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'Boyhood (Momentos de una vida)': La poesía de la cotidianidad

'Boyhood (Momentos de una vida)': La poesía de la cotidianidad

jueves 11 de septiembre de 2014, 17:59h
A Richard Linklater siempre le ha interesado el paso del tiempo, como queda perfectamente demostrado en su magnífica trilogía de 'Antes del amanecer', 'Antes del atardecer' y 'Antes del anochecer', pero con 'Boyhood' ha llevado ese interés a su máxima expresión, haciendo una película que transcurre durante 12 años reales, en la que se puede ver la vida de un niño desde su entrada al colegio a su entrada en la universidad. Sin necesidad de maquillajes o títulos explicativos, la película muestra de manera magnífica como la vida va pasando mientras pensamos en otras cosas, como decía Lennon.
Linklater no busca enseñarnos los momentos trascendentales sino breves momentos de una vida que nos enseñan lo que significa crecer. Más allá de una buena idea (un rodaje durante doce años, en el que los actores van envejeciendo como en la vida misma y en la que el director mantiene un perfil bajo para lograr un sentimiento más realista) 'Boyhood' es una gran película. Lo que Linklater hace con el material rodado durante 39 días a lo largo de esos 12 años es dejarlo respirar, no buscar grandes planos o encuadres perfectos, sino dejar que los actores y el guión pasen a un primer plano.

Como ocurría en anteriores películas, principalmente las tres de 'Antes de...', Linklater incorpora cosas propias de los actores a la película, así la afición a la fotografía de su protagonista, Ellar Coltrane, la comparte su personaje. También es por ello que, a veces, el personaje de Ethan Hawke se parezca al que ha interpretado anteriormente con Linklater o que Lorelei Linklater, la hija del director, vaya perdiendo peso a lo largo de la película, tras pedirle a su padre que acabase con su personaje a mitad del rodaje. Todo ello acentúa la sensación de verosimilitud de la película.

'Boyhood' sirve como una especie de álbum fotográfico de Mason, su personaje principal. Cada escena, como cada foto, trae a la mente unos recuerdos y es difícil abstraerse de la sensación de que esa vida puede ser la tuya propia.

Linklater vuelve a mostrase como un maestro de lo cotidiano, logrando que momentos ordinarios de una vida cualquiera adquieran un tinte poético sin necesidad de ínfulas artísticas. Lo suyo es una reflexión sobre el paso del tiempo y como este nos afecta a todos. Tanto a los que se niegan a crecer, como a los que se lo toman demasiado en serio.

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