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Educación sin respeto ni jerarquías

Educación sin respeto ni jerarquías

El año 2007 ha registrado algunos episodios peculiares pero a la vez indicativos de la pérdida de respeto a los valores jerárquicos que deben guardarse en el ámbito de la educación. En la semana anterior se removió al rector del Colegio Carlos Pellegrini, Juan Carlos Viegas, accediendo a una larga, ruidosa y agresiva acción de los alumnos. Un verdadero coup de force político, pero adolescente. Durante algunos meses, estudiantes de entre 13 y 18 años realizaron huelgas, tomas del edificio, cortes de calles, pintadas y actos en la vía pública. Hubo permanentes planteos a viva voz con epítetos irreproducibles, contra el director docentes y autoridades del colegio. Los padres que intervinieron, en lugar de corregir a sus hijos, los apoyaron y alentaron. Bajaron a la estudiantina y acompañaron comportamientos que, para un observador externo, resulta difícil comprender. Las autoridades de la Universidad de Buenos Aires, ya que de ella depende ese Colegio, encararon el problema con sentido político y no jerárquico ni educativo y menos, disciplinario.

 No interesa si Viegas tenía o no buenas calificaciones académicas y administrativas. Tampoco si su acceso anterior al cargo fue por pedido de CTERA, el gremio docente. Los argumentos estudiantiles para echarlo pasaron por el supuesto desconocimiento de derechos autoproclamados o por el rechazo de pedidos a los cuales la lógica de una mejor educación y un correcto orden, imponían desoir. Alumnos venidos a caudillos actuaron como dirigentes gremiales combativos ¡en un colegio secundario! Y no ha sido el único colegio secundario en que han ocurrido hechos de este tipo. El común denominador en todos los casos ha sido la adhesión activa de los padres a protestas estudiantiles difíciles de justificar. Este fenómeno tiene su correlato en los cada vez más frecuentes agresiones físicas a maestros y profesores por parte de padres y alumnos. Ocurre tanto en escuelas públicas como privadas.

Quien aceptó la renuncia de Viegas fue el rector de la UBA Rubén Hallú, cuya designación a su vez nos recuerda otras imágenes patéticas ocurridas este año. Su elección exigió meses de convulsionadas reuniones del Consejo Superior en el que participan con voz y voto representantes de los alumnos. Un rasgo peculiar y raro en el mundo, que viene de la Reforma de 1918. Los representantes estudiantiles y la cúpula de la FUBA lograron impedir repetidamente las sesiones mediante ocupaciones y bloqueos, llevando la UBA a la acefalía y al caos institucional. La televisión mostraba verdaderas hordas o fuerzas de choque, como quiera llamárselas, encaramadas con pancartas sobre las mesas o insultando sobre el hombro a los consejeros profesores, impidiéndoles expresarse y sesionar. Jóvenes trotskistas, guevaristas, maoístas y similares, dominaron la situación por varios meses. El ministro del Interior, con la obvia venia del Presidente de la Nación, instruyó a la policía a no intervenir. Un cuerpo académico atemorizado por la agresión física, pero más por no caer en lo políticamente incorrecto, era incapaz de poner orden y ubicar las cosas en su lugar. La elección del rector requirió sesionar en el edificio del Congreso Nacional y finalmente con estricto cordón policial y control de accesos.

No hay ningún colegio ni universidad en el mundo civilizado en que ocurran situaciones como las que hemos visto. Esto no sucede en las democracias, ni tampoco, para desazón de los revoltosos, ocurre en Cuba, ni tampoco se vio en la Unión Soviética. El respeto al profesor es la primera regla que permite educar. Esto no quiere decir que el alumno no deba opinar. Es esencial que lo haga y su opinión debe ser escuchada por el profesor y por la dirección de su colegio o universidad, pero debe saber distinguirse entre opinar y agredir, entre pedir e imponer, entre respetar e insolentarse.

El manejo oficial de estas situaciones ha sido equivocado y trasunta las mismas desviaciones ideológicas que inhiben al gobierno de preservar el orden público o la libre circulación frente a la acción de piqueteros y asambleístas. En el caso de la educación estos criterios deterioran indefectiblemente su calidad, lo que ha sido evidente en los últimos años. Esta última semana se dio a conocer el resultado de la evaluación PISA sobre alumnos de escuelas medias en 57 países. La Argentina quedó en el puesto 51. Esto es grave y muestra que hay mucho que corregir y mejorar.

Manuel A. Solanet
Presidente de la Fundación  www.futuroargentino.com.ar
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