La izquierda europea, antaño faro de esperanza para las clases trabajadoras y motor de la transformación social, atraviesa una crisis existencial de una profundidad sin precedentes. Esta crisis no es meramente electoral o coyuntural; es una autodestrucción ideológica y programática. Su raíz última es un triple abandono histórico: del marxismo como herramienta de análisis, de la lucha de clases como eje central de la acción política y de los principios fundamentales de la socialdemocracia clásica vinculada al trabajo y la redistribución. El resultado es un panorama desolador donde vástagos de las clases pequeño-burguesas han secuestrado partidos, siglas e ideas, transformándolos en un liberalismo woke, engreído y profundamente desconectado de la realidad material de quienes dicen defender. Este proceso, particularmente agudo en el Reino de España, no solo deja a la clase obrera y las clases subalternas en general en la estacada, sino que abre las puertas de par en par a unas derechas y extrema derechas cada vez más agresivas, alineadas con el capitalismo más depredador y los intereses geopolíticos de Washington.
El Abandono Fundacional: De la Fábrica al Campus Universitario
Durante décadas, la socialdemocracia europea fue erosionando su columna vertebral y los partidos comunistas se auto inmolaron. El PSOE, arquetipo de esta deriva, dejó de ser un partido del trabajo para abrazar, primero y luego aplicar con fervor, las políticas neoliberales de desregulación, privatización y precarización laboral. Bajo ropajes progresistas, gestionó la austeridad y priorizó la estabilidad macroeconómica capitalista sobre el pleno empleo y la justicia social. Pero esta traición no es patrimonio exclusivo del PSOE. Otros partidos a su izquierda, nacidos para representar un impulso rupturista, han caído en la misma trampa. Han mutado en organizaciones de clases medias ilustradas, radicalizadas no en la cuestión social, sino en la agenda identitaria.
Estos nuevos gestores de la izquierda han sustituido el análisis materialista –que parte de las condiciones de explotación en las fábricas, los campos y los servicios– por un conjunto de ideas teológicas y acientíficas importadas, no de la cultura y el pensamiento obrero, sino de los campus universitarios ultraliberales estadounidenses y de un progresismo burgués más preocupado por la performatividad del lenguaje que por el precio de la luz o la hipoteca. Su bandera ya no es la solidaridad de clase, sino una corrección política individualista que, lejos de desafiar el poder capitalista, a menudo le sirve de cortina de humo. Mientras, la corrupción, endémica en el régimen del 78 –del Rey a los partidos de derechas–, también ha impregnado filas de la propia “izquierda”, alimentando la frustración y el desengaño de una clase obrera harta de ser utilizada y luego abandonada.
La Clase Abandonada: Frustración, Desengaño y Desconexión
La consecuencia de esta deriva es una brecha abismal entre la izquierda institucional y la clase trabajadora. Los miedos y sufrimientos de esta última –la inseguridad laboral, el empobrecimiento, la especulación descontrolada de la vivienda, la destrucción de los servicios públicos– son tratados como anécdotas frente a la urgencia de debates abstractos y desconectados de la vida material. La gestión de esta izquierda, cuando llega al gobierno, es pobre, titubeante y a menudo corrupta. En el Reino de España, su incapacidad crónica para atajar el problema de la vivienda, convirtiendo un derecho constitucional en un bien de lujo, es el ejemplo más claro de su fracaso. Su desprecio o incomprensión hacia sectores tradicionales como agricultores, pescadores o pequeños comerciantes, ahogados por la burocracia europea y la competencia desleal global, es más que evidente.
Esta izquierda, en su ensimismamiento, no ofrece soluciones claras y eficientes. Ha perdido el lenguaje, los símbolos y, lo que es peor, la voluntad política de construir un proyecto emancipador colectivo. La clase obrera europea y española, con un instinto certero, ha empezado a abandonar a estos “liberales engreídos” que incluso usurpan las siglas de lo que fueron grandes partidos obreros. El voto obrero, antaño fiel a la izquierda, ahora fluctúa entre la abstención y opciones de derecha radical que, con un discurso nacional-populista, sí hablan (aunque sea para engañar) de proteccionismo, comunidad y arraigo.
