Las actas de la reunión de marzo de la Reserva Federal confirmaron las preocupaciones anticipadas sobre la inflación derivada de la guerra y la crisis petrolera global. Los responsables ya asumían que el encarecimiento del crudo impulsaría los precios durante 2026 y así quedó reflejado en sus proyecciones, mientras evaluaban los riesgos para el crecimiento y el empleo. La autoridad monetaria optó en esa reunión por mantener sin cambios los tipos de interés ante la elevada incertidumbre, reforzando la idea de una pausa prolongada. Además, los escenarios analizados evidenciaron que la evolución del conflicto sería determinante para la estabilidad económica, consolidando el temor a un entorno de estanflación si persisten las tensiones energéticas.
En paralelo, se confirmó por parte de Estados Unidos la imposición de aranceles del 50% a los países que suministren armamento a Irán, intensificando las tensiones comerciales. Un análisis internacional respalda este contexto al mostrar que los conflictos reducen la producción cerca de un 7% en cinco años y dejan secuelas económicas durante más de una década. También se constató que impulsan la inflación, debilitan las monedas y elevan la deuda pública, agravada por el aumento del gasto militar financiado con déficits. Este escenario global combina menor crecimiento y precios elevados, lo que obliga a coordinar políticas económicas para sostener la estabilidad futura.