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Crítica de cine

Con 'The Florida Project' Sean Baker ha entregado una de las mejores películas de lo que llevamos de año, es puro cine indie en el que echa una mirada a los lugares que quedan fuera de foco cuando se habla del sueño americano, guetos de los que casi nunca se habla y de los que, lo que es todavía peor, es muy difícil salir. Para ello ha encontrado la localización ideal en las afueras de uno de los mayores símbolos de ese sueño, Disneylandia.

Paul Thomas Anderson ha creado con 'El Hilo Invisible' su particular universo sobre el amor obsesivo o 'amour fou', lo que pasa es que ese universo parece compartir bastantes cosas con el del Alfred Hitchcock de 'Vértigo' y 'Rebeca', dos películas con las que se la puede relacionar. Es una película que roza formalmente la perfección pero que peca de fría, es, por eso mismo, una película muy parecida a su personaje principal y, uno sospecha, que a su director.

Parece claro que, a pesar de que en su momento la crítica las puso por las nubes, todos estamos de acuerdo, los que las vimos y los que las hicieron (según el mandato de otros) que las dos primeras películas de Thor eran un tostón bastante interesante. Así que desde Marvel han decidido convertirla en el único producto decente que han sacado últimamente, 'Guardianes de la Galaxia'. Así que pasen y vean, 'Thor: Ragnarok', el Dios del Trueno suelta chascarrillos' o como tu superhéroe favorito intenta copiar los chistes de otros.

Hay un momento en la película en la que aparece una copia de un antiguo replicante, parece perfecta y reluciente, es visualmente espectacular pero algo falla, en apariencia es casi igual, se podría incluso decir que es más deslumbrante y mejor acabada, pero no enamora... quizás es que tampoco se puede reproducir el alma. Algo así le pasa a la película, 'Blade Runner 2049' es una película espectacular visualmente, una maravilla para ser contemplada en la pantalla más grande que se pueda, pero debajo de su increíble fachada hay menos corazón que en la película en la que se mira.

Vamos a ver si me aclaro, 'Spider-Man: Homecoming' es un 'reboot', algo que es como un borrón y cuenta nueva, de un personaje que ya ha tenido otras dos caras y 5 películas solo en lo que llevamos de Siglo XXI. Es, además, una vuelta a casa, ya que Marvel ha vuelto a conseguir los derechos de su principal superhéroe después de que Sony se hubiera encargado de llevarlo al cine hasta ahora. Es también una especie de 'spin-off' (¿o era 'crossover'?) dentro del mundo de 'Los Vengadores', donde el actual Spider-Man ya había hecho una aparición en 'Capitán América: Civil War' y tendrá nuevas continuaciones, dentro de ese mismo universo y por su cuenta. ¿Se aclaran? Pues parece que los responsables tampoco y es que Marvel hace tiempo que dejó de hacer películas para entregar muñecas rusas, son muy bonitas y divertidas pero están casi vacías por dentro y lo único que contienen es otra copia exacta (solo que en vez de más pequeña, más grande).

'Baby driver' es un brillante ejercicio de estilo de Edgar Wright, una película que parece compuesta como una canción, primero la melodía y luego la letra, en este caso parece que el director ha pensado primero en las canciones y luego en qué imágenes las acompañan. Ya que 'Baby driver' se basa tanto en la música podríamos decir que se trata de tres minutos adictivos de 'power pop', algo así como una canción de los Raspberries o los Romantics, no importa que la letra esté llena de clichés y lugares comunes, la melodía es tan irresistible que lo único que te va a apetecer después de escucharla/verla es ponerla otra vez.

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Ya que James Gunn da tanta importancia a la banda sonora en su franquicia, permitan la comparación musical, si 'Guardianes de la Glaxia' fue un álbum de debut que supuso un soplo de aire fresco en el anquilosado mundo de los superhéroes, su continuación es el mismo disco pero sin la sorpresa que supuso el primero. Sus canciones suenan totalmente igual, la única diferencia es que es más largo y que nos han colado un par de baladas. A pesar de todo sigue estando bastante por encima de la media del género.

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Si traducimos el título de esta película al español viene a ser una cosa así como 'El fantasma en la cáscara', siendo eso del fantasma un sinónimo del alma humana y la cáscara su nuevo cuerpo cibernético. Viendo el resultado final se podría decir que 'Ghost in the shell' tiene mucho más de cáscara que de alma, utilizando una historia que se presta a múltiples cuestiones metafísicas para entregar un 'blockbuster' mil veces visto con reminiscencias visuales a películas como 'Blade runner' y 'Matrix'.

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No hay que ser Einstein para saber que la cuarta adaptación para la gran pantalla de las andanzas de King Kong no iba a ser una obra maestra capaz de transformar vidas. Evidentemente no lo es, pero el director Jordan Vogt-Roberts ha sabido realizar un pastiche de lo más entretenido, mezclando géneros y tópicos para crear una aventura entretenida y divertida sin demasiadas complicaciones.

