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Ray Bradbury
Ray Bradbury

Centenario del nacimiento de Ray Bradbury, el hombre ilustrado

martes 18 de agosto de 2020, 07:10h

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe…


En un cuento titulado los últimos sacramentos, el escritor norteamericano Ray Bradbury ( 22 de agosto de 1920 - 5 de junio de 2012) se transportaba en un máquina del tiempo hasta el lecho de muerte de Oscar Wilde, Allan Poe (cuya lectura lo acompañó desde los nueve años) y Herman Melville, cuya magnífica novela Moby Dick, guionizó para el también magnífico director de cine John Huston. Bradbury los consolaba a pie de cama con el afecto y la admiración del lector empedernido y agradecido que fue, y los sacramentaba en la certeza de una vida eterna en manos de los lectores del futuro, pues los tres murieron prácticamente olvidados. En su prosa y en su corazón, Bradbury les inventó una muerte menos infeliz y lo último que vieron los ojos moribundos de Melville fueron las ediciones de Moby Dick que le había traído desde el siglo XX.

No es el olvido el caso de la obra de Ray Bradbury. La suya ha sido, en general, muy bien tratada por sus contemporáneos y las nuevas generaciones. He querido compartir con usted esta anécdota narrativa porque es reveladora del hondo amor de Bradbury por la literatura. “Leed, leed siempre”, nos decía. Si hay en el panteón de literatos un mosquetero del libro -sobre todo del libro en papel- ese fue, sin duda, Ray Bradbury, el niño pobre de Illinois que se sobrepuso a un destino miserable gracias a las bibliotecas públicas, donde se hizo lector y escritor. “Yo no estudié en la universidad porque era muy cara, toda mi formación la conseguí en las bibliotecas públicas (…) Amo las bibliotecas, si tocas una, me tocas a mí”. En la lápida de Bradbury solo reza “autor de Farenheit 451”. Fue su novela preferida y un éxito cinematográfico de la mano del director François Truffaut (“Bah, demasiado intelectual”, opinó de la cinta). La razón de su favoritismo estribaba en que durante décadas Farenheit 451 formó parte de los siete libros más prestados de la Historia de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Este año, la editorial Taurus ha reeditado -intuyo que en homenaje- Crónicas marcianas (conjunto de relatos sobre la colonización de Marte, que en su día provocó admiración en Borges y un prólogo a la edición en español) y la ya mítica Farenheit 451, publicada en 1953 en plena hoguera macarthista (curiosamente, Bradbury desciende de una condenada en los juicios por brujería en Salem, Mary Parkins Bradbury). En Farenheit 451 nos proyectó una sociedad distópica donde la cultura había sido sustituida por el entretenimiento. Los libros eran quemados porque además de despertar inútiles preocupaciones, ya nadie deseaba leerlos, salvo un grupo marginal de disidentes que en la clandestinidad preservaba títulos de literatura y filosofía, deviniendo ellos mismos en libros humanos y parlantes, ya que para conservarlos los memorizaban. La sociedad de Farenheit 451 (temperatura a la que arde el papel) era una sociedad narcotizada mediante píldoras sedativas y pantallas enormes sobre las paredes del hogar que atontaban a sus moradores con una programación televisiva alienante. Una sociedad en la que los convivientes no hablaban entre sí, se limitaban a interactuar con los presentadores y personajes quevivían” en las paredes-pantalla de su casa. Un mundo eminentemente visual y huero, en el que el sujeto acrítico vegetaba ignorante, “feliz” y dócil.

Con Farenheit 451 y con bastantes de sus relatos, Bradbury se inserta en la categoría que denomino “escritores Casandra” (Huxley, Orwell, Saramago…), autores que no nos predicen el porvenir, sino que nos previenen de él. Bradbury nos alertó de los potenciales efectos deshumanizantes de la excesiva tecnologización de la sociedad: la subordinación del ser humano a la hegemonía tecnológica, la perdida de libertad individual, la destrucción del medio ambiente, el fin de la cultura libresca, la muerte del libro como objeto físico, el ocaso de las bibliotecas y de las librerías, la lobotomización de la inteligencia y el deceso de la libertad de expresión y creación. Hoy, en la nueva hoguera de puritanismo bien pensante, Bradbury se habría revelado y rebelado como un tremendo hereje contra la censura/muerte intelectual. “Existe más de un modo de quemar un libro. El mundo está plagado de gente preparada con cerillas encendidas. Cada minoría, ya sean baptistas, unitarios, irlandeses, italianos, octogenarios, budistas zen, sionistas, adventistas del séptimo día, feministas, republicanos, mataquinarios o cristianos de la iglesia cuadrangular, se creen poseedores de la voluntad, la verdad y del deber de empapar con queroseno y prender la mecha”.

Además de Farenheit 451, otras novelas extraordinarias brotaron de su máquina de escribir (al comienzo de su carrera era tan pobre que usaba una alquilada por horas y no pudo comprarse un coche hasta los 37 años) son El vino del estío, El árbol de las brujas y La feria de las tinieblas, por mencionar solo algunos títulos. Pero el mejor Bradbury -el más “fabuloso”- el Bradbury en estado puro es siempre el cuentista: Remedio para melancólicos, Las doradas manzanas del sol, El país de octubre… libros de narraciones breves, cuajados de imaginación exuberante y de cuidada poesía, género que también cultivó (La ultima vez que florecieron los elefantes en el jardín), lo mismo que el ensayo (Zen en el arte de escribir), el teatro (Columna de fuego), inclusive el musical: con José Feliciano llevó su cuento The Wonderful Ice Cream Suit a los teatros más importantes de California. Bradbury era un tipo divertido e inquieto. También un intelectual controvertido y políticamente incorrecto.

Si tuviera que definirle como escritor, lo haría con el nombre de un relato y de un libro: El hombre ilustrado porque desde los doce años fue -como el tatuado hombre del relato- puro cuento de la cabeza a los pies. Su obra es extensísima y fantástica, adjetivo este último, que en su prosa adquiere el más plurívoco de los significados. A diferencia de otros autores de ciencia ficción, su legado no corre peligro de obsolescencia porque su fuerza narrativa no radica en un complicado atrezzo tecnológico, sino en el permanente acento sobre lo humano. Bradbury fue, ante todo, un humanista del futuro, que es como en 1971 lo definió el director de cine José Luis Garci en un magistral ensayo biográfico.

Esta semana se cumplen cien años de su nacimiento. De continuar vivo, latería en su pecho un corazón tan centenario como niño. Nunca dejó de ser Douglas Spaulding, el chavalín de doce años protagonista del vino del estío. Murió joven a los 91. Le daban miedo la oscuridad y los aviones. Le pirraban los gatos, los cohetes y Godzilla.

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