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Profesionales y oportunistas

miércoles 01 de julio de 2020, 11:41h

En estos tiempos de coronavirus atemperado y gobierno descabalado, los gallegos como protagonistas y los demás españoles como espectadores, vivimos el espectáculo de una campaña electoral sin problemas colaterales. Galicia, simplemente, elige un presidente de su comunidad y representante ordinario del Estado y se presiente, con razón y merecimiento, que el elegido será el actual presidente Alberto Núñez Feijóo. Este candidato aspira a una cuarta mayoría absoluta, meta sin émulos en la España presente y recuerda, en sus declaraciones de campaña, que aspira a igualar el récord de cuatro mayorías absolutas que obtuvo Manuel Fraga Iribarne, quien alcanzó estos resultados después de fundar el Partido Popular tras un largo proceso sin el que no hubiese sido posible establecer el equilibrio de alternancias de la Transición. Pero para que nadie nos lo recuerde, también después de manejar con excepcional acierto, en el régimen precedente, un Ministerio de Información y Turismo, en el cual lo acompañé durante ocho años como director de su gabinete ministerial, sin los que no se hubiese posibilitado los medios económicos, las libertades culturales, las relaciones internacionales y la evolución institucional que hizo posible el camino hacia la actual Constitución. Nosotros llegamos a aquel ministerio, directos desde el Instituto de Estudios Políticos, allí donde se cocía la olla de las ideas.

Núñez Feijóo llegó a la política regional después de ser un brillante director general del INSALUD con el gobierno de Aznar habiendo permanecido diez años dedicado a la sanidad pública. Es conveniente tener en cuenta estos antecedentes para hacer comprender a quien quiera escucharlo que la competencia gubernativa no reside en la retórica ideológica que dibujan los cuadros propagandísticos como de derechas o de izquierdas sino en la diferente calidad existente entre los profesionales de su trabajo y los oportunistas ocasionales. Los oportunistas provienen de engañar al electorado con la gran mentira de que para la política vale cualquiera. Que no es un asunto vocacional sino un derecho de “la gente” a hacer las cosas a su gusto o a gusto de sus votantes, sin otro fondo económico que el heredado y sin evaluar los cálculos de resistencia de las vigas de la administración pública y la empresa privada que la alimenta. Por eso los oportunistas no suelen alcanzar mayorías claras por su propia confusión de origen que difícilmente consigue concentrar el voto en torno a una personalidad prestigiosa como, probable y merecidamente, sucederá en el caso de Núñez Feijóo que es todo lo contrario que los extraños equilibrios y negociaciones para mantener en el Gobierno central a Pedro Sánchez.

La gran dificultad para los acuerdos entre el PP y el PSOE, demandados por algunos comentaristas de buena voluntad y en ciertos temas concretos por el imperativo superior del interés nacional, no reside en las diferencias ideológicas entre uno y otro partido sino en lo que hoy por hoy es un Gobierno de coalición asistido por tentáculos extraconstitucionales que pretende funcionar con equipos de equilibristas aficionados frente a un esquema que busca profesionales competentes. Si el PP y el PSOE tuviesen cuadros de personal de calidades homologables intercambiables el problema tendría soluciones fáciles. Con muchos de los cuadros socialistas de ayer y, quizá, con muchos de los supervivientes por las autonomías, él funcionamiento sería posible. Con el Gobierno de Sánchez, tal y como lo tiene comprometido, no es previsible la armonía. Sus compromisos con el separatismo o con el neocomunismo son obstáculos doctrinales serios pero más que por su averiada mochila ideológica porque sus elementos personales carecen del mínimo sentido profesional de la política. Han sustituido el aprendizaje práctico por la cama elástica. Ese artefacto flexible sobre el que los niños saltan a gran altura entre el regocijo de sus papás ¡Vamos a rebotar a base de prometer fantasías a ver si alcanzamos el cielo del Gobierno! Y llegaron, acogidos por otro gran saltarín de nivel superior porque fue capaz de rebotar desde la elasticidad de las bases ignaras sobre los órganos y filtros de su propio partido.

En el caso de Galicia no existe ningún candidato, a excepción de Núñez Feijóo, que ofrezca a los gallegos un fondo tranquilo desde donde recuperar fuerzas unidos tras el ataque del coronavirus. Los demás solo pueden ofrecer la base disparatada de una cama redonda. Y si miramos hacia la coalición del gobierno central, hablar de camas es un tema tabú pues promocionan puestos ministeriales de ascensión rápida. Solo un vicepresidente fervientemente feminista podía recuperar las “historias de faldas” para la política del siglo XXI, mejorando las cuotas niveladoras de las feministas de ayer hoy calladas como estatuas. Estas historias a lo venezolano o coreano del norte no son propias del mundo de la política europea sino del hampa. Los cómplices del oportunismo político son todos los que contribuyen a orquestar mayorías de ocasión para dificultar la labor profesional de la política. En Galicia no cuela el invento. Allí da la impresión de que impera una sabiduría celta que, mañana, desearíamos que fuese celtibérica.

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