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El miedo es más poderoso que la esperanza

miércoles 08 de septiembre de 2021, 17:59h

«Si avanzo, seguidme; si retrocedo, matadme; si me matan, vengadme», con esta máxima Mussolini se dirigió al pueblo italiano al tomar de nuevo posesión del cargo de primer ministro en 1926, y con ella también el Duce interpela a los lectores en M. El hombre de la providencia, la segunda novela del ambicioso proyecto con que Antonio Scurati (Nápoles, 1969) está diseccionando los entresijos del fascismo. En la primera de ellas este humanista y profesor universitario narró su auge y evolución entre 1919, fecha de fundación de los Fascios de Combate, y 1924, ejercicio efectivo del poder tras la Marcha sobre Roma. M. El hijo del siglo, cosechó un gran éxito de ventas y crítica que le valió, entre otros, el prestigioso premio Strega en su país. Su sucesora y segunda entrega adopta la misma estrategia y técnica, un eficaz contrapunto entre episodios narrados y materiales de archivo como cartas, artículos de prensa o conversaciones telefónicas, que ilustran la veracidad de lo narrado, con el objetivo de plasmar la demolición del estado liberal italiano, la total extirpación de la oposición de dentro y fuera del partido y el poder absoluto de Mussolini en el periodo de 1925 a 1932. Scurati, además de un excelso novelista, es experto en la relación entre política y medios de comunicación y ha encontrado un terreno fértil para su serie en el auge de los populismos en Occidente y en el olvido y cierta anestesia mental de las últimas generaciones respecto a los totalitarismos de mediados de siglo.

Ampliando el foco, el napolitano se ubica dentro una potente generación de narradores europeos que, como Vuillard, Binet o Echenoz, reconstruyen ambas guerras mundiales sin haberlas vivido y desde el punto de vista de los déspotas y los agresores, no de las víctimas, como solía ser habitual. Sin embargo, M. El hombre de la providencia y el conjunto de cuatro libros del que forma parte está embebido de una ambición radiográfica y literaria mucho mayor, no ya solo por la magnitud del proyecto, sino también por su calidad estética. Scurati combina de forma magistral en ellos los dos atributos que, por ejemplo desde Horacio, se suelen conceder a la literatura, docere, su capacidad de enseñar que, en este caso es indudable, ya que profundiza en el origen sociológico, histórico y personal de todos los principales hechos de la era fascista, y delectare, su disfrute artístico, una profunda invitación a gozar y quedar sumergido por su cadencia narrativa y una prosa bella, mordaz y directa por la que su traductor Carlos Gumpert también merece ser felicitado.

Si la primera entrega lograba una sincronización narrativa casi perfecta por el contrapunto de los capítulos dedicados al auge del fascismo frente a los centrados en la desorientación y final fracaso de la revolución socialista, la segunda busca algo equivalente entre la consolidación e institucionalización de Mussolini y los suyos y el proyecto colonial italiano en Libia, la llamada Cuarta Orilla. La magnitud y sentido trágico o grotesco de estos sucesos es algo menor, la fuerza de los conflictos narrados también, ya que abarca sus años de apogeo con un dominio total de la sociedad italiana y la figura de Adolf Hitler es aún solo la de un veterano antisemita que cosecha unos cuantos miles de votos en Alemania. Sin embargo, revisten un especial interés los acuerdos del Duce con la Santa Sede y el blanqueo político que Pío XI hizo de él llegándolo a llamar «el hombre de la providencia», y también las gestas y crímenes de guerra del general Rodolfo Graziani en el desierto africano, quizá las mejores páginas de este volumen.

El autor napolitano y reciente articulista de Corriere della Sera califica a su obra como «novela documental» y señala su esfuerzo de absoluta fidelidad a las fuentes para lograr un relato objetivo. Algunos podrían calificarlo de libro de historia por ello, pero, sin embargo, su lenguaje, su tono o el ritmo lector que propone son netamente los de una novela que además supura una subjetividad y una crítica política que Scurati tan solo confiesa entre bambalinas. Así por ejemplo describe cómo Mussolini se libra en 1926 de las balas que tenían por objetivo asesinarlo: «sea porque el orgullo siempre va emparejado con la cabeza alta, sea porque la fortuna siempre va con los ojos vendados, sea porque la mecánica de los cuerpos tiene sus propias reglas, y una de estas prescribe que un brazo extendido te obliga a levantar la barbilla, al saludar a los rumanos Benito Mussolini echa la cabeza hacia atrás». El argentino Ricardo Piglia, que además de novelista y crítico era historiador, afirmaba que en la novela policial, se parte del enigma y se llega a los datos, mientras que en la historia, se tienen los datos y con ellos hay que construir el enigma. En esto último es donde Scurati se muestra más eficaz dirigiendo su labor a los espacios en blanco que la lectura de una biografía histórica suele deparar: ¿qué sentía?, ¿qué amaba?, ¿qué costumbres o fobias tenía? El lector va siendo poco a poco dirigido hacia esas facetas del Duce, sus acólitos y sus rivales para, al mismo tiempo, ir recorriendo las causas objetivas y también personales de los grandes hechos históricos donde estos participaron, ¿en qué medida, por ejemplo, una úlcera o los amoríos de la hija del Jefe pudieron afectar a la política italiana? Volviendo de nuevo a Piglia, «las relaciones de la literatura con la historia y con la realidad son siempre elípticas y cifradas. La ficción construye enigmas con los materiales ideológicos y políticos, los disfraza, los transforma, los pone siempre en otro lugar». Esto lo hace también Scurati, pero su principal diferencia respecto a otras propuestas similares es su rigor en lo histórico y su maestría en lo literario, cómo dibuja los personajes, cómo interpreta lo trascendente de muy pequeños actos. Pruebas de ello son que, aunque su lectura lleva implícita una condena del fascismo desde la óptica de las democracias europeas actuales, cualquier lector puede disfrutar de sus libros con independencia de su ideología y que el propio Scurati se ha sentido abrumado por el número de personas con sentimiento fascista que los han leído. ¿Por qué? Porque, entre otros aspectos, su Mussolini no es el Mussolini real; «el hijo del herrero», como a él le gusta denominarlo, es un personaje maravilloso hacia el que se siente una desconcertante empatía cuando ama, sufre o duda. Su evolución junto al régimen que ha construido a lo largo de este segunda novela es profunda, plural según se va poco a poco sumergiendo en el desengaño y la soledad inherentes al poder casi absoluto. El hombre de la providencia

Antonio Scurati
Alfaguara, 2021
592 páginas, 22.90 €

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