preferido quedarse en casa a optar entre semejantes contendientes.

Es verdad que la campaña electoral se ha centrado más en cuestiones identitarias que en el interés de los ciudadanos.

Es verdad que el Estatut que ha de desarrollar el nuevo Gobierno sólo lo aprobó el 40 por ciento de los catalanes.

Es verdad que la campaña ha sido la más agresiva que se recuerda, con agresiones a dirigentes del PP y a Ciudadanos para Cataluña.

Es verdad que el miedo a otra violencia, de okupas y similares, ha supuesto la suspensión de un congreso europeo de la vivienda y una manifa de estudiantes.

Es verdad que nadie ha hablado de la famosa corrupción del 3%, de las cartas de extorsión de ERC, o de los 7 millones condonados por La Caixa al PSC.

Es verdad que una prensa monocorde ha silenciado, entre otras cosas, al naciente partido de Albert Rivera, que ha obtenido representación parlamentaria.

Este último hecho, el que por primera vez un partido realmente bilingüe llegue al Parlament, trae una auténtica ráfaga de aire fresco a Cataluña. Que uno recuerde, desde la intervención de un diputado andalucista llamado Hidalgo, en 1981, no ha vuelto a hablarse en castellano en el Parc de la Ciutadella. Entonces, como protesta, un parlamentario de ERC abandonó ruidosamente la sala.

En 25 años, una de las dos lenguas oficiales de Cataluña ha sido proscrita, de hecho, del uso político. Portavoces del PP, como Jorge Fernández Díaz, o del PSC, como Eduardo Martín Toval, hubieron de expresarse en un deficiente catalán para no hacerlo en español.

Convertir pues en normal lo que en la calle es normal es la primera tarea del movimiento ciudadano creado por Boadella, Espada y un grupo de intelectuales provenientes de la izquierda no vergonzante. Bienvenidos sean.

Sin ellos, cláusulas como las del Barça a sus jugadores o propuestas como la de CiU de mayores prestaciones sociales a quienes sepan catalán podrían llevar, si el castellano no fuese el idioma de 300 millones, a su erradicación de Cataluña.
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