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Miguel Angel Granados

Desde el país donde nadie lee

Mil novecientos sesenta y nueve.

Año cabalístico, el de la calma que sigue a la tempestad, el último de los sesentas, fin de década. Los huesos de los muertos recientes se engalanaban, al tiempo que Samuel Beckett ganaba el Nobel. Ese año, mi padre vendía libros, sin importarle que el mundo prefiriera gastar un peso en todo, menos en enciclopedias. A fin de cuentas, era cabalístico el año.

Aprendí a leer antes de cumplir cinco años. Mi madre era entonces una maestra de primaria muy querida por sus alumnos y yo me convertí en su más caro experimento, ya que me tocó la transición de la reforma educativa. Ella, la menuda dama que todos los días besaba mi frente, no pudo evitar la gran tentación de ser maestra también en casa. El método global estaba en boga y como profesora comprometida comenzó a utilizar esta nueva forma pedagógica en su hijo, logrando a su decir avances asombrosos.

Gracias a ello, al empeño cotidiano de mi progenitora y a las lecciones de los maristas, aprendí a vibrar, a sentir la fuerza de las palabras que se inoculan sin reservas en el más breve espacio, luchando contra la muerte de las ideas, exacerbando el triunfo del conocimiento; aprendí a anhelar el vuelo de lo escrito: llegar allá, donde el crepúsculo se convierte en esperanzador futuro, ser y vivir a través de héroes y antihéroes.

El mundo cambia. A través de la palabra uno descubre nuevos universos; se puede romper la quimera del don de la ubicuidad, ningún rincón se convierte en ajeno y se puede ser completamente libre, como si a través de las letras fuera posible hacer un viaje astral, sin tiempo, sin espacio y con el alma iluminada.

Al mismo tiempo que todo México se encontraba envuelto por las proezas futbolísticas de los Pelés y los Beckenbauers, mi padre destinaba parte de sus ingresos a la compra de colecciones enteras de novelas y obras literarias reconocidas internacionalmente. Desde un librero alto y sonriente, con sus colores blanco y anaranjado que invitaban a ser tocados, las voces de Balzac, Dafoe, Stendhal, Hesse, Goethe y otros más, se fusionaban en un suspiro que probablemente mi niñez no comprendía con toda claridad, pero que trataba de alcanzar.

No es difícil aprender a amar a la literatura, cuando se tiene la oportunidad de conocerla desde los primeros años de existencia, y cuando basta con extender el brazo para alcanzarla; algo así como aquellos lugares tropicales donde los árboles ofrecen a sus nativos los rozagantes frutos, que penden de sus ramas, esperando tan sólo la llegada de una mano que los tome.

Es fácil aprender muchas cosas cuando existe una predisposición a la lectura; mi caso fue cómodo, ya que tuve la oportunidad de estudiar durante doce años en colegios maristas; en ellos, la afición a leer se inculca igual que otros valores y hábitos. Leer se convierte en medio y fin.

Leer abre puertas. La imaginación se enciende y no para, es la voz de sufrimientos y alegrías que quedaron para siempre inscritos en el concierto del arte; ahí, los muertos siguen hablando, en medio del silencio de los estantes, sus palabras se confunden con el aire que respiramos, donde sin darnos cuenta, en realidad, no han muerto.

A veces me arrepiento de hacer ciertas cosas. Yo me he arrepentido de no tener más tiempo para leer, de dejar que las cosas sencillas se pierdan en la frialdad de lo cotidiano, de permitir que se me escapen las palabras entre las manos, aunque eso me haga más mundano y me acerque al vicio popular del analfabetismo funcional.

Literato y ensayista

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