El deterioro del frente geopolítico en Oriente Medio sigue condicionando la lectura macroeconómica global, aunque el anuncio de una tregua temporal entre Israel y Líbano introduce un elemento de alivio parcial en un entorno todavía muy frágil. La posibilidad de una desescalada, unida a avances diplomáticos entre Washington y Teherán sobre los asuntos más sensibles del programa nuclear iraní, reduce marginalmente el riesgo de una interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz, punto crítico para el suministro energético mundial. Sin embargo, el balance económico acumulado de casi siete semanas de conflicto continúa siendo severo: la escalada del crudo y del gas ha tensionado las expectativas de inflación, ha debilitado la confianza inversora y ha reactivado el temor a un escenario de menor crecimiento global.
Ese impacto ya se refleja con claridad en Europa. La inflación de la eurozona repuntó en marzo hasta el 2,6%, siete décimas más, impulsada principalmente por la energía, mientras la subyacente sólo cedió una décima, hasta el 2,3%. La señal es incómoda para la autoridad monetaria y el encarecimiento energético vuelve a situar el índice general por encima del objetivo, al tiempo que aumenta los riesgos bajistas sobre la actividad. En paralelo, Estados Unidos sigue mostrando una resistencia notable en su mercado laboral, con unas solicitudes iniciales de desempleo inferiores a lo previsto, lo que sugiere que la primera economía mundial conserva inercia interna pese al shock exterior.