El deterioro de los indicadores adelantados de marzo confirma que la guerra en Oriente Próximo ya ha comenzado a trasladarse a la actividad de la eurozona a través de los canales más sensibles: energía, costes y confianza. El PMI compuesto retrocedió hasta 50,5, por debajo de febrero y también de lo esperado por el mercado, lo que dibuja una expansión todavía positiva, pero prácticamente estancada y la más débil de los últimos diez meses. El elemento más preocupante no es solo la pérdida de tracción del crecimiento, sino la combinación de menor dinamismo con una aceleración intensa de los costes de los insumos, impulsada por el encarecimiento energético y por nuevas fricciones en las cadenas de suministro.
Este patrón refuerza el riesgo de un escenario de estanflación en la eurozona y, por extensión, en la economía global. Las encuestas empresariales de otras grandes economías apuntan en la misma dirección: desaceleración del ritmo de actividad, menor confianza y repunte de las expectativas de inflación. En la unión monetaria, además, el empleo se reduce ligeramente y las expectativas empresariales a doce meses caen con fuerza, reflejando que el shock ya no se percibe como transitorio. Aunque Alemania conserva cierto soporte industrial, Francia vuelve a mostrar debilidad y el resto del bloque apenas avanza. Para la autoridad monetaria europea, el entorno se complica de forma evidente: la inflación podría reavivarse cerca del 3% al mismo tiempo que el crecimiento trimestral se aproxima a tasas mínimas.