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Mil trescientas ochenta palabras más una

Mil trescientas ochenta palabras más una

miércoles 25 de diciembre de 2013, 12:10h
Alguien ha tenido la humorada de contar las palabras del mensaje navideño del Rey este año: mil trescientas ochenta y una. Yo me quedo con esa una, que selecciono de entre todas las demás y que me parece que resume el espíritu de un discurso por varios conceptos importante. Esa palabra es 'regeneración'. Es un término muy fuerte, jamás usado por el jefe del Estado en sus treinta y siete mensajes anteriores,  y que, por supuesto, va mucho más allá de su estricta etimología zoológica: es el 'restablecimiento o mejora de algo que degeneró'. Ya no estamos hablando de meras reformas cosméticas o parciales, no; 'regeneración' implica que hay una degeneración global en los usos y costumbres políticos -porque de política, en la que se incluye la economía, hablaba Don Juan Carlos--. Así que hay que aplicarse a ello.
 
Mucho más allá de la mera constatación de que el Rey, convertido en el gran solitario de La Zarzuela, ha decidido poner fin a cualquier especulación sobre su posible abdicación, mucho más allá de la percepción de que solamente se refirió a su hijo y heredero en una ocasión, y de pasada, me parece que el mensaje real debe analizarse en esta clave regeneracionista. Porque el tono del Monarca no fue ni de compromiso, ni de pasteleo, sino de asunción, creo, de la gravedad de una situación que, a veces, nuestros representantes políticos quieren edulcorar, o de la que, simplemente, no se dan cuenta cabal. Y de esa situación solo puede salirse con soluciones nuevas, con 'ejemplaridad y transparencia', que el propio Rey reclamó -era hora-- para sí, pero que extendió a los políticos, a los empresarios, al conjunto de la sociedad civil. Leyendo algunos discursos tras el desastre de 1898 podríamos, aunque no es este el sitio ni, acaso, la ocasión, encontrar algunos paralelismos, algunos tonos semejantes, aunque entonces, claro, más desgarrados.
 
¿Qué hacer ahora? Cuando desde la propia Jefatura del Estado, sin duda erosionada por el paso del tiempo, de los tiempos y de errores de envergadura, se habla de la necesidad de regeneración, hay que ponerse a pensar muy en serio en que hay que aplicarse ya a la tarea del Cambio con mayúscula. Que es, por cierto, lo que una gran parte de esa sociedad emergente -el Rey habló, por primera vez en su vida, de los 'emprendedores' y 'autónomos'-reclama. Y lo que gran parte de los representantes de esa sociedad pospone. Los cambios no son 'el Cambio', ni las ocurrencias con que nos bombardean a veces sirven para otra cosa que para distraer, dividir y cabrear, con perdón, a esa ciudadanía, o llámela usted sociedad civil, que anda medio despistada, medio asumiendo que es una mayoría silenciosa cuyo rugido es ella, esa misma ciudadanía, la primera en temer.
 
Por eso sé que este mensaje real no se debe a la inspirada pluma de nadie en La Moncloa, ni en alguna de esas covachuelas de ideas alquiladas desde las que de cuando en cuando se pretende forzar la veleta de la opinión pública (y publicada). Creo que Don Juan Carlos tiene asesores de talla -comenzando por el jefe de la Casa, Rafael Spottorno- que ventean bien, y desde una cierta independencia y sentido del Estado, por dónde pueden ir los tiros. De los más de treinta y cinco discursos que he podido escucharle al Rey, de las iconografías diversas que han acompañado a estos discursos -con familia, con retratos de fondo--, me quedo con esta edición 2013, preludio de un 2014 en el que van a ocurrir, ya se ve, muchas cosas, algunas, como esa pretendida consulta catalana, de cariz muy preocupante. El jefe del Estado lleva muchos años de oficio -él mismo recordó que ha dedicado su vida a España, por si alguien lo hubiese olvidado. O lo discutiese-y no puede desconocer que el país está ante un reto formidable, mucho mayor que el que supuso la opereta de aquel 23 de febrero de 1981, cuando él tuvo tan destacado y plausible papel.
 
Personalmente, reconozco que me defino monárquico, que no meramente juancarlista, aunque crítico con la institución. Y pocas veces, en mis muchas decepciones con los claroscuros de la Corona, me he sentido tan reafirmado en la necesidad de una potestad moderadora, alejada de los intereses partidistas, de las rencillas territoriales, como en esta noche del 24 de diciembre de 2013. Esa voz que escuchamos, hablando con moderación pero sin más veladuras que las que la prudencia y una cierta estética verbal aconsejaban, era, ahora, imprescindible: simplemente, ni los políticos, ni los grandes capitanes de empresa -aunque a ellos les toca otro papel, más en la sombra, que me parece que están empezando a ejercer--, ni los representantes de otras instituciones, ni mucha gente de la calle, habla así. Quizá porque hablar desde el sofá del dolor, convertido en trono, implica valores y responsabilidades añadidos. Quizá también porque el discurso del Rey lo hacemos todos, incluyendo aquellos a los que nos corresponde, en uno u otro plano, comentarlo. Me parece que el Rey, ahora más que nunca, asume la función que le toca, que es un punto más que la de mera figura pasiva que le otorga esa Constitución a la que siempre elogia y que ahora, por vez primera, parece haber dejado entrever la posibilidad de reformar.
 
Déjeme, amable lector, ser optimista estos días navideños y pensar que sí, que ahora que incluso la máxima institución, la que menos interés podría tener en su puesta en práctica,  lo pide, ha llegado la hora de la regeneración.



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