La presunción de decencia acorraló al PSOE hasta el punto de forzar una moción de confianza disfrazada para ahondar en cómo o cuánto se sostiene la misma.
La presunción de decencia que puede cercar a la mitad izquierda es algo que difícilmente podrá acorralar al lado derecho y especialmente a la gente de Abascal o al PP. La decencia los persigue, pero ellos corren más. En su día pelearon para que no fuera legal el divorcio, pero en cuanto se aprobó, se divorciaron. Pelaron para que no fuera legal el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero cuando se aprobó, se casaron. Y cuando la decencia por fin parecía alcanzar al PP que se atrevió a expurgar sus propios casos de corrupción, antes de que eso pudiera pasar, echaron a Casado.
El otro día, en el Congreso de los Diputados, ante la posibilidad de que la decencia los alcanzara, Feijóo apretó el paso. La acusación de Feijóo al presidente del gobierno, Sánchez, de lucrarse de la prostitución por la sauna gay cuya propiedad tenía su fallecido suegro ponía un trecho insalvable entre la decencia y el Partido Popular.
Lo primero que cabría explicar es que una sauna gay no es un prostíbulo como muy bien saben Feijóo y los suyos. Lo saben porque entre las personas homosexuales que militan en el Partido Popular las hay que han usado sus servicios.
Un prostíbulo -por cierto, lugar habitual para cerrar tratos empresariales a finales de los años 1990 y primeros 2000- es un lugar donde se mercantiliza el cuerpo de las mujeres, cosa que no sucede en una sauna gay, donde se paga una entrada para hacer uso de unas instalaciones en las que de manera voluntaria los clientes pueden tener, o no, sexo entre ellos.
Mientras que los prostíbulos han sido históricamente símbolos de poder y dominación del hombre heterosexual sobre la mujer (sí, del heteropatriarcado), las saunas gays han sido refugio de miles de personas para poder desarrollar su sexualidad en una sociedad que las condenaba a la marginalidad y el ostracismo.
En las ciudades, además de saunas gays y clubes de alterne, existen locales de intercambio de parejas, o de sexo grupal, donde hombres y mujeres acuden a tener sexo unos con otros. Que Feijóo y el PP pongan el dedo en las saunas gays, vinculándolas a prostitución, no es más que el enésimo ataque homófobo de su formación contra el colectivo LGTBIQ+ decididos a conectarse sin pudor al hilo que une el trumpismo con Putin en su odio hacia la diversidad.
Cuando en el Parlamento Europeo, hace años, se votó para condenar la deriva homófoba de Orbán, los eurodiputados del PP español (con la salvedad de Pons) se abstuvieron regalándole su oxígeno al homófobo presidente de Hungría que este año ilegalizó el Orgullo LGTBIQ+ de su país con escaso éxito.
Sin programa ni alternativa, a la derecha solo le queda la violencia contra los más débiles y las minorías para hacerse hueco en la política, señalando falsos culpables que exoneren de toda pena a los culpables verdaderos. Cabe preguntarse si era decente veranear con un narcotraficante mientras miles de personas morían a consecuencia de la droga en tu entorno, y eso, sabemos que pasó porque a diferencia de lo de Sánchez, tenemos la foto.