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Sin planes concretos

martes 21 de julio de 2020, 11:00h

Cuando Pedro Sánchez ejercía el mando único y la responsabilidad suprema bajo las sucesivas promulgaciones quincenales del estado de alarma, con autorización del Congreso de los Diputados, se le preguntó, con ocasión de una de las prórrogas, si no había un plan B para el caso de que el Congreso dejase de autorizar sus poderes excepcionales. Sánchez contestó tajantemente que no había ningún plan B. Aquella contestación fue tomada como un desplante achulado para asustar al preguntón con aquello de “lo toma o lo deja”, o “yo o el caos”. Hubo mucho silencio para no poner nervioso al artista que trabajaba en la cúpula del circo sin red y se mantendría en las alturas, al parecer, cuanto fuese preciso. Hasta que llegase un final y se pudiese conmemorar a los difuntos con un funeral con mascarillas y estética de barbacoa. Pero el verdadero final no había llegado. Aquello fue solo el final de un estado de alarma que se había hecho improrrogable y resultó que el desplante era cierto: no había plan B.

Tras una larga temporada de intervencionismo autoritario y una sobreactuación personal empalagosa, resultó que no había nada previsto salvo decir que ahí estaban las autonomías y que cada uno se arreglase como pudiese. Habíamos pasado del estado de alarma al estado de alerta: ¡Centinela alerta! ¡Alerta está! Eso era todo: el Gobierno de perfil y los rebrotes floreciendo. No se sabe para qué están la Ley General de Sanidad, la Ley General de Salud Pública, la Ley General de Seguridad Nacional, el Sistema Nacional de Protección Civil y, en el peor de los casos, el artículo 155 de la Constitución cuando una comunidad no funciona como debe. Lo que no es aceptable es que el ministro de Sanidad Salvador Illa se limite a hacer declaraciones a los medios mientras en la nación reina el desconcierto y la confusión provocadas por la ausencia de un plan B que fue despreciado con una frivolidad injustificable. El ministro Illa que reconoce que en Barcelona, la segunda ciudad más poblada de España, hay una “transmisión comunitaria” se quede tan fresco, dejando desprotegidos jurídicamente a los barceloneses y a los demás españoles a la espera de una vacuna en un lejano horizonte.

Sánchez nunca quiso articular una alternativa al estado de alarma que exigiría un pacto de Estado. Quizá prefería vencer la pandemia con su protagonismo individual para el que le bastaba que los demás condescendiesen para no descarrilar. Después vendría la “nueva normalidad”. Pero la normalidad no vino sino los frutos de la improvisación. La normalidad son los brotes que proliferan por nuestra geografía sin los instrumentos de coordinación que estuvieron a punto de acordar PSOE y PP en diálogos entre Salvador Illa y Ana Pastor a los que no dio vía libre ni confirmación el presidente Pedro Sánchez. Hoy los rebrotes, además de provocar un número de muertes y padecimientos entre los españoles, como efecto inevitable, se han cargado la temporada turística con consecuencias sociales y económicas pavorosas. Y lo peor por venir. Esto sucede cuando los gobernantes irresponsables, tras desdeñar las informaciones que recibían adelantadas, también despreciaron las previsiones y colaboraciones que se les ofrecían. El desconcierto general ante medidas que nadie sabe si son obligaciones o simples recomendaciones, ve crecer los contagios en Aragón y Cataluña con una inquietud a la que el Gobierno solo responde con “preocupación profunda”.

Nadie explica porque durante meses y meses no se pudieron preparar alternativas para una prorroga incierta pero probable de la amenaza vírica. Hubo tiempo hasta para la tramitación parlamentaria de nuevas leyes de contención que evitasen la necesidad de recurrir a estados de alarma o a la recentralización de competencias. Pero no se aprovechó el tiempo. Mientras, el agujero financiero del Gobierno se dispara y la Unión Europea encoje y condiciona su ayuda. Las cuentas de la Moncloa entorpecen la recuperación del tejido productivo nacional y los gastos de emergencia complican el gasto corriente. Una economía desmantelada por la pandemia ha de afrontar gastos públicos cada vez mayores. Sin plan B ni en Sanidad ni en Economía no es fácil generar confianza en los foros internacionales. O Sánchez es capaz de cambiar su forma de gobernar o España necesitará cambiar de gobernante inapelablemente.

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