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El "problema perpetuo" al que se enfrentan Felipe VI y Rajoy

jueves 05 de noviembre de 2015, 14:28h
Vamos a vivir días de máxima tensión política hasta el 20 de diciembre por un " problema peepetuo" de tres siglos. Choques directos entre el Parlament y el gobierno catalán, por un lado, y el Tribunal Constitucional y el gobierno central, por otro. Forcadell y Mas en Barcelona; Pérez de los Cobos y Rajoy en Madrid. Los Ministerios de Justicia e Interior a la espera. Y la Corona y Felipe VI de testigos.

Mal lo tenemos los españoles todos, catalanes incluidos, si hacemos caso al ministro García Margallo y llevamos la crisis actual de Cataluña hasta el siglo XVII y más concretamente al año 1640 cuando la llamada " guerra de los segadores" - un capítulo más dentro de la " Guerra de los 30 años" - terminó con la cesión por parte de Felipe IV y de su valido, el conde - duque de Olivares, del condado del Rosellón y la mitad de Cerdeña a Luis XIV, que era quien reinaba en Francia y que había dejado los asuntos de gobierno en manos del astuto, implacable y nada piadoso cardenal Richelieu.

Eran los estertores de la monarquia de la Casa de los Austrias en España y 50 años más tarde - si seguimos la ruta que nos propone nuestro ministro de Exteriores - de nuevo el " problema catalán", esta vez convertido en la pelea entre el archiduque Carlos ( al que apoyaban Inglaterra, Holanda, Austria y Portugal ) y el futuro Felipe V, el primer Borbón y nieto del francés Luis XIV, le volvió a costar a España la pérdida del comercio con las Indias Occidentales, Gibraltar, Menorca, Sicilia, Nápoles y Cerdeña...mantener a Cataluña dentro de la Corona se pagaba con una buena parte de los territorios de habían sido, sobre todo, de la Corona de Castilla.

Se equivoca García Margallo pues en su vuelta atrás de tres siglos le da argumentos a los actuales políticos catalanes que reivindican y defienden la independencia. Estos,que parecen conocer la historia mejor que el ministro, no dudan en colocar por delante la promesa que Felipe IV hace el 26 de marzo de 1626 en Barcelona durante su jura de las Constituciones Catalanas. Buscaba el Rey que le dieran 250.000 ducados anuales y para conseguirlo afirma ante esas Cortes, sin cortarse ni un pelo lo siguiente: " no quiero quitaros vuestros fueros, favores e inmunidades... os propongo resucitar la gloria de vuestra nación...".

El hombre que había nacido en Roma al estar su padre de embajador de España, de largo nombre: Gaspar de Guzman y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, y no menos títulos nobiliarios aunque pasase a la historia por el de conde-duque de Olivares, es más directo, práctico y duro y le redacta a su Rey un "Memorial secreto" tras pasar por Barcelona que mantiene su vigencia hoy en día. Le dice que debe "hacerse Rey de España, no de Aragón, Valencia, Castilla...ni conde de Barcelona" y que para conseguirlo debe "reducir esos reinos". Es lo que haría cien años más tarde el primer soberano de la Casa Borbón.

Y si el cardenal Richelieu había dado el primer golpe territorial a España dentro de su agresiva política internacional contra nuestro país; su sucesor en los asuntos de estado que se resolvían entre París y Versalles, el también cardenal Mazzarino, nos da el segundo ante la pasiva incompetencia de los gobiernos españoles y los sucesivos validos de su Graciosa Majestad.

Si yerra Margallo al actualizar la historia más lejana, lo hace doblemente al traer a la memoria colectiva lo que ocurrió en 1931 y en 1934, acontecimientos que terminaron con el envio del ejército al mando del general Batet y el " bombardeo limitado" de Barcelona. No creo que en estos finales de 2015 tenga ningún gobierno del estado que recurrir a las Fuerzas Armadas, pero cada vez se hace más probable que tengan que intervenir las Fuerzas de Orden Público en cumplimiento de un mandato judicial.

Mucho mejor que fijarse en el inicio de la II República y el pronunciamiento contra la misma que hace Lluis Companys tres años más tarde, el titular de Exteriores y el resto de nuestra desconcertada - por decirlo suavemente - clase política debería leerse y aprender de los dos grandes discursos que sobre Cataluña hacen en el Congreso José Ortega y Gasset y Manuel Azaña, el primero para desde el pesimismo asegurar que el problema es un " problema perpetuo", mientras que el segundo intentó desde la tribuna del hemiciclo durante casi tres horas y sin texto escrito convencer a los parlamentarios y a los españoles que dentro del marco de la República era posible la solución " extendiendo la autonomía catalana a todas las regiones".

En aquel mayo de 1932 ganó la polémica el político Azaña con su especie de " café para todos" que cincuenta años más tarde pondría en marcha el ministro Manuel Clavero Arévalo ; pero la historia ha terminado por darle la razón al filósofo Ortega, de cuyo discurso merece mantener en la memoria estas palabras: " el problema catalán no se puede resolver, que solo se puede conllevar, que es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista, que es un problema perpetuo, y un a fuer de tal, repito, solo se puede conllevar".

Como " respuesta" a estos debates parlamentarios, el 10 de agosto de ese 1932 el general Sanjurjo intentaba una sublevación del Ejército, era detenido, condenado a muerte e indultado por el mismo gobierno de Manuel Azaña que había intentado expulsar del poder. Meses duros, muy duros por los que circulaba la política y la sociedad española y que en Cataluña se vivía con especial intensidad y tragedia. Valga como ejemplo sangriento el levantamiento anarquista de enero de 1933 con cerca de 40 muertos y más de trescientos heridos en las calles de Barcelona.

Recordar esta historia tan nuestra, tan de todos los españoles no sólo de los que viven y han vivido en Cataluña, puede que nos sirva para evitar repetir errores y asomarnos al precipicio. Si no se comprende a España sin Cataluña, menos se comprende a Cataluña sin España. Puede que Ortega y Gasset tenga razón y tengamos que vivir con un " problema perpetuo" y que ni una futura reforma constitucional pueda resolverlo, pero en las diferencias entre 1932 y 2015 son enormes. España subsiste, el problema se mantiene pero las circunstancias, nuestras circunstancias han cambiado.

España es menos España de lo que era dentro de Europa y Cataluña es más de lo que era gracias a la enorme generosidad que se ha generado con la Constitución de 1978, el Estatut y las sucesivas reformas del mismo.
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