En 'Call Me By Your Name' pasan tantas cosas, o tan pocas, como cuando uno se enamora por primera vez. Es una película sensual que irradia deseo y pasión, sobre el despertar sexual y, también, a la vida adulta, con todos los problemas que ello conlleva. Es, también, una historia de amor entre dos personas del mismo sexo pero eso no es lo importante, es una película sobre el AMOR, sin importar mucho los adjetivos que se le ponga, sobre lo que importa y lo que duele, ya seas hombre o mujer, rico o pobre, homosexual o heterosexual, reconociendo su universalidad para todos.

Agustín Díaz Yanes ha vuelto a la dirección, tras un parón de nueve años, con una película basada en un relato inédito de Arturo Pérez-Reverte, cuyo espíritu sobrevuela todo su metraje, siendo una historia con esos personajes que tanto le gustan al autor de 'Alatriste', gente tosca y desencantada, peones de un Imperio mal gobernado en el que la hidalguía y la infamia se mezclan continuamente. Es una película irregular en la que Díaz Yanes ha convertido la extraordinaria historia de los conquistadores en las junglas tropicales en una especie de Vietnam español con varias referencias a la enorme 'Apocalypse Now'.

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Es imposible hablar de 'Fe de etarras' la nueva comedia de Borja Cobeaga y Diego San José para Netflix, sin hacerlo de la polémica que la ha rodeado, tanto por el tema tratado como por la campaña publicitaria, y sin desligarla de la situación actual en la que vive España, con banderas floreciendo en los balcones como setas en primavera y unos discursos patriótico identitarios altamente ridiculizables. Una situación altamente 'berlanguiana' y esperpéntica que está creando fanáticos por doquier.

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Soy de los que piensan que el mayor pecado que puede provocar algo hecho para ser contemplado, escuchado o leído por el público es la indiferencia. Esta película desde luego no dejara indiferente a casi nadie y es que básicamente puede provocar dos opiniones, o la amas o la odias. Cuéntenme entre los segundos.

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La primera cosa que me sorprendió cuando llegué a la proyección de 'Dunkerque' fue cuando nos anunciaron la duración, 107 minutos. No me podía creer que el director más ambicioso desde James Cameron hubiera rodado una película épica sobre la II Guerra Mundial de menos de dos horas. Lo segundo que me cautivó es que a los 30 segundos de empezar ya me había olvidado de duraciones, directores o cualquier otra cosa y estaba a finales de mayo de 1940 en Dunkerque junto a 400.000 efectivos de la Fuerza Expedicionaria Británica esperando, como ellos, poder salir de allí cuanto antes. En unos tiempos en los que la televisión y los canales a la carta se van imponiendo a la fuerza, Christopher Nolan ha entregado un monumento a la resistencia del cine, al antiguo placer de encerrarte en una sala a oscuras y transportarte a otro mundo.

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Como buena película sobre un explorador 'Z, la ciudad perdida' es la historia de una obsesión. En concreto la que lleva a Percy Fawcett, un militar inglés de comienzos del siglo XX, a afirmar que la historia de que existe una civilización/ciudad perdida en el Amazonas es cierta, un hecho que significaba un cambio radical en la visión eurocentrista del mundo que se tenía hasta ese momento del mundo.

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La gracia de la primera parte de 'John Wick', el hecho por el que fue tan bien recibida por los fanáticos del cine de acción, es que sus directores consiguieron entregar una película de acción que no se ahogaba en sus propios efectos visuales, en la que el trabajo de los especialistas hacía que cada escena estuviera coreografiada de manera excelente, haciendo que el espectador no se perdiera en una avalancha de efectos especiales y pudiera saborear bien la violencia. Lo hicieron tan bien que a nadie pareció importarle la insustancialidad de la historia. Ahora Chad Stahelski (que fue el doble de acción de Keanu Reeves en las películas de 'Matrix') ha vuelto con una segunda parte que es más de lo mismo, grandes peleas coreografiadas unidas por unas escenas en las que cada vez que abren la boca es para soltar un cliché.

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Álex de la Iglesia tiene un estilo excesivo, para lo bueno y para lo malo, sus películas son como trenes a toda velocidad dirigiéndose a un precipicio que normalmente suelen acabar arrojándose por él. Hay veces en que es maravilloso ver a ese tren lanzarse al vacío, como en 'El día de la bestia', 'La comunidad' o la incomprendida 'Balada triste de trompeta', pero la mayoría de las veces es simplemente doloroso ver al director arrojarse a una complacencia absoluta, regodeándose en su propio exceso. 'El bar' entra claramente dentro de esta categoría.

James Mangold ha intentado crear su propio 'Batman begins' con el final de Lobezno, llevando parte de la oscuridad que Christopher Nolan supo darle a su visión de Batman. No lo consigue del todo, porque no termina de encajar bien las piezas, la película tiene sus momentos pero más que un 'western' crepuscular, que es lo que realmente quiere ser, se queda a mitad de camino, y es que si nada se puede reprochar a Hugh Jackman y a la aceptación de su declive físico y el de su personaje, la película cojea por el lado de los malos, a medio camino entre la imbecilidad total y la absoluta.