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Nacho Dean & Ulises

lunes 21 de marzo de 2016, 08:31h

El valor no es la inconsciencia, la voluntad no es el impulso irracional y sin medida, la austeridad no es comer sucedáneo de caviar de las estanterías de Mercadona, ni la revolución tiene apellidos como rusa, cubana, o primavera árabe. A partir de ahora, cuando alguien quiera hablar de revolución, de austeridad, de voluntad o de valor que, sencillamente, pronuncie un nombre, Nacho Dean. Así sabremos todos que detrás de esas palabras no hay demagogia, frustración, indolencia, manipulación, interés o locura. Hace falta estar muy cuerdo, tener el valor de una generación de toreros, la firme voluntad de quien no flaquea por dinero, por honores o por fama, y la austeridad de un ermitaño cristiano para hacer lo que ha hecho este malagueño digno de figurar, de aquí en adelante, en el Olimpo de los héroes, justo al lado de Ulises.

Nacho Dean, que ahora tiene 35 años, ha estado tres años dando la vuelta al mundo a pie, hasta ayer, domingo, que llegó a la madrileña Puerta del Sol, después de haber recorrido una media de 45 kilómetros diarios, durante casi 1200 días desde aquel 21 de marzo de 2013 en que comenzó su periplo personal… Y no, no me digas que he hecho mal la multiplicación porque no es así. Digo yo que el hombre ,como es de ley, se tomaría sus días de descanso, de asueto, de charla con los lugareños que se han ido solidarizando con él espontáneamente allá por donde ni su nombre ni su hazaña le han abierto puerta alguna. Lo más, una mirada indulgente y -hasta cierto punto- comprensiva de algunos transeúntes con los que se ha cruzado, que tienen la suerte de no haber tenido que realizar semejante proeza para descubrir que su lugar en el mundo es aquel en el que han nacido, han crecido y un día de estos -como quien no quiere la cosa- también morirán.

Cuatro continentes (Europa, Asia, Australia y América entera, de norte a sur), han sido su itinerante hogar, y no todo ha sido lo que se dice “coser y cantar”, aunque también habrá habido tiempo y lugar para lo uno y lo otro. El malagueño ha sabido de cerca y en cabeza propia lo que es el peligro, el abuso (ataques con machete en mano, robos y hurtos incluidos), y que la vida no vale nada en ciertos lugares en donde ni siquiera hay que buscar una razón para quitársela a un semejante… Esos fueron, seguramente, algunos de los momentos en que el aventurero tendría más claro que lo mejor es vivir para contarlo.

Ya aguardamos con impaciencia el seguro libro que recogerá su larga aventura con el detalle y la reflexión que merece el empeño con el que empezó, y el logro final. Esta es la verdadera aventura, la que prescinde de seguro a todo riesgo, del material deportivo de última generación, del contrato de exclusividad con la cadena o la revista de turno, porque no son el afán de notoriedad, ni el dinero los dos resortes más importantes de la vida. Y lo que digo no es que ahora no quiera o no deba proclamarlo por doquier, no. Lo que importa, de verdad, ha sido el proceso previo y el de la misma acción. Ese en el que un joven socorrista decide abandonarlo todo y emprender una loca aventura con el único fin de encontrarse a sí mismo y demostrarse algunas cosas en las que seguro que habría pensado muchas veces: lo que de verdad, de verdad, necesitamos para vivir no son coches último modelo, restaurantes con estrellas Michelín, cafeterías con wifi gratis, un Smartphone nuevo cada año y un poco de cariño. Aquí, desde luego, el orden de factores sí que altera el producto.

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