Es pavoroso pensar en la fugacidad de la vida. En un segundo, ya no estamos aquí. El accidente de Adamuz, como el de Angrois hace unos años, nos deja una sensación de extrañeza, de enajenamiento, de cercana calamidad silenciosa.
Todo parece indicar que fue un accidente cuya causa primera está en la soldadura que unía dos rieles, uno nuevo y otro de hace 30 años. He hablado con ingenieros de caminos y me aseguran que 30 años es algo más de la mitad de la vida útil del riel y que, además, con las revisiones ultrasónicas punto a punto la más mínima fisura interna es descubierta.
Parece ser que la soldadura defectuosa no fue detectada en la última gran revisión, lo que demuestra un problema en el protocolo de seguridad y además los trabajadores de mantenimiento dicen que no disponen de los medios adecuados. Hay 4 trenes auscultadores en España y los dos más modernos y preparados están en cocheras desde hace dos años esperando que alguien los repare. Por supuesto, desde lo de Adamuz se han puesto las pilas con el Séneca, junto con un Talgo 106 que costó 43 millones, pero a buenas horas mangas verdes.
(Fan fact: en mayo 2018 llega Ábalos al ministerio de transportes y su amiguita Pardo de Vera a la presidencia de ADIF y es a partir de 2019 cuando los descarrilamientos se disparan. Tal vez yo soy muy malpensado, pero lo robado igual ha afectado a la seguridad (Fuente CIAF) ).

En Octubre 25 se revisaron esas precisas vías, pero es obvio que se revisaron tarde y mal, y sin la debida auscultación y es que los protocolos están para ser cumplidos al pie de la letra, no según el espíritu de quien los lee. O sea, había que rellenar un papelito diciendo que se había revisado y blablabla y eso fue lo que se hizo: una revisión para salvar la papeleta dejando muchos tramos sin auscultar, entre ellos el fatídico de Adamuz.
Dice el ministro que es un accidente muy raro. Ha intentado echarle la culpa a un ciberataque, a un sabotaje por el robo del cobre de la catenaria, a Arcelor Mittal porque les vendió una vía chunga y, por supuesto, han acabado pagando parte de la factura dos técnicos de Cataluña que nada tienen que ver con la alta velocidad: el director de ADIF Cataluña y el director de Rodalíes. Es verdad que Cercanías Barcelona es un desastre sin paliativos y es verdad que llovió sobre mojado tras lo de Adamuz, pero ha parecido una salida a la desesperada como diciendo Le corto la cabeza a dos técnicos y a ver si se calma la horda.
Pero aquí nadie se ha calmado, al contrario, hay mucha excitación en el ambiente. Que Sánchez no haya sido capaz de dar la cara o de mostrar empatía (más allá de usar a los muertos en un mitin del PSOE, lo que es repugnante) sólo ha cabreado aún más a los deudos y todos sabemos que no acudió porque esperaba un abucheo.
Para rematarlo, el PP, que a veces parece asesorado por alguien pagado por el PSOE, convierte la despedida a los muertos y el consuelo de los vivos en un acto político para competir con el, no sé cómo llamarlo, ¿evento de estado? que ha acabado siendo retrasado sine die y sustituido por lo que las víctimas querían: una misa que les reconfortara algo. Como siempre, los reyes estuvieron a la altura, también Juan Manuel Moreno Bonilla, el único del PP que ha demostrado empatía y, en lo que le tocaba, eficacia.
Yo perdí un amigo muy querido, casi un hermano mayor, en Angrois, Enrique Beotas, y recuerdo el silencio sordo, lento y angustioso en que me sumí durante varios días. De una fase inicial de negación absoluta hasta completar el duelo con la resignación, el camino estaba lleno de un silencio espeso, doloroso y viscoso que me impedía avanzar. Era todo como envuelto en una niebla fría y desapacible, dolorosa e inapelable y uno cree que ya no hay salida, que ya no se podrá volver a respirar con naturalidad. Es el dolor del zarpazo inesperado de la muerte.
Los deudos han dado una lección a todos estos politicastros que nos malgobiernan, a unos mostrándoles por donde sale el sol y a los otros exigiéndoles que no hagan política con el dolor. Por supuesto, ninguno de los dos asnos se ha dado por aludido, sólo ese Y tú más asqueroso del que estamos más que hartos.