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Cuéntame cómo no pasó

miércoles 05 de agosto de 2015, 10:18h

Es sabido el éxito de una serie televisiva de larga vida titulada “Cuéntame cómo pasó”. Quizá debido a que, sin entrar en grandes profundidades, reconstruye imágenes neorrealistas de épocas recordadas por muchos. Pero lo que resulta imposible es presentar la historia de la España contemporánea en clave republicana, tal y como se obstinan esos bisnietos de la nada que pululan por algunos ayuntamientos pluripartitos con más vocación de guionistas de lo que no pasó que de gestores municipales.

La España contemporánea como realidad existencial, sea cual sea el juicio que merezca a unos y a otros, es la suma de tres grandes etapas sucesivas de aproximadamente cuarenta años cada una que fueron la monarquía liberal o Restauración, el régimen autoritario protagonizado por Franco y la Transición o reinado democratizador de Juan Carlos I. Los factores culturales, económicos, militares y sociales operantes en casi un siglo de difícil convivencia política forjaron una colectividad sociológicamente compleja pero amalgamada por una realidad histórica compartida en el plano de los hechos y afrontada con pragmatismo por sucesivas generaciones.

Frente a esta realidad, hablar de republicanismo como un factor históricamente operativo es una entelequia. La I República, menos de un año, cuatro presidentes, incapaz de dotarse de una Constitución propia y con su proyecto territorial desintegrado en un grotesco cantonalismo, fue una anécdota anodina, dejada por sus ilusos seguidores como un niño abandonado a la puerta del hospicio, en brazos del primer general que pasó a recogerla a las puertas del Congreso de los Diputados. La II, establecida de hecho tras unas elecciones municipales por un selecto comité de ciudadanos autoinvestidos, más por el abandono de los responsables del Estado que por la fuerza del invento, no llegó a completar cinco años de ejercicio de gobierno desde la capital de España. Durante este lustro, cierta moderación de su primer presidente y dos años de un gobierno centrista permitieron contener la disgregación separatista y la violencia revolucionaria de Asturias. Derribada la muralla de la moderación por un Frente Popular, le faltó tiempo a la huidiza presidencia de Azaña para resignar los poderes efectivos del Estado por medio de un Gobierno que decidió entregar las armas a los sindicatos y la justicia a los tribunales populares y huir hacia Valencia. Una experiencia de izquierdismo totalitario, sin ninguna garantía de democracia pluralista, sustituyó al agónico invento republicano. Con estos mimbres es imposible llamar memoria histórica a lo que solo es una huella de escombros y derrotas.

Solo una mente simplista y sectaria, como la del expresidente Zapatero, pudo pensar que una Ley de la Memoria Histórica daría dimensión a unas frustraciones cuyo contenido se escapó de las manos de los escasos republicanos creyentes en la fórmula democrática. Ahora, en nuestros días, lejos del zapaterismo, apareció, en Barcelona, una peculiar alcaldesa llamada Ada Colau, con más vocación de empresaria de guardamuebles que de regidora municipal, pretendiendo visualizar una memoria republicana de su ciudad, incluyendo trasladar un monumento a la República ya existente a un lugar más vistoso, como es el cruce de la Diagonal con el Paseo de Gracia.

Colau parece ignorar que su República no debe nada a Barcelona donde, por dos veces, esta tuvo que imponerse a dirigentes separatistas y, consecuentemente, enemigos de la República Española. Parece desconocer que el propio y huidizo presidente Azaña nos dejó relato detallado de las humillaciones y amenazas que sufrió en su estancia en la Ciudad Condal. Condal, eso sí, secularmente, de los condes de Barcelona, Reyes de España. De cómo hubo de ser protegido en su residencia oficial por su batallón presidencial, al que se le negaron apoyos y como tuvieron que trasladarse fuerzas navales desde Cartagena para ampararlo. Los separatistas catalanes fueron una carga de insolidaridad y traición para el proyecto republicano, más representado por otro tipo de políticos, como el antiguo “emperador del Paralelo”, Alejandro Lerroux, gobernante considerado la auténtica bestia negra por el nacionalismo barcelonés. No tiene nada de extraño que Colau no encuentre iconografía neorepublicana en el municipio en que la ha entronizado la fragmentación desorientada de una ciudadanía sin norte. Es más natural que se encuentre con los condes de Barcelona. Colau debe considerar que es un signo republicano lo que llaman derecho a decidir. No entiende que es una idea esencialmente anti‑republicana, tanto anti República Española como anti Reino de España. Debe confundir la barretina con el gorro frigio de la República Francesa tan centralista ella. Colau es un caso extremo de confusión e ignorancia histórica.

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