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La puerta de Pendlebury

viernes 27 de agosto de 2021, 20:07h

Heraclión, la capital de la isla griega de Creta, está rodeada por una impresionante muralla que constituye la fortificación más potente y compleja de todas las muchas que construyeron los venecianos en Grecia durante los varios siglos en los que dominaron la isla tras su conquista y anexión, a raíz de la Cuarta Cruzada en el siglo XII. Su edificación, que comenzó en 1462, se prolongó durante unos doscientos años y en la misma intervinieron muy prestigiosos arquitectos, entre los que cabría destacar a Michele Sanmicheli, una de las grandes cimas del Rinascimento italiano.

Del imponente conjunto inicial, quedan siete tramos de muralla y varias puertas entre las que destacan la que va hacia el sur y la que conduce al oeste. La primera, llamada de Martinego, además de privilegiado mirador, es el paso obligado para llegar a la tumba de Nikos Kazantzakis, el autor de Zorba el griego e Informe al Greco, al que la Iglesia Ortodoxa Griega negó el derecho recibir cristiana sepultura en un cementerio, como castigo a la pretendida irreverencia de otras dos de sus obras, Cristo de nuevo crucificado y La última tentación de Cristo. Así, en el baluarte y bajo una rústica cruz latina se erige una lápida con un epitafio que proclama: “Nada espero. Nada temo. Soy libre”.

La segunda puerta es la que da paso a la ruta en dirección al oeste y se encamina hacia la ciudad Chaina o La Canea, de ahí que se la conozca como Chanioporta, pero también como Pantocrátor porque en la parte superior hay un bajorrelieve de la imagen de Cristo sentado en su trono en actitud de bendecir con su mano diestra y sosteniendo el libro de los Evangelios con la mano izquierda. Bajo la mayestática representación del Todopoderoso en el arte bizantino, el león alado, símbolo de la Serenísima República de Genova.

Nos, tiramos decididos por la calle de en medio. Ni Pantocrátor ni Chanioporta, sino Pendlebury, porque fue la puerta por la que salió, hace ahora ochenta años, el arqueólogo británico John Pendlebury, para perseguir y enfrentarse a los paracaidistas alemanes que habían iniciado la invasión de la isla. Una puerta que nunca volvería a atravesar de vuelta.

Formado brillantemente en historia y filología clásica en las universidades británicas de Winchester y Cambridge, en 1923 Pendlebury visitó las ruinas de Micenas y en 1927 fue becado para trabajar en la Escuela Británica de Arqueología en Grecia, aunque sus primeras excavaciones las inició un año después en el valle de Tell el-Amarna del Antiguo Egipto, donde dio con algunas interesantísimas tumbas y ricas joyas con las que posa en una de sus más conocidas fotografías.

En 1929 se trasladó a Cnosos, la ciudad más importante y representativa de la civilización minoica cretense, donde un año más tarde fue nombrado director y luego conservador de excavaciones, hasta que en 1936 pasó a dirigir los trabajos arqueológicos en el monte Dikti, al este de Creta, lugar en el que permaneció hasta la invasión de la Grecia continental por tropas nazis.

Pendlebury estaba convencido de que el siguiente paso del ejército alemán sería la irrupción violenta en su adorada isla, así que inmediatamente se trasladó a Heraclión y se aprestó a la defensa, elaborando, como primera iniciativa, listas en las que figuraban los ciudadanos probritánicos y los partidarios del Eje. Seguidamente, empezó a organizar grupos de resistencia entre la población local, que serían la base del potente contingente guerrillero que combatiría durante cuatro años contra los ocupantes.

Había perdido un ojo con dos o tres años y casi desde entonces llevaba uno de cristal. Lo usaba, además de a efectos estéticos, para enviar mensajes crípticos a sus camaradas de lucha. Cuando lo dejaba en el centro de la mesa de su despacho, quería indicar al visitante ocasional, que estuviera en el arcano del santo y seña, que había salido a los montes a preparar algún plan con la guerrilla.

Finalmente, Adolf Hitler dio la orden de invadir la isla el 27 de abril de 1941 por tropas aerotransportadas al mando del General Kurt Student. En la operación participaron 4.500 paracaidistas que tardaron menos de dos semanas en ocuparla, fundamentalmente porque el alto mando británico evalúo erróneamente la operación considerando hasta que ya era demasiado tarde que ésta sería anfibia.

A punto de completarse la ocupación, el 20 de mayo de 1941, Pendlebury, portando un fusil y con la única compañía y apoyo de su conductor, salió en persecución del equipo de oficiales que, liderados por el comandante Schulz, controlaban Heraclión.

Encontró al grupo en Kaminia, a menos de un kilómetro de la puerta por la que se salía a la carretera de Chania o La Canea e inmediatamente se inició el fuego. Parece que el arqueólogo acabó con la vida de tres enemigos antes de ser gravísimamente herido en el pecho. Los alemanes probablemente acuciados por algún otro acontecimiento, le dejaron en una casucha donde vivían dos mujeres, jurando volver muy pronto y dando entender a las moradoras que pagarían con sus vidas cualquier intento de liberar al prisionero. El día 22 por la mañana regresó otro grupo de soldados y, sin más trámite, colocaron al arqueólogo en una pared y le fusilaron. Winston Churchill fue informado personalmente de aquella pérdida y algunas fuente de leyenda apuntan a que el ojo de cristal fue enviado por valija a Adolf Hitler.

La resistencia de los cretenses fue feroz y altamente eficaz al punto de que incluso consiguieron secuestrar y trasladar hasta Egipto al general al mando Heinrich Kreipe, una extraordinaria aventura que se narra en la película de 1957 Ill Met by Moonlight, traducida al español como Emboscada en la noche.

A finales de 1944, tras el éxito definitivo del desembarco aliado de Normandía y la consolidación del frente al oeste, las tropas ocupantes se aprestaron a abandonar la isla. El 11 de octubre de aquel año, en germánica formación y entre la evidente rechifla de la ciudadanía y el paisanaje local, salió el núcleo del poder instalado en Heraclión por la el arco anejo a la puerta de la muralla que hemos bautizado como Pendlebury. El pitorreo popular a punto estuvo de acabar en tragedia, pero al final y afortunadamente, todo fue una fiesta.

En su libro Creta. La batalla y la resistencia, el historiador británico Antony Beevor escribe: “John Pendlebury había aceptado anticipadamente su muerte: en ningún modo tenía la intención de suicidarse, pero sí anhelaba la inmolación como un alegre broche final de su vida. El 17 de marzo, más de tres semanas antes de la invasión de Grecia por los alemanes y dos meses antes de la invasión de Creta, dejó escritas su ultimas palabras, dedicadas a su mujer: “Amor y adieu”.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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