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¿Me tocará respirador o no?

sábado 21 de marzo de 2020, 09:05h

Esa es la pregunta crucial que nos hacemos los mayores de sesenta años ante la eventualidad de que nos enfermemos gravemente por coronavirus en buena parte de los países europeos (desde ya en Italia, España e Inglaterra). Porque lo demás son buenas palabras. Es evidente que no hay suficientes camas UCI ni respiradores para asistir a la avalancha de enfermos graves que llegan a los hospitales. Y los profesionales ya han recibido pautas deontológicas sobre cómo realizar la selección entre los que serán entubados en la UCI y los que recibirán tratamientos paliativos.

En el documento “Recomendaciones éticas para la toma de decisiones en la situación excepcional de crisis por pandemia COVID-19 en las Unidades de Cuidados Intensivos” se establecen los criterios para realizar un triaje (neologismo insoportable) entre los pacientes que podrán obtener cuidados intensivos y los que no los recibirán. El criterio fundamental guarda relación con la esperanza de sobrevivencia de cada paciente. Los más recuperables recibirán tratamientos invasivos, incluyendo entubación (en las UCI) y los de menor esperanza de vida, por ancianidad o por afecciones previas más graves recibirán tratamientos no invasivos. De los primeros se tiene la idea de que al menos la mitad se recuperarán; entre los segundos, la gran mayoría tendrán una muerte lo más indolora posible, (a muchos se les está administrando morfina).

Este es el cuadro real en Madrid y otras capitales, pese a que las autoridades se empeñan en exigirnos que leamos entre líneas y siguen acuñando frases altisonantes como “los profesionales de la salud tendrán los recursos cuando y donde les haga falta”. Para ser más sinceros solo les faltaría agregar “pero no antes de llegar al pico de la pandemia”.

Cuando hace diez días, sugerí que enfrentáramos la realidad serenamente de que el sistema de salud sería desbordado, les pareció a algunos un mensaje alarmista. Hoy, cuando en muchos lugares el colapso es una realidad, cabe preguntarse por la razón de que el discurso del Ministerio de Salud fuera tan conciliadoramente optimista.

Y surgen dos posibles respuestas: una, que no creyeran que la cosa podría acabar siendo tan grave, y la otra, que lo supieran (o intuyeran), pero prefirieran un discurso menos realista para evitar el pánico social. Creo que en el Ministerio de Salud han convivido ambas orientaciones, pero su peso ha variado en el tiempo. En febrero primaba la más optimista y esa confianza duró como hasta el 8 de marzo. Pero desde entonces ha adquirido mayor peso la que conoce la cruda realidad, pero trata de comunicarla al público lo más edulcoradamente posible.

Desde luego, es entendible esta estrategia comunicacional de presentar la grave situación entre líneas, para que entiendan algunos, pero seguir enfatizando para la galería la gran capacidad de respuesta que tiene el país ante la pandemia. Exponer sin ambages el dramático escenario clínico podría conducir al derrotismo, cuando es precisamente el mantenimiento del ánimo y la esperanza un recurso invaluable para mantener la disciplina social, que, finalmente, nos permitirá superar la profunda crisis.

Sin embargo, este discurso benévolo tiene un límite, mas allá del cual puede resultar enteramente contraproducente. Ese límite guarda relación con la credibilidad y la confianza respecto de las autoridades que lo emiten. Si la población comienza a percibir claramente que las autoridades le ocultan groseramente la verdad, por ejemplo, al percibir los reclamos del propio personal del sistema sanitario, entonces se debilitará su autoridad política y moral. Y hay pocas cosas menos útiles que una autoridad desacreditada.

Ciertamente, hay que reconocer que no es una política comunicacional fácil. Por eso contribuye bastante no cometer errores complementarios en el camino. El uso de una normativa de alarma para incluir a Pablo Iglesias e Iván Redondo en la comisión delegada del CNI podrá ser útil para realizar reacomodos en la coalición de Gobierno, pero es poco oportuno para fortalecer su autoridad en este momento delicado. Tampoco ayudan errores técnicos obvios, como la intervención del Dr. Simón intuyendo que se ralentizaba el ritmo del contagio, para admitir a continuación que habían dejado de hacerse pruebas a los casos leves.

Desde luego, los medios de comunicación también tienen una responsabilidad al respecto. Por ejemplo, tengo enormes dudas de que sea conveniente hablar del inmediato futuro, tratando de ser optimista, como hace algún diario de Barcelona. Es mejor no especular y servir al público, informando tanto de las decisiones gubernamentales como de las voces críticas que puedan levantarse. El arte para enfrentar la situación consiste en aceptar las medidas, por agrias que sean, pero sin perder el juicio crítico ni el sentido común. Aunque eso nos lleve a muchos a la terrible pregunta de si, ante este desbordamiento del sistema de salud, nos tocará respirador o no.

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