La Rendición Geopolítica: Eurocentrismo, Atlantismo y Aversión al Antiimperialismo
Quizás la muestra más patética de esta capitulación ideológica es su posición en la escena internacional. Avergonzados de situarse en posiciones antiimperialistas coherentes y realmente existentes, estos sectores han renunciado a la solidaridad internacionalista y hablan el lenguaje occidentalista que emana de los lobby y ONGs financiadas por la CIA o las fundaciones Soros. Más aún, observan con desconfianza y superioridad moral a las potencias y estados que se enfrentan al unilateralismo occidental y defienden un orden mundial multipolar, la justicia global y la soberanía de los pueblos, atreviéndose incluso a llamarse anticolonialistas en el culmen de su desvergüenza pequeño-burguesa. Su eurocentrismo judeocristiano les impide ver valor o legitimidad en proyectos civilizatorios y/o revolucionarios diferentes, como los que emergen del Sur global.
Carentes de referentes internacionales sólidos que no sean los de la decadente “comunidad transatlántica”, han cedido por completo a la ideología liberal europea. Confunden –o equiparan deliberadamente– la democracia con la “democracia liberal”, un modelo vaciado de contenido donde, en ausencia de igualdad económica real, no puede existir una verdadera libertad. Su doctrina no emana ya de las luchas de liberación nacional o de clase, sino de los manuales de Londres y Washington. Su sumisión es tal que, incluso ante una derecha republicana en EEUU abiertamente trumpista, fascistizada y belicista, su crítica se atenúa, por miedo a romper el consenso atlantista. Esta posición los hace cómplices del orden depredador que empobrece a sus propias bases sociales.
Conclusión: La Puerta Abierta a la Barbarie y la Necesidad de una Reconstrucción
El panorama que dibuja esta autodestrucción es desolador, pero nítido. La izquierda woke, liberal e identitaria ha demostrado ser un callejón sin salida. No solo no representa un peligro para el capitalismo, sino que, con su fragmentación y su desdén por lo material, le allana el camino. Su implosión abre la puerta de par en par a unas derechas y extrema derechas que, lejos de ser una alternativa, son la expresión más cruda y peligrosa del capitalismo en crisis: sionistas en su apoyo incondicional a la política colonialista y genocida de Israel, profundamente pro-capitalistas y subordinadas a los intereses de potencias extranjeras, especialmente de los EEUU y su variante trumpista, aún más agresiva e impredecible.
Ante este escenario, la conclusión es clara: no hay solución dentro de los parámetros de esta izquierda degenerada. Es imperativo construir algo radicalmente diferente. Y esa construcción, en un giro dialéctico, debe partir paradójicamente de una recuperación crítica. No se trata de un nostálgico regreso al pasado, sino de rescatar y actualizar las ideas fundamentales que hicieron fuerte a la izquierda obrera tradicional: el análisis de clase, la centralidad del trabajo y la redistribución de la riqueza, la soberanía nacional y popular frente a los dictados de los mercados y los imperios, y un antiimperialismo consecuente que se alíe con quienes en el mundo resisten a la hegemonía anglosajona. Hay luces de esperanza en el BSW alemán de Sahara Wagenknet, El Workers Party británico o humildemente en Soberanía y Trabajo y otros núcleos resistentes en España.
La nueva construcción debe hablar el lenguaje de las necesidades concretas: vivienda digna, salarios que permitan vivir, servicios públicos fuertes, soberanía alimentaria y energética. Debe reconstruir un soberanismo socialista e internacionalista desde abajo, tejiendo alianzas con los pueblos del Sur, y despojarse del eurocentrismo que la asfixia. El reto es titánico, pero la alternativa es la irrelevancia o, peor aún, ser la comparsa que facilitó el ascenso de una barbarie de nuevo cuño. La clase trabajadora, hastiada pero no derrotada, espera una voz que hable su idioma. Quienes aún creemos en la emancipación tenemos el deber histórico de construirla, antes de que sea demasiado tarde.