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Ferrol

martes 27 de febrero de 2018, 10:51h

Vengo de Ferrol. Asuntos propios. Premio “Camilo José Cela”. Acto con música. Miguel Brotons compuso un lied-romanza con el poema último de C.J.C. “Casi cien acrósticos” que no es ningún acróstico sino un estremecedor adiós a la vida emanado del corazón de un hombre antes de parar su tic-tac. Un réquiem por uno mismo pidiendo “un recuerdo de mínima caridad” para vencer “la amargura del luto que ya no lo es”. Casi cien acrósticos “podrían hacerse con las letras de la palabra amor”. Pero Camilo José no hizo ninguno sino un solo poema bellísimo que cantó con voz potente y punzante la soprano Patricia Rodríguez acompañada virtuosamente al piano por Ricardo Blanco.

Hay que oír, “en un profundo silencio” esas palabras escritas en un español maravilloso como es el que escriben mejor que nadie los prosistas gallegos. Quizá porque nuestro idioma común que entienden quinientos millones de personas es el hijo natural de la lengua gallega, como el idioma gallego es el mejor hijo del latín del imperio romano. Que no inventen fábulas nacionalistas de vikingos preñando a mozas celtas al son de cornamusas irlandesas. Aquí parieron nuestras abuelas la cultura latina, al pie de la Torre de Hércules o a la sombra de las murallas de Lucus. Aquí labró la corte celestial y sus músicos de cuerda y de viento el maestro Mateo para recibir a los caminantes de la Unión Europea peregrina. Aquí los precursores del Brexit de la Gran Bretaña repararon la distancia de su insularidad por el camino inglés desde Ferrol y Coruña. Aquí llegaron los suevos con el bárbaro impulso germánico. Aquí montaría Sant Yago un caballo blanco para derrotar para siempre al totalitarismo musulmán que se había atrevido a acallar las campanas de la catedral románica de Compostela. Aquí aprenderían a pronunciar la “ñ” de España, que es la misma de Coruña y de Cariño, los alumnos de la escuela del Noroeste, el Finisterre de Europa y el Oriente de América. Como hijos de la lengua madre escribieron un español armonioso y preciso Valle Inclán, Álvaro Cunqueiro y Camilo José Cela, Marqués de Iría Flavia, Premio Nobel de Literatura y senador del Reino. Como pudiéramos decir Emilia Pardo Bazán, Wenceslao Fernández Flórez o Gonzalo Torrente Ballester. Escribieron en un idioma aprendido de maestros como el que tuvimos los alumnos del catedrático ferrolano Ricardo Carballo Calero autor de la “Gramática elemental del gallego común”, que quizá fue el filólogo y crítico literario más inteligente de la literatura en lengua gallega.

Desde la cumbre de la Galicia universal el nacionalismo excluyente, patán o “pailan” que diría un ferrolano, suena a sainete de Xan Das Bolas. “Te diría al oído la palabra todo. Si descubriese de repente que sirve para algo”, así iniciaba su poema C.J.C. Pero produce cierta tristeza el declive exponencial del Estado de todos que hizo converger en Ferrol las autopistas del Norte y del Sur, abrirse el puerto exterior al mar de los Ártabros y potenciar el respaldo energético de Ferrolterra desde As Pontes creando una infraestructura inimaginable en el antaño rural y pobretón y, sin embargo, la verdadera nación no enseña su bandera en el mástil desnudo de la vieja Capitanía General ni predica en las escuelas las verdades de nuestra historia. Hay un jardín melancólico y desierto, con una placa que dice Terreno de la Armada allí donde se pisan hojas y pétalos marchitos de camelias y magnolias y la estatua de Jorge Juan, el marino científico, permanece como un icono romántico del pasado. Detrás el palacio vacío parece la mansión oscura de los fantasmas que sueñan que controlan las aguas de soberanía desde el Atlántico al Cantábrico, del Miño al Bidasoa, sin abrir las ventanas a la calle sin niños. A estribor el obelisco neoclásico de homenaje a Churruca y en la iglesia de San Francisco dos placas con las lista de los marinos muertos en los cruceros “Reina Regente” y “Baleares”. Pero no hay réplica actual ni discurso político que explique que la paz y el progreso que vivimos es herencia del sacrificio de algunos.

Las aguas grises de la Ría brillaban con destellos de plata en este día de premio para mí pero no para todos. En la dársena del Arsenal, esa obra maestra de la ingeniería portuaria de hace más de dos siglos, están atracadas cuatro fragatas de la última generación de los astilleros ferrolanos. Sus siluetas de acero son los músculos en reposo que duermen con él “arronrrón” del agua. Estos barcos de guerra son el símbolo de la paz y de la potencia industrial de Ferrolterra y la esperanza de una ciudad que no vive de la leche de unas vaquiñas ni de los huevos de unas gallinas. Como tampoco vive de miserias populistas la Galicia abierta al mundo de talante emprendedor y proyección trasatlántica capaz de defenderse de los hongos parásitos que envenenan el crecimiento de sus árboles de alta ambición y raíces profundas. Ferrol, su comarca y su contexto, es el espejo empañado de la solidez del Estado de todos que debe desempañarse y brillar en el triángulo que marcan con Coruña y Santiago la marca española de Galicia como proa de una nave trasatlántica.

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