La escalada del conflicto en Oriente Medio ha devuelto el riesgo energético al centro del escenario macroeconómico. Los precios del petróleo y del gas repuntaron con fuerza ante las interrupciones en el suministro de gas natural licuado y la incertidumbre sobre el tránsito energético global.
En Europa, la situación es especialmente sensible: el almacenamiento de gas podría cerrar el invierno en niveles significativamente inferiores a la media histórica, lo que obligará a intensificar las compras de GNL durante el verano en un mercado más tensionado. Este nuevo entorno energético introduce un dilema para los bancos centrales. Antes del conflicto, las autoridades del Banco Central Europeo consideraban probable que la inflación se situara por debajo del objetivo durante algún tiempo. Sin embargo, el encarecimiento de la energía podría alterar ese escenario, elevando la inflación a corto plazo mientras deteriora las perspectivas de crecimiento en una economía fuertemente dependiente de las importaciones energéticas.
En Estados Unidos, el foco inmediato del mercado se dirige al informe oficial de empleo de febrero. Las previsiones apuntan a una creación de 60.000 puestos de trabajo, frente a 130.000 de enero, mientras que la tasa de desempleo se mantendría en el 4,3%. Un mercado laboral todavía sólido, junto con el repunte energético, refuerza la idea de que la Reserva Federal no tendría urgencia por recortar los tipos.