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Amor agriado

domingo 06 de septiembre de 2020, 10:55h

El amor, María Jesús Montero, es un sentimiento eutónico, agradable y productivo. Unas veces, nace de la sensación primaria que produce la fascinación por la belleza y, otras veces, tiene origen cognitivo, cuando surge de la valoración positiva de la persona u objeto, que empieza a ser amable, precisamente, a partir de esa estimación. Usted, que es médico y estudió Psicología Médica, debiera saberlo, porque el ser humano, considerado holísticamente, es una realidad bio-psico-social.

Cuando surge el amor, hay atracción entre los amantes; las personas que se aman quieren estar juntas, compartir proyectos, hacer la vida en común, ser solidarios entre sí y mantener su unión, a prueba incluso de bombas víricas.

Cuando el amor se rompe, ni se secreta oxitocina, ni funcionan la feromonas; los planes y proyectos comunes de desmoronan y todo da al traste, incluida la convivencia. El desamor es también un proceso bio-psico-social. Esto, incluso lo entendió Francisco Fernández Ordoñez, que promulgó la ley del divorcio, estando aún en la UCD, cuando telefoneaba a Felipe González a la salida de los consejos de ministros, que la lealtad de los socialistas es paradigmática.

Hasta que llega la ruptura, el amor va cambiando de color: del rosa al rojo sanguinolento, del azul turquesa al azul cobalto y del blanco nupcial al negro fúnebre. Es un proceso de deterioro largo y amargura creciente, donde la alacridad de antes va dejando paso a la repugnancia emética y la felicidad se transforma en odio.

La Dra. Montero, con formas de arrabal, acaba de pregonar que la relación entre PSOE y ERC está unida por el amor a España. Si fuese un diagnóstico, debieran retirarle el título de médico.

Dentro del PSOE, el amor a España acaban de demostrarlo doña Dolores Delgado García y su gran amigo don Baltasar Garzón. Este último actuando, desde hace años, de muñidor para que una juez montonera acusara a Martín Villa de genocida y, de paso, emporcar toda la Transición. Nada más y nada menos. La Sra. Delgado autorizando el interrogatorio, tras encaramarse a la Fiscalía General. Como si la Justicia no tuviera asuntos en Argentina y pudiera permitirse exportar los excedentes de juez.

Otro ejemplo eximio de amor a España acaba de darlo el Sr. García Page, presidente de Castilla La Mancha, antes Castilla la Nueva, atacando a Madrid, provincia que pertenece a Castilla por todos sus costados y laderas, por el Norte a la Vieja y por el Este, Sur y Oeste a la Nueva, donde estaba insertado.

El ufano Señor Presidente de Castilla la Nueva mutilada ha catalogado a su tierra, a una parte de su tierra, de bomba radioactiva vírica, siguiendo instrucciones de su partido, porque al otro lado de Seseña y de Azuqueca de Henares manda otro partido. Èl que, apenas tomó posesión, clausuró las obras del cementerio de residuos nucleares que se estaba construyendo en Cuenca que, sin dejar resquicio alguno a escapes radioactivos, hubiera dado vida y riqueza a una zona deprimida, evitado que España siguiera vaciándose y ahorrado los millones de euros que España paga a Francia, para que acoja nuestros propios desechos.

En sentido contrario, la Alcaldía de Cuenca, dirigida por un conmilitón del Sr. García Page, pretende instalar unas escaleras mecánicas para salvar la pendiente de la Hoz, del Huécar abriendo una conejera frente al Teatro-auditorio. La obra, financiada por la Junta, será todo un alarde ecológico, un canto a la productividad y de amor al medio ambiente y a la España necesitada.

Por su parte, ERC ha recorrido un largo trecho desde que J. Tarradellas dijera aquello de ya estoy aquí, en octubre de 1977, después de negociar el restablecimiento de la Generalidad de Cataluña, de la que era nudo Presidente desde hacía años. Tarradellas, presidente de un partido republicano, terminó siendo marqués, título otorgado por el Rey, y dando su nombre al aeropuerto del Prat. ¡Ahí es nada!

Efectivamente, Tarradellas era un señor antes del exilio; y 38 años de éste le permitieron conocer mundo y formas. A sus consejeros les exigía usar corbata y tratarse de usted; consideraba que Cataluña debiera hacer autocrítica, entender al pueblo español e integrarse en España, con sus diferencias y peculiaridades. Promulgaba la conciliación y la concordia, mediante el diálogo positivo y constructivo con Madrid. Siempre fue contrario a la idea de la independencia y al concepto imperialista de Países Catalanes, que abarca la Ocitaníe francesa, desde Alicante y pasando por las Islas Baleares. Seguramente, Tarradellas amaba a España, con los pies en la tierra y el seny en la cabeza.

Desde aquel señor, ERC ha llegado al diputado Rufián, independentista sobrevenido, que nació charnego, dicho sea en la jerga nacionalista y sin ánimo de ofender, infló su curriculum a fin de aparentar que es alguien y ha llegado al Congreso para avergonzar con su facundia al hemiciclo y a toda España. Este personaje forma parte de la cuadrilla del Dr. Sánchez, con quien trapichea: yo voto tus presupuestos, que en nuestro partido nos importan un comino y tú me das la autodeterminación, aunque tengamos que disfrazarla de Caperucita. Es un chico inteligente, como reflejan su entrecejo, cejijunto, y las arrugas de tensión de su frente.

Respecto al alter ego del Dr. Sánchez, no es preciso recordar sus soflamas en las herrico tabernas, ni sus apreciaciones sobre los miembros de Ibex 35, creadores de empleo, ni la adhesión al sistema democrático que demuestra tener, para calibrar el amor a España que profesa.

No, Dra. Montero, por más que enfatice, por más que grite, por más que disimule que lee lo que le ha escrito antes el técnico de márquetin, lo del amor a España, como vínculo entre ustedes, no cuela, porque los hechos son vitriólicos, la desmienten a usted, que no sería lo peor, y amenazan el futuro iniciado en 1475 con la Concordia de Segovia. De aquello, han pasado más de 500 años, con altibajos, claro.

Ni Isabel I de Castilla, ni Ferrán V de Aragón, que suscribieron el acuerdo, ni vociferaban como verduleras, ni envidaban como truhanes; trabajaban unidos en pro de un proyecto común y dejaron las bases, sobre las que se asentó el mayor imperio de la historia de la humanidad, que tuvo más luces que sombras, pese a quien pese. La discreción, la prudencia, el trabajo sesudo son mejores armas para demostrar amor, que el griterío y las bravuconadas.

El refranero dice: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. No hace falta explicar la sentencia; pero, aplicada a la circunstancia, el amor del que presume la portavoz (¿o se dice portavoza?) está agriado, es más ácido sulfúrico que acético, altamente corrosivo, vitriólico, porque pretende engañar a los propios, muy sencillos, con palabrería hueca y exaspera a todos los demás, incluidos los propios menos incautos.

Por otra parte, los amantes no necesitan ni hablar para compartir sus sentimientos; se miran a los ojos y actúan al unísono, dentro del compromiso recíproco que se tienen y renuevan día a día. Nada que ver con lo que vemos y oímos, día a día.

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