La incapacidad de cierta izquierda liberal, particularmente la imbuida de la moralidad woke y los parámetros político-culturales occidentales, para entender procesos revolucionarios como el de Irán, no es un fallo de análisis sino una característica estructural de su posición de clase y geográfica. Mientras se llenan la boca con consignas anticolonialistas, aplican un filtro de "aprobado moral" que solo superan aquellos movimientos que no desafían verdaderamente el núcleo del poder imperial contemporáneo. Burkina Faso bajo Thomas Sankara o el actual movimiento liderado por el capitán Ibrahim Traoré son descalificados o ignorados porque no se pliegan al guion que Bruselas o Washington escriben para el "buen salvaje" revolucionario. Pero si esto es complicado para los casos africanos, cuando hablamos de Irán la farsa se vuelve grotesca.
La falsa moral del verdugo: Occidente y la destrucción sistemática de las alternativas laicas
Antes de juzgar el carácter teocrático de la República Islámica –un hecho innegable que desde un marxismo laico debemos criticar– debemos preguntarnos: ¿cómo se llegó aquí? La narración occidental presenta el islam político como una esencia eterna y agresiva del mundo musulmán. Oculta cuidadosamente que fue el propio Occidente, en su lucha por aplastar cualquier proyecto soberano y socialista en la región, quien dinamitó sistemáticamente las alternativas seculares y potenció el islamismo más reaccionario como dique de contención.
En los años 50 y 60 del siglo XX, el panorama árabe y musulmán era radicalmente diferente. Florecían movimientos de liberación nacional de claro signo laico, socialista y panarabista. El nasserismo en Egipto promovía una modernización acelerada, derechos para la mujer y un proyecto de unidad árabe independiente. Las facciones originarias de la resistencia palestina, como el FPLP de George Habash, eran explícitamente marxistas-leninistas. El Baaz en sus orígenes propugnaba la unidad, la libertad y el socialismo. En Irán, Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente, nacionalizó el petróleo y encarnó un nacionalismo laico y progresista.
¿La respuesta occidental? Golpes de estado, asesinatos, sabotajes y apoyo a las monarquías más retrógradas. La Operación Ajax de la CIA y el MI6 en 1953 derrocó a Mosaddeq e instaló la tiranía brutal del Sha, cuya SAVAK fue entrenada por la CIA y el Mossad. Occidente no solo aplastó estos experimentos; comprendió que para frenar el "peligro rojo" en el mundo musulmán debía instrumentalizar la religión. Estados Unidos, junto con Arabia Saudí y Pakistán, financió, armó y promocionó a los muyahidines en Afganistán contra la Unión Soviética, creando el caldo de cultivo de Al Qaeda. Apoyó a la Hermandad Musulmana en sus inicios como contrapeso a Nasser. Favoreció la expansión del wahabismo saudí, la ideología más rigorista y reaccionaria del islam, como muro contra el nacionalismo árabe y la izquierda.
El mensaje fue claro: cualquier intento de liberación secular y socialista será aniquilado con extrema violencia. La única resistencia "tolerable" –y, de hecho, fomentada– sería la enmarcada en un islam político que, aunque antioccidental en lo retórico, era profundamente conservador en lo social y desmovilizador en lo económico de las masas. La Revolución Iraní de 1979 debe leerse también en esta clave: fue una revolución popular masiva contra el Sha, títere de EE.UU., en la que la fuerza organizativa mejor estructurada para capitalizar el descontento –tras décadas de represión contra la izquierda– fue el clero chií liderado por Jomeini.
Irán hoy: eje de la resistencia antihegemónica
Despojado del análisis histórico y geopolítico, el discurso dominante reduce Irán a una "teocracia misógina". Pero en el tablero mundial, Irán representa algo infinitamente más significativo: uno de los pocos estados que ha conseguido mantener una soberanía real y desafiar abiertamente la hegemonía unipolar estadounidense y sionista durante más de cuatro décadas.
Su papel es fundamental en lo que se ha dado en llamar el "Eje de la Resistencia":
- El soporte irrenunciable a Palestina: Mientras las monarquías del Golfo normalizan relaciones con Israel y la Autoridad Palestina capitula, Irán ha sido el principal sostén logístico, financiero y político de Hamas y la Jihad Islámica Palestina. Los palestinos de Gaza lo saben y lo reconocen. Este apoyo no es táctico, sino estratégico y basado en una concepción antiimperialista donde la liberación de Palestina es la causa central del mundo musulmán.
- La arquitectura de la defensa regional: A través de su apoyo a Hezbolá en Líbano (la fuerza de resistencia más poderosa que se ha enfrentado con Israel), a las milicias populares en Irak que expulsaron al ISIS y a los hutís en Yemen (que han paralizado el comercio marítimo en solidaridad con Gaza), Irán ha tejido una red de actores no estatales capaces de disuadir y responder a agresiones israelíes y estadounidenses. Esta es una doctrina de defensa asimétrica brillante, forjada bajo un cerco implacable.
- La alianza estratégica con el polo multipolar: Irán es miembro de pleno derecho de organizaciones como la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y ha establecido una alianza estratégica a largo plazo con China, incluyéndose en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda. Con Rusia mantiene una cooperación militar y energética crucial. No es un estado aislado; es un pilar fundamental del mundo emergente que rechaza la dictadura del dólar y la OTAN.
La Guardia Revolucionaria Iraní (IRGC), que ahora la Unión Europea –en un acto de sumisión colonial vergonzante– pretende etiquetar como "terrorista", es la columna vertebral de este proyecto de soberanía. Son los mismos líderes europeos que nunca han tenido el valor de sancionar al ejército israelí, responsable del asesinato de más de 70.000 palestinos en los últimos meses -según tibias estadísticas occidentales-, la mayoría mujeres y niños. Esta dualidad de criterios desenmascara la verdadera naturaleza de su "defensa de los derechos humanos": es un arma geopolítica, no un principio.
Conclusión: Por un antiimperialismo sin condiciones ni complejos
La izquierda soberanista y consecuente debe navegar con firmeza entre dos escollos: la apologética acrítica y el desprecio colonial.
Podemos y debemos criticar desde nuestros principios laicos y emancipatorios los aspectos teocráticos del sistema iraní, sus limitaciones a las libertades individuales o su código penal. Pero hacerlo situándonos en el campo del imperio que lo acosa –el mismo que aplastó a Mosaddeq, que sostiene a Netanyahu y a las monarquías del Golfo, y que hoy comete genocidio en Gaza y Cisjordania– es una traición política e histórica.
La solidaridad antiimperialista no es un concurso de virtudes. Es un análisis de campos de fuerza. En el campo de la soberanía y la resistencia al hegemonismo occidental y sionista, Irán juega un papel objetivo e indispensable. Su poder disuasorio protege no solo a Teherán, sino que amplía el espacio de maniobra para todos los pueblos que luchan por su liberación, desde Palestina hasta el Sahel.
Atacar a Irán hoy, como ansían Netanyahu y los halcones de Washington, no es solo atacar a un país. Es intentar decapitar el eje de la resistencia, asestar un golpe mortal a la causa palestina y enviar un mensaje a China y Rusia de que cualquier desafío al orden unipolar será aplastado. Por eso, defender el derecho de Irán a existir y a defenderse, a comerciar y a establecer alianzas, es un deber elemental para cualquier persona que se reclame verdaderamente antiimperialista. Sin hipocresías selectivas. Sin filtros morales diseñados por el opresor. Con la claridad de quien sabe que, en la lucha entre el verdugo y su víctima, por mucho que esta última no sea perfecta, el lugar de un revolucionario está siempre junto a la víctima que se resiste.