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Precipitaciones con riesgo

It’s the economy, stupid. Hoy elevada a la categoría de máxima, la frase fue acuñada por James Carville, director de campaña de Bill Clinton en las elecciones presidenciales del 92, y plasmada en la puerta de la oficina electoral con la contundencia de un graffiti.

En la legislatura de ZP, la economía ha soplado a favor y ha empujado las velas de su Gobierno. A Zapatero se le nota que cuando habla de economía no sabe de lo que habla. Por eso, quizá su mayor acierto ha sido dejar que Solbes se ocupara. El vicepresidente económico ha sido el baluarte del milagro económico que vive la economía española desde hace casi tres lustros. Suya fue la semilla que prendió en el erial que dejó Solchaga. De aquella herencia se benefició Rato, que cuidó bien el huerto y recogió el fruto. Y de nuevo Solbes.

Pero del verano acá, el escenario ha cambiado de manera formidable y, a medida que se consume la legislatura, a Zapatero se le viene encima el final de la fiesta. La progresiva desaceleración de la economía, el deterioro de algunas variables macro y, en definitiva, la carestía de la vida, están dejando vacíos los bolsillos de los alegres consumidores y amenazan con convertir la economía en la piedra de toque electoral.

La legislatura, leída en términos económicos, ha sido gozosa. Y así, llegamos al final con una economía que mantiene un crecimiento vigoroso: un 3,8% (INE) según los últimos datos publicados, correspondientes al tercer trimestre. A partir de aquí, las lecturas son para todos los gustos. La del gusto del Gobierno es muy favorable: después de una larga década prodigiosa y de lo poco que ha hecho para avivar la llama del crecimiento, Zapatero ha conseguido llegar al final del primer asalto con unos números presentables: España sigue creciendo muy por encima de la media europea y creando dos de cada tres puestos de trabajo que se generan en la Unión.

Los que ven la botella medio vacía interpretan en los datos de julio-septiembre un síntoma evidente de la debilidad económica que se avecina: el 3,8% son dos décimas menos que el trimestre anterior y tres menos que el primero del año.

Durante la legislatura de Zapatero, la economía española ha sido capaz de mantener el fuerte ritmo de creación de empleo. Lo ha hecho a una media superior al medio millón de puestos de trabajo/año netos. Eso ha llevado la tasa de desempleo hasta la zona media de la Unión Europea y ha permitido al presidente lavar la mácula de gobiernos socialistas anteriores, que durante años soportaron el triste sonrojo de presentar los peores números de desempleo de todo el continente. Con una tasa de paro del 8,3% y una cifra de desempleados que baila en la zona de los dos millones, en esta legislatura, y por primera vez en nuestra historia, hemos superado los 20 millones de empleados.

Los vientos favorables que han llevado en volandas a la economía española han empujado también desde otros mares, es cierto. La economía mundial vive una década dulce, con un crecimiento medio anual en los diez últimos ejercicios del 4%. En un mundo cada vez más globalizado, el contexto internacional es decisivo.

La legislatura económica de Zapatero se ha visto favorecida también por un ciclo bursátil plenamente alcista. Comenzó en 2004, casi coincidiendo con su llegada a La Moncloa, y, salvo el bache puntual de este verano, el recorrido ha sido formidable, con unos índices ávidos de nuevos techos, animados por unos resultados empresariales que, en líneas generales, han sido extraordinarios. Esa es la otra clave del milagro.

En su reestreno al frente de las cuentas, Solbes declaró su intención de virar hacia un modelo más productivo. Pero los intentos sólo han sido escarceos, a pesar de que la inversión en bienes de equipo ha ido creciendo paulatinamente.

La economía española vuelve a suspender también en competitividad. Según el Ranking de Competitividad Global 2007 ocupamos el puesto número 29º, muy por detrás de los países de nuestro potencial económico (España es la octava potencia económica mundial).

El otro gran lastre es la balanza de pagos, con un desequilibrio comercial que es el segundo mayor de las economías occidentales, sólo por detrás de Estados Unidos. Con todo, las nubes más amenazantes vienen de fuera y tienen que ver con el exceso de liquidez en que ha vivido la economía mundial en los noventa y hasta hoy. En sus memorias, el propio Alan Greenspan ha asumido su responsabilidad por haber abierto demasiado el grifo del dinero y durante demasiado tiempo, propiciando lo que él mismo acertadamente llamó “la exuberancia irracional de los mercados”.

Extrapolado al mercado inmobiliario, aquella exuberancia es la crisis subprime de hoy. Mucho dinero en manos de pagadores dudosos ha provocado una primera tormenta de hielo que ha derivado en una crisis de liquidez –credit crunch– cuyos efectos parecen controlados, pero que tiende un manto de amenaza sobre la primera economía del mundo y, por derivación, sobre el resto. La crisis subprime ha llevado al Fondo Monetario Internacional a rebajar drásticamente sus previsiones de crecimiento para la economía mundial.

Para la española, el FMI se muestra menos optimista incluso, precisamente por su fuerte dependencia de la construcción y el consumo; es decir, del ladrillo, la hipoteca y la tarjeta de crédito.

La construcción se aloja ya en un nuevo ciclo, que se manifiestan de forma nítida en el mercado inmobiliario, que se dispone a purgar la exuberancia en que ha vivido durante más de una década.

Recorriendo el camino de lo macro a lo micro, esa exuberancia se ha manifestado en el elevado endeudamiento de los hogares españoles, la verdadera amenaza que debe enfrentar la economía española. Hasta ahora, el dinero era casi gratis y el grifo estaba abierto. Ahora el escenario ha cambiado en mitad de la fiesta. Los ajustes de la política monetaria en Europa provocados por las tensiones inflacionistas ha elevado los tipos de interés al 4% y ha disparado el euribor y, por ende, las hipotecas de las familias españolas. La asfixia se completa con la carestía de la cesta de la compra –con subidas desorbitadas de los productos básicos– y un petróleo que merodea los 100 dólares por barril.

Si el milagro económico español se basa en el ladrillo y en bolsillo; si el ladrillo está enladrillado y el bolsillo vacío, si cada vez son más los que llegan con menos a fin de mes, o simplemente no llegan, el escenario económico que se avecina pinta mal.